ibe.tv > EL PORTA(L)VOZ


César Vallejo

ESPECIAL 80 AÑOS DE LA MUERTE DE VALLEJO

«César Vallejo es indispensable»

Reconocidos escritores iberoamericanos hablan sobre el impacto que ha tenido Vallejo en su obra. Todos coinciden en que señalar al peruano como fundamental para quien quiera llamarse poeta

Vivian Murcia G.

@vivimur83 / @elportalvoz

Cuando Vivian Murcia me comentó que preparaba un especial sobre los 80 años de la muerte de César Vallejo (1892-1938) -sin duda el más grande poeta peruano y una figura capital de la poesía hispanoamericana de todos los tiempos- y me solicitó que, brevemente, le dijera qué significaba hoy para mí, lo primero que acudió como dogma fue: Vallejo es indispensable.

 

Y luego, pensé en Trilce y me pregunté: ¿Por qué Vallejo? Claro que no me olvido ni de Neruda ni de Huidobro. Pero Vallejo exaltó y acompañó mi porteña juventud, me hizo presente sin remilgos que amor y dolor van de la mano, que el desamparo está presente, y la injusticia tanto, pero la utopía también. Y quiero que me continúe acompañando el tramo que me resta desde sus Heraldos negros Trilce, de España, aparta de mí ese cáliz Poemas humanos, a sus inolvidables, proféticos versos de Piedra negra sobre piedra blanca:


 

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París y no me corro

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

 


Pero, debo admitirlo, mi primer gran amor por Vallejo estuvo contenido en 

 

Fue domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú, perdonen la tristeza’ 


César Vallejo, el más grande en ternura, tersura y la enorme tristeza.

 

Luisa Futoransky (Buenos Aires, Argentina, 1939)

París, 9 de mayo de 2018.


Yo me enfrenté a Vallejo cuando era niña. No fue mi elección. Mi maestra de talleres literarios nos secuestró en un museo, nos acostó bocarriba, relajadamente, y nos leyó a Vallejo. Si eso no fue mi primer sueño azul, mi primera experiencia sexual, qué lo fue.

 

Luego, en el 2011, el académico Julio Ortega llegó a La Habana para impartir unas conferencias sobre el poeta peruano César Vallejo. El mismo que yo había seguido leyendo, a veces sin entender ni media palabra, porque a veces no me es posible entender, ni a Vallejo ni a nada.

 

Después de asistir a las conferencias, claro está, escribí una historia con Vallejo en mi cabeza, o tal vez bajo mi falda. La historia fue un homenaje a eso que significa la poesía de Vallejo en mi memoria poética, un sedimeto del que pocos que lo leen, muy pocos, estoy segura, logran desvincularse.

 

El contenido del cuento forma parte del libro No sabe/No contesta (Ediciones La Palma, Colección G, España 2015), y empieza su Segundo párrafo así:

 

«A la una de la tarde me inscribí y a las dos de la tarde entré al área. Entré con el pie derecho y me senté con el glúteo izquierdo. Quería ser como César Vallejo, hermética, sensorial, irresistiblemente oximorónica. Por eso el glúteo en contradicción con el pie. Y vicever- sa. Por eso los coffeecakes y los piononos de fresa. Por eso el Nokia de fresa palpitando en mi bolsillo. Acabo de comprarte un bello collar hindú y voy a almorzar mariscos pensando en ti. Pensando en César Vallejo.

 

Qué almorcé yo. Qué almorzaron los más de treinta y cinco escritores antes de entrar a una clase que sería una carrera. Resistencia y velocidad juntas, arroz congrí, plátano hervido, huevos pasados por agua. Trilce huevos para trilce escritores».

Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, Cuba, 1984)

Miami, 10 de mayo de 2018.


Conocí a César Vallejo en el último rincón del último estante de una librería en una gastada feria del libro, como tenía que ser. Y comencé a leer sus poemas a media luz, también como tenía que ser. Cada una de sus palabras, de sus silencios, de sus comas, eran un canto a lo prohibido, un canto al Arte y la revolución. «La gramática -escribió-, como norma colectiva en poesía, carece de razón de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica».

 

Él forjó su voz, y su voz fue la manifestación de su vida, y su vida fue una mezcla de sangre, herencia, palabras, odios, frustraciones, pocos triunfos en términos de los humanos, sueños y poesía. Fue un poeta, con todo lo que significa esa palabra, un poeta prohibido, que es como decir, digno de ser leído.

Fernando Araújo Vélez (Cartagena, Colombia)

Bogotá, 9 de mayo de 2018. 


 

César Vallejo agregó mucho territorio al castellano, es decir, al mundo que se dice y siente en castellano. Habiendo leído y admirado a Herrera y Reissig y a Darío, antes que a otros poetas americanos, se permitió, de entrada, todas las sorpresas metafóricas, todos los arrojos, sin perder -igual que el primero- un sentido de su paisaje. Lo que en Herrera es modesta serranía secreta, en el Vallejo de Nostalgias Imperiales es una majestuosidad inabarcable que se vuelve peso metafísico. Trilce es la primera vez en castellano que el espíritu de la vanguardia da poesía impecable y duradera. Son muchas cosas para decir de un solo poeta.

Aldo Mazzuchelli (Montevideo, Uruguay, 27 de noviembre de 1961)

Uruguay, 11 de mayo de 2018.


A Vallejo llegué en la euforia del lector adolescente que fui.

 

Todavía recuerdo el libro en que lo tuve, una edición negra de la Biblioteca Ayacucho.

 

Un libro grande, grueso, que yo abría primero con perplejidad y luego con veneración.

 

Porque con Vallejo entendí otro modo de las palabras, de la literatura, del existir; un modo sostenido en las disonancias, en esa forma suya de intercalar la aspereza de palabras imposibles con un ritmo fluido que las reinventaba, que las convertía en chispazos, en sentidos nuevos.

 

Vallejo me descubrió (y me sigue descubriendo) que el mundo oculta una silenciosa, descreída oración, en la que las palabras se invocan a sí mismas cuando consiguen el más adecuado de sus ritmos. Entonces los lectores somos ese ritmo, somos oración, somos poema, somos siempre, mucho siempre, siempre siempre.

Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, Venezuela,1967 )

Madrid, 12 de mayo de 2018.

 


Me gusta pensar que no fui yo la que llegó hasta Vallejo, sino que fue él quien me estuvo buscando. Y, finalmente, me encontró.

 

Lejos de pretender aquí un romanticismo poético barato, me gustaría expresar que nuestra aproximación fue furtiva, casual, y, como todo lo que arremete por destino, fue eterna.

 

Ese día, casi cinco años atrás, Vallejo llamó mi atención desde una de las tantas librerías de usados que proliferan en la Avenida Corrientes de Buenos Aires, donde habitan los textos vintage con ‘olor a viejo’ que nunca llegaron a estar en las vitrinas de «los más vendidos». Lo mejor de estos textos es que tampoco se lo proponen -nunca lo han hecho-.

 

Así, por juego de contingencia y azar, esa tarde conocí a César y conocí a Vallejo. Conocí a una persona y a un escritor. Muchos hablan de su temeridad, de su capacidad para nombrar lo prohibido, pero opto, hoy y en homenaje, por diferir. Lo que más me atrajo de sus poemas fueron sus ausencias. Ahí, donde nada lo nombra y nadie lo busca, ahí, donde no hay nada más que eso, que una palabra en lugar de otra palabra en lugar de otra cosa, mucho más profunda, tan profunda que no se ve, que no aparece, que es ‘innombrable’, ahí, en la incertidumbre de la imposibilidad, encontré a un poeta.

 

Después, descubrí que esta inusitada presencia de lo que no acontece se repetía constantemente en su obra:

 

«Hoy no ha venido nadie a preguntar; / ni me han pedido en esta tarde nada. / No he visto ni una flor de cementerio / en tan alegre procesión de luces. / Perdóname, Señor: ¡qué poco he muerto! / En esta tarde todos, todos pasan / sin preguntarme ni pedirme nada (...) »

 

Los Heraldos Negros, 1919.

 

Desde esta lectura, Vallejo me acompaña como un fantasma en las ausencias de mi propio lenguaje. Todo lo que escribo se tiñe de la conciencia de la imposibilidad de las palabras para expresar casi todas las cosas. Ya saben lo que dicen sobre una obra de arte, de esas que realmente valen la pena: una vez que te atraviesa, te tiene atravesada para siempre.

Alejandra M. Zani, Santiago del Estero, Argentina, 1992.

Madrid, 11 de mayo de 2018.


Contacto: vivian.murcia@ibe.tv 

 

 

11 de mayo de 2018


Más en El Porta(L)voz


Hoy en ibe.tv


 
 
 
 

Programa de cooperación ibe.tv.
Fuencarral, 8 - 2º / 28004 Madrid / +34 91 522 70 99 / redaccion@ibe.tv