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TESTIMONIOS LATINOAMERICANOS

Yolanda Colom: «Valieron la pena los 20 años que pasé en la guerrilla»

La guatemalteca habla sobre su experiencia como miembro y cofundadora de uno de los frentes guerrilleros de su país

Vivian Murcia

@vivimur83 / @elportalvoz

Varias veces corrige el término cuando se le pregunta ¿por qué fue guerrillera?: «Yo fui, y soy, revolucionaria. En su momento, coincidió que mi lucha se unió a la guerrilla, pero no fui sólo guerrillera. Guerrillero es aquel que toma el camino de las armas sin una conciencia social», asegura Yolanda Colom (Guatemala, 1947) quien fue miembro del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y del grupo Octubre Revolucionario, que cofundó.

 

La experiencia en la lucha armada la cuenta en su libro Mujeres en la alborada (Pepitas de calabaza).

 

Cuando su hijo nació sintió eso que dicen sentir todas las madres «era una parte de mí». Esa parte fue sacrificada, pero, curiosamente, Colom no sintió que le amputaran el corazón. ¿Por qué? ¿cómo puede una madre dejar a un niño casi abandonado para seguir luchando en el monte?

 

Yolanda se casó en su veintena. Se enamoró de uno de los máximos dirigentes del frente guerrillero en el que combatían juntos. «Él quería tener hijos pronto, pero yo sabía que no podía continuar la lucha con un niño en brazos», dice Yolanda.

 

La pareja esperó cuatro años, el tiempo en el que Colom dice haber madurado, primero, en su conciencia revolucionaria para ser lo suficientemente fuerte para, luego, tener un hijo «al que sabía que no podía cuidar».

 

El niño nació en medio de la lucha armada. Ella lo cuidó los primeros meses. Después, llegaría el momento de dejarlo en aquel hogar lleno de niños de otras guerrilleras en el que se amontonaban los pequeños. «Al comienzo lloraba y se aislaba, con el tiempo, el niño empezó a jugar con los otros, a dormir en el mismo colchón a vivir una vida en comunidad», relata Yolanda en el libro.

 

Sus caminos se bifurcaron. Yolanda siguió su lucha, el niño también. Él vivió desde los dos años hasta los 15 años en nueve hogares de acogida y en seis países diferentes.

 

La relación no era normal, no podía serlo.

Cuando su hijo nació sintió eso que dicen sentir todas las madres «era una parte de mí». Esa parte fue sacrificada, pero, curiosamente, Colom no sintió que le amputaran el corazón. ¿Por qué? ¿cómo puede una madre dejar a un niño casi abandonado para seguir luchando en el monte?

Yolanda siguió en la guerrilla convencida de que era el camino para acabar con las injusticias sociales de su país, carcomido por los militares en el poder y por una élite «capitalista», como ella la denomina.

 

Su pareja se desajustó, se separaron y Yolanda siguió en el monte. Después conoció a otro líder guerrillero del que se enamoró y con quien dice que fue feliz.

 

 

¿Le merecieron la pena esos 20 años en la guerrilla?: «Sí. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Yo creo que en la vida hay que tener ideales claros, yo los tuve, los tengo, y lo di el todo por el todo», afirma convencida.

 

Al leer el libro resulta chocante el tono benevolente con el que se mira una guerra, Colom asegura que todo lo hizo por «la liberación del pueblo del yugo militar», un yugo que continúa con los militares que se han sucedido en el poder.

 

Acaso, ¿justifica usted la guerra?

«Nosotros agotamos el diálogo y las vías pacíficas en la reivindicación de nuestros derechos. Mataron, como a ratas, a mis compañeros que trataron de dialogar. No tuvimos otro camino que responder ante los asesinatos provocados por el Ejército nacional».

 

Pero, ¿por qué no respetaron el juego democrático? ¿por qué no respetaron ustedes a la Constitución?

«No fuimos los que la irrespetamos. Los primeros en romper el Estado de Derecho fueron los militares».

 

Las guerrillas surgieron en Guatemala a comienzos de los años sesenta, en los años setenta se dio la primera derrota del movimiento revolucionario guerrillero en Guatemala y los sobrevivientes de ése fueron los fundadores de los 3 movimientos que surgieron, después, en los setenta.

 

¿Cree en la posibilidad de una mejora social por vía democrática en su país?

«Desde que se firmó la paz -en 1996- no ha habido señales de que el Ejecutivo cumpla, ni siquiera, lo que la Constitución dice. Los Acuerdos tienen puntos muy valiosos, no son la revolución, pero son avances que no se están llevando a cabo. A veces pienso, 'bueno, por lo menos, logremos lo que otros países capitalistas han logrado: una firma de la paz pero seguir inmersos en el capitalismo desigual', pero es que en Guatemala no ves ningún indicio de que eso sea posible». 

 

Cuando su hijo cumplió 15 años, él le dijo que quería irse a vivir con ella y su segundo esposo. La pareja, por entonces, estaba en México. «No vivía exiliada porque no teníamos documentos. Estaba escondida, llevábamos una vida clandestina y, absolutamente, pobre. Le dije a mi hijo que no era el momento de reencontrarnos», cuenta Yolanda.

 

Entonces, ¿lo volvió a abandonar?

«Las cosas no se pueden ver así. No se puede mirar, de manera reduccionista, un acto de dejar a un niño por continuar con la revolución. Dejar a un hijo es una situación muy dolorosa. Yo no decidí abandonar a mi hijo, yo había emprendido y decidido el camino de mi lucha» asegura Yolanda, queriendo explicar por qué no se juzga como mala madre.

 

El hijo se fue a la casa de la abuela, la madre de Yolanda, una señora de clase media, burguesa, a la que le gustaba ponerse joyas y vestir bien. La madre de Yolanda le puso una cruz cuando ésta le dijo que se iba al monte a combatir, cuando le dijo que lo de ella no era ir a la universidad, ni eso de rezar todos los días, como lo hacían en casa.

 

«Mi familia me tachó. Tenía una tía que era del Opus Dei con la que no volví a hablar», describe Yolanda.

 

Cuando el hijo de Colom llegó a Guatemala a vivir a la casa de la abuela era un joven comprensivo con aquella madre que lo llamaba a escondidas o le enviaba cartas sin dirección de remite. «Pero mi familia se encargó de ponerlo en mi contra. Entró a un colegio jesuita gracias a los vínculos de mi familia. Cuando era un niño comprendía mi lucha, pero en su adolescencia me reprochó», cuenta Yolanda Colom.

 

Yolanda regresó a Guatemala cuando se firmó la paz. Poco a poco, sus antiguos compañeros pasaron de ser ex guerrilleros a políticos o mandos medios y altos en empresas privadas. Ella se molestó, con ese lenguaje comunista que aún tiene, dice: «se volvieron capitalistas».

 

Colom cofundó el movimiento Octubre Revolucionario y siguió en la lucha.

 

¿Cree en los procesos de paz?

«Si los están firmando con convicción y si los ricos están dispuestos a ceder en sus privilegios puede que funcionen. Lo que pasa es que la gente es ambiciosa, la lógica capitalista ha enseñado a las élites a acaparar mientras que hay miles de indígenas y pobres que no tienen qué comer. Sin que el pobre tenga posibilidades de tener una vida medianamente decorosa, no hay paz», señala Colom.

 

Yolanda fregaba los platos, lavaba ropa en el monte, pero también organizaba estrategias de ataque a asentamientos militares. «En la guerrilla las mujeres tuvimos el mismo poder que los hombres, era una de las convicciones del frente. Los hombres no esperaban que la mujer fuera menos capaz, nos repartíamos las tareas 'domésticas' y 'militares' por igual».

 

Pero, no vivían del campo. Con eso no se puede sostener un grupo armado. ¿Tuvieron vínculos con el narcotráfico?

«Quienes tuvieron vínculos con los narcotraficantes fueron los militares. Panamá era la meca del narcotráfico, el paso obligado de toda la droga que venía de América del Sur. Cuando Estados Unidos castigó a Noriega (el ex dictador panameño), que era agente de la CIA y, a la vez, el mayor narcotraficante, Guatemala pasó a ser el centro del narcotráfico. Todo esto vino después del auge de la lucha revolucionaria. Las armas las obteníamos de quitárselas a los militares cuando atacábamos una base militar. También, las comprábamos en el mercado negro: Había policías guatemaltecos que vendían sus armas, había mercado negro en México, en Estados Unidos... en todas parte, como ahora».

«Si la paz está firmada con convicción, si los ricos están dispuestos a ceder en sus privilegios puede que funcionen los acuerdos. Lo que pasa es que la gente es ambiciosa, la lógica capitalista ha enseñado a las élites a acaparar mientras que hay miles de indígenas y pobres que no tienen qué comer»

¿Cómo conseguían exactamente el dinero para abastecerse durante la guerra?

«Primero a través de cotización por membresía. Muchos llevaban una vida doble, un médico seguía ejerciendo como tal, pero daba una parte del salario a la lucha. Los secuestros extorsivos comenzaron más tarde. Las extorsiones las empezaron a hacer el Ejército para capitalizar fondos para las campañas de los gobiernos militares, ellos inauguraron el secuestro de mujeres e hijos de grandes empresarios, nosotros (la guerrilla) sólo secuestrábamos a hombres, grandes capitalistas y de extrema derecha».

 

Pero, se da cuenta que ¿usted está justificando el secuestro?

«Eso fue porque el 'sistema' secuestró antes. Yo no veo que en medio de una lucha haya una población civil no beligerante, la mayoría está a favor de un bando o del otro. Yo le digo que el movimiento revolucionario éramos población civil, no éramos militares. Ninguna gente sensata ama la violencia y todos quisiéramos vivir en un país pacífico, pero cuando uno mira las cifras de muertos en Guatemala por hambre, la explotación laboral, los salarios miserables y una clase media que responde a esas élites, se da uno cuenta que nadie es neutral».

 

¿Su hijo le ha perdonado todo esto?

«Primero hay que decir que no hay nada que perdonar, yo no me arrepiento. Todo lo hice por la defensa de un pueblo que aún sigue oprimido. Mi hijo ha entendido, con el tiempo, esta lucha. Aunque debo decir que es ambivalente. Él estudió en la universidad, tiene su propia empresa...».

 

Entonces, ¿se volvió de la élite?

«Pero ha vivido en su propia carne las injusticias de Guatemala. Mi hermano, su tío, con quien tuvo una relación muy cercana, fue atacado por los militares. Mi hijo vio lo que es la represión. Sin embargo, nunca sostenemos una conversación sobre los movimientos sociales porque él no termina de entender la revolución».

 

Ha tenido usted una vida muy dura, ¿no?

«Sí. No estudié, no tengo un trabajo estable, no tengo posibilidades de tener una jubilación, no acepto trabajos con partidos políticos que continúan esa pantomima capitalista basada en la desigualdad, pero me busco la vida como sea».

 

¿Cómo?

«Sobrevivo. Hago de todo, limpio casas, arreglo casas, desmonto bodegas, construyo viveros, cuido huertos. Otros compañeros cayeron en depresión o en el alcohol, yo, de momento, aguanto».

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

8 de junio de 2018


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