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CONVERSACIONES IBEROAMERICANAS

Laura Restrepo: «Ha habido un proceso de paz, pero no un acuerdo entre ricos y pobres»

La escritora colombiana presenta 'Los divinos', una novela basada en un crimen que puso en evidencia la grieta social de su país

Vivian Murcia G.

@vivimur83 / @elportalvoz

¿Qué le ofreció para que ella accediera a subirse al coche? ¿un dulce? ¿una muñeca? ¿una moneda? Ella jugaba con su primo en la calle sin pavimentar, polvorienta, sucia, pobre. Es uno de los barrios marginales de Bogotá. Eran las 9 de la mañana y se divertía más en la calle que en la chabola en la que vivía, normal, allí dentro no tenía nada en qué pasar el tiempo de una niñez ya de por si precaria.

 

Entonces él llegó en una camioneta, de esas que tienen los ricos de esa lluviosa ciudad, con las que creen que pueden ir arrollando a cualquiera que no les merezca la pena... Yuliana era una de ellas. El hombre que conducía la invitó a subir, ella accedió. Nunca se sabrá qué le dijo.

 

A las 19 horas de ese mismo día la policía encontró el cuerpo sin vida de Yuliana. Estaba en un apartamento dúplex en uno de los barrios pijos de Bogotá. La menor de 7 años había sido violada, torturada y estrangulada.

 

La policía colombiana recibió a las 9:30 de la mañana la llamada de varios vecinos del barrio donde vivía Yuliana. La mayoría de ellos pertenecen a la etnia indígena yanacona, la misma de Yuliana. Ellos fueron los primeros en denunciar el secuestro de la niña. Uno de los indígenas había anotado la matrícula de la camioneta que se llevó a la menor. Esa fue la clave para que esa misma noche se diera con ella, con su cuerpo, mejor dicho.

 

El coche aparecía a nombre de un miembro de la familia Uribe Noguera, quien contestó que ese vehículo había sido entregado a su hermano como parte de un negocio familiar. Entonces se tuvo el nombre del autor del crimen: Rafael Uribe Noguera.

 

Rafael estudió en el mejor colegio de Bogotá, luego hizo arquitectura en una de las mejores universidades de Colombia, en donde su padre era el decano de la Facultad. Entre medias hay una juventud llena de drogas, sexo y alcohol. Uribe Noguera se hacía fama a sí mismo de indomable, de fiestero y, sobre todo, de macho dominante. Un criminal en potencia.

 

Yuliana y Rafael son las dos caras de esa ciudad envenenada por la desigualdad social. La niña indígena cuya familia venía del pobre departamento del Cauca -devastado por la guerra-, llegó desplazada a la capital colombiana; y el niño rico, drogadicto que no conoce de límites.

 

Cuando los opuestos se tocan saltan chispas. Eso pasó cuando este criminal se acercó a la niña, la violó y la mató creyendo que podría irse de rositas.

 

En las grabaciones del edificio de la familia Uribe Noguera aparece Yuliana entrando, aún viva. En las grabaciones también se puede ver a los hermanos del asesino entrar a las 14:00 horas de esa misma tarde y, luego, se les ve salir tres horas después.

 

En esas horas la policía no daba con el paradero ni de Yuliana ni de Rafael. Los móviles de los hermanos no daban respuesta aunque aparecían como recibidos los mensajes de WhatsApp que les enviaba la propia policía.

 

En la tarde, el hermano del asesino respondió. Aseguró haber encontrado a su hermano en una clínica psiquiátrica privada de Bogotá. Estaba ingresado por consumo de cocaína y alcohol. Más adelante, se sabría que los hermanos habrían usado las drogas como posible atenuante de la pena.

 

Ingresado en esa clínica la policía leyó los cargos por los que se le acusaron: violación y asesinato. Mientras tanto, todo un país se indignaba y hasta el presidente pidió públicamente que se le juzgara con severidad.

 

La presión mediática, las protestas de los indígenas hacinados en los barrios marginales de Bogotá y la poca dignidad que le queda a una sociedad que ha normalizado la desigualdad social y el racismo,  hicieron que la justicia actuara lo más rápido que pudo. En pocos días, Uribe Noguera fue sentenciado a 58 años de cárcel.

 

La investigación indica que los hermanos de Rafael, dos prestigiosos abogados, trataron de encubrirlo: lo sacaron del apartamento donde mató a Yuliana y lo internaron en la clínica psiquiátrica. Ellos también están siendo procesados.

 

¿Había que esperar a que una atrocidad de este calibre pasara para que la conciencia colectiva de un país se sacudiera?

 

Laura Restrepo acaba de publicar su novela Los divinos (Alfaguara) inspirada en este hecho.

 

Restrepo se centra en la figura de Rafael Uribe Noguera porque quiso entender ¿qué pasaba por la cabeza de una persona para violar y matar a una niña de 7 años?

 

Ficcionaliza la juventud del asesino para tratar de explicar cómo la cultura del narcismo -que para ella es un fenómeno mundial, basta con ver a Trump- ha hecho que el machismo sea capaz de actuar con todo su arsenal contra la víctima más débil: la niña indígena, pobre, desplazada por la violencia de un país descompuesto.

 

Los divinos es un título que hace alusión a aquellos que se creyeron que iban levitando sobre los humanos, ellos, los ricos, los que podían hacer lo que quisieran y no ser juzgados, esos que pretendían tocar el cielo de un país corrompido, pero quienes se cruzaron con las creencias de los indígenas que dijeron a las cámaras de los noticieros en Colombia: «Él (el asesino) creyó que podía hacer cualquier cosa porque nosotros no tenemos ni educación ni nada, se equivocó porque, para nosotros, nuestros hijos son sagrados».

«El victimario era una especie de dios: tenía la mejor educación, la mejor vivienda, el mejor trabajo y a la gente la sacó a la calle la indignación de pensar que no lo iban a tocar»

Pregunta: ¿Por qué ficcionalizar un caso tan delicado para la ciudadanía colombiana?

Respuesta: Es la audacia que te da dedicarte a este oficio, de alguna manera, tienes patente de corso para transformar los hechos en ficción. Me interesaba el aspecto interior del asesino, ver cómo es no quién es porque eso ya se sabe. Quería explorar cómo eran sus relaciones con las mujeres, qué puede pasar por la mente de un ser humano para hacer esto.

 

Pregunta: ¿Se hizo justicia en este caso?

Respuesta: Sí. Es, en la historia reciente de Colombia y del mundo, el caso de violencia sexual que más rápido se ha juzgado y con una condena severa. No hay reproche que hacerle a la justicia colombiana. Ahora, hay que decir que había una presión enorme por parte de la población. Lo que tú sentías esos días en las calles de Bogotá era «a este criminal lo atrapan y lo condenan o va a caer el presidente» porque lo que se estaba poniendo en tela de juicio era todo el aparato del poder. Se tocó una fibra muy dolorosa en Colombia: el preconcepto de que este joven que pertenece a la población rica, era intocable, una especie de divino que está por encima de los terrestres.

 

Pregunta: Entonces, ¿cree que Colombia se ha vuelto más consciente de que esa casta no tiene por qué ser tan intocable?

Respuesta: Lamentablemente, se necesita un hecho tan brutal para que estas cosas se conviertan en parte de la conciencia colectiva. No sé si esto se vaya a borrar con el tiempo, pero, lo que es evidente, es que el caso fue una especie de radiografía social. El miedo es que eso se olvide.

 

Pregunta: Usted vive hace tres años en España y vio como el caso de 'La manada' reflejó un vacío legal entre violación y abuso sexual. ¿En Colombia existe un vacío semejante?

Respuesta: Creo que España, en muchos sentidos, es más del siglo pasado que la misma Colombia. Uno de esos sentidos es el jurídico a la hora de determinar un crimen machista. Escuchar a jueces españoles decir que hay menores de las que dudan porque no saben si estaban de fiesta y disfrutando mientras las tocaban y se aprovechaban de ellas es desalentador. Son argumentos con los que se viene minimizando el delito del acoso y el delito de la violación a favor de los hombres.

 

En Colombia este caso es paradigmático porque, aunque haya muchos del mismo tipo que queden silenciados, la víctima era absoluta: una niña de 7 años, pobre, de familia desplazada, indígena... era la más indefensa de las víctimas así que no había manera de dudar. No era posible poner en marcha ese mecanismo feroz que siempre emprende el machismo de que la culpa la tiene la víctima.

«Alguna persona me preguntó un día si alguna vez había conocido a un rico español y le dije que no. Luego he pensado en eso y he notado que los ricos de España son tan «divinos» que ni se les ve»

Pregunta:  Con todo lo sórdido que fue el hecho, ¿qué fue lo más terrible de este caso? ¿Por qué este caso estremeció a la ciudadanía cuando hay muchas niñas violadas y asesinadas en una ciudad como Bogotá?

Respuesta: Un factor clave fue la desproporción entre el poder del victimario y la indefensión de la víctima. Se trataba de un abismo que reflejaba la grieta de toda la sociedad colombiana y de la humanidad. En Colombia ha habido un proceso de paz entre la guerrilla y el gobierno, pero nunca ha habido un acuerdo entre ricos y pobres. Son dos universos y estamos acostumbrados a que eso sea así.

 

Luego, hay un pensamiento colectivo de que las maldades las hacen los malos, la gente armada, los paramilitares, el ejército, la guerrilla, no unos ciudadanos ricos. El victimario era una especie de dios en esa sociedad: tenía la mejor educación, la mejor vivienda, el mejor trabajo y a la gente la sacó a la calle la indignación de pensar que no lo iban a tocar.

 

Pregunta: Hay una frase en la novela que es: «La inmadurez nos une y nos vincula a una  marca trasnacional, somos la generación que se niega a crecer». ¿Hay una generación perdida en Colombia?

Respuesta: Es una generación universal, la generación del hedonismo y del narcisismo, esa que reclama el 'derecho' de darse un gusto inmediato por encima de cualquier persona. Es una cultura con tal inflamación del ego que los demás desaparecen, nada más vea a Donald Trump para quien, muchas personas, inmigrantes, mujeres, no son nadie. Para Rafael Uribe Noguera, Yuliana no era nadie.

 

Pregunta: Claramente el clasismo es uno de los grandes problemas latinoamericanos. ¿Es consciente Colombia de ese problema? Se lo digo porque se acercan las elecciones presidenciales y vemos, por un lado, a un candidato obrero (Gustavo Petro) enfrentarse a los que representan la gran maquinaria del poder.

Respuesta: El propio Jorge Eliécer Gaitán es un ejemplo. Era del Partido Liberal (uno de élite), pero en el momento en que se va a votar por el morochito (Gaitán) lo matan  y, espero, que este ascenso que tiene Gustavo Petro en las encuestas no lleve, también, a que lo maten. Yo creo que mucha gente dejará de votar por Petro porque tiene una personalidad tiránica que da miedo. Pero, al mismo tiempo, es un tipo con un programa muy potente, con ideas muy claras. La oposición dice que «él dividió a la ciudad», nada más equívoco, la ciudad es y ha sido una gran grieta, dividida por inmensos abismos sociales. Lo que pasa es que Petro lo ha hecho manifiesto y cuando se habla de equidad, de repartir tierras y ganancias, los poderosos tiemblan.

 

Si Colombia fuera consciente del clasismo todo cambiaría, el propio próximo presidente sería otro, pero somos una sociedad que no se atreve al cambio, los «divinos» siguen siendo intocables.

«Creo que España, en muchos sentidos, es más del siglo pasado que la misma Colombia. Uno de esos sentidos es el jurídico a la hora de determinar un crimen machista»

Pregunta: ¿Se siente mejor en España? ¿cree que aquí no hay clasismo?

Respuesta: Aquí lo hay y más. Alguna persona me preguntó un día si alguna vez había conocido a un rico español y le dije que no. Luego he pensado en eso y he notado que los ricos de España son tan «divinos» que ni se les ve. La división social aquí es tan grande que los ricos viven en otro mundo y ni se tocan con los demás terrestres. Es más, hay marqueses, duques, reyes que son títulos nobiliarios que los dividen aún más del resto de mortales.

 

Pregunta: Eso que dice de que hay peligro de que a Gustavo Petro lo asesinen me preocupa. ¿Colombia aún está en esos niveles de violencia?

Respuesta: Es una situación que me da pánico. Creo que en el momento en que las encuestas han indicado que Petro puede ganar,  su vida ha empezado a estar en el filo.

 

Estamos ad portas de una violencia brutal. Yo he trabajado con mujeres violadas durante la guerra colombiana y conozco, de primera mano, los riesgos de que el proceso de paz se eche para atrás. Si ganan los opositores a la paz, Colombia va a entrar en un periodo de retroceso. Legalmente, el proceso está blindado pero, fácilmente, pueden darle largas. Los enemigos de la paz van por todo, van por la presidencia y, a partir de ahí, van a querer devolvernos a la caverna.

Nota: Las elecciones presidenciales de Colombia se celebraron el domingo 27 de mayo. Gustavo Petro quedó en segundo lugar y habrá una nueva vuelta electoral en junio para elegir al nuevo presidente de Colombia. 

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

25 de mayo de 2018


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