ibe.tv > EL PORTA(L)VOZ


Fernando Aramburu y Benjamín Prado.

CONVERSACIONES IBEROAMERICANAS

Fernando Aramburu: «Decidí hacer un dibujo de mí mismo en aquello que me hace humano»

'Autorretrato sin mí' es el título del nuevo libro del escritor vasco. Con un tono confesional, se trata de una lectura, por momentos, muy conmovedora

Vivian Murcia G.

@vivimur83 / @elportalvoz

Después del tsunami en ventas que significó su libro Patria -del que se va a hacer, incluso, una serie de televisión- Fernando Aramburu (San Sebastián, España, 1959) ha vuelto a presentar un nuevo libro. Autorretrato sin mí (Tusquets) es un texto corto, íntimo, una especie de memorias que permiten al lector descubrir al hombre detrás del escritor y viceversa.

 

La muerte del padre como una lluvia incesante en el interior de un hijo, la felicidad que se permite su madre al sentirse orgullosa de los premios que le dan a su hijo escritor, el maestro moral que descubrió en Camus al leer El hombre rebelde, son hechos que Aramburu cuenta con un tono profundamente poético y, por momentos, muy conmovedor.

 

Aramburu ha recogido los episodios que lo han llevado a convertirse en el hombre que es. Recuerda, por ejemplo, la bofetada que le dio el cura cuando descubrió que no había hecho el deber del colegio: leer El Lazarillo de Tormes, «y no lo recuerdo con dolor sino con profundo agradecimiento porque ese joven, que iba por mal camino, aprendió con esa bofetada a acercarse a la lectura», así siguió un largo recorrido de lector hasta convertirse en escritor.

 

También recuerda lo que significó salir de San Sebastián, llegar a Alemania y encontrarse con que tenía que volver aprender un idioma para comunicar una idea por simple que fuera, se rehizo como hombre, conoció a la mujer con la que aún vive, a quien, por supuesto, dedica una parte del libro, y, cómo no, también recuerda al español, ese idioma con el que trabaja y con el que ha escrito no sólo su autorretrato sino una imagen de todos los lectores que nos veremos retratados en un hombre que sabe expresar qué es esto de vivir.

 

El libro fue presentado en Fundación Telefónica. La charla estuvo a cargo del también escritor Benjamín Prado quien aseguró: «aunque se llame Autorretrato sin mí, yo creo que, en realidad, el libro, debería llamarse autorretrato contigo, con el lector, porque es muy difícil que no se identifique con las historias y con las observaciones que ofrece».

 

Esa automirada a la que se somete Fernando Aramburu es evidente en un aparte como el siguiente:

 

«Habito desde que nací en un hombre llamado Fernando Aramburu. Este hombre me obliga a madrugar. Se ha ido metiendo en años, tenía una melena que se derramaba sobre los hombros, hoy lleva, llevamos, los pensamientos al aire. De niños cenábamos, a menudo, pescado en la casa familiar. El padre, a un costado de la mesa, se inclina sobre el plato con su pedazo de pan. He visto al padre de este hombre, en que habito, comer macarrones con pan, pan con todo, pan. Él mismo era un pedazo de pan. Y la madre está ahí delante en un presente perenne. Es buena y lleva delantal. En casa no hay libros pero ya me voy a encargar yo de que los haya. Este hombre que me envuelve y me hacía leer siendo yo muchacho poemas y obras de teatro clásico, Lope, Tirso y demás, a todas horas. Mi madre entraba mirando a la habitación convencida de haber traído al mundo un hijo delirante. Me pillaba con Góngora, me pillaba con Rubén Darío, andando el tiempo se acostumbró a la presencia del lenguaje literario en el hogar. Mi silencioso padre se limitó a restregarme un pedazo de pan por la frente. Luego fundamos el grupo 'Cloc' de Arte y Desarte, el hombre, yo, y unos amigos. Pensábamos que así como se hace literatura con los guijarros de la vida podíamos hacer la vida con las llamas de la literatura. Albert Camus detuvo nuestras manos prestas a la rotura de cristales. Vivo, desde entonces, en un paisaje ético, esto no nos libra del error ni a Aramburu ni a mí, pero todo, a fin de cuentas, se queda en la casa de la palabra, refugio de la paz. Contraje la poesía a edad temprana, la he combatido o, en todo caso, paliado con el humor. Estuvimos largo tiempo sin hablarnos, no la necesito menos que entonces, pero ya bajo en la noche, a oscuras, a proveerme de ella en las galerías del hombre que me abarca. La busco y, a veces, la encuentro en las páginas que otros escribieron. Y un día, Alemania succionó al hombre que me contiene. Ding dong, la puerta, una mujer. Es ella. Su sombra tenía la forma de un tren que atraviesa fronteras. Y allá fuimos, viajeros de una sombra hermosa, el hombre y yo. No sabíamos una palabra de vocales largas, de declinaciones y otras intrincadas veredas gramaticales. Nos repartimos, como buenos compañeros, el amor. El tiempo hizo su parte, trascurrió y nosotros la nuestra, procreamos, este hombre me hace madrugar para cumplir a diario el sueño de un lejano adolescente que quería ser escritor. Llevamos tanto tiempo juntos que ya no sé si él es yo o yo soy él. Hemos acumulado otoños, libros y una muchedumbre de hojas caídas que forman un suelo, compartimos lo bueno y lo triste. Aún respiramos con los pulmones también compartidos».


Benjamín Prado comentó que lo que más le gustaba del libro es la incapacidad de catalogarlo ya que está entre la poesía y la memoria y roza con la autobiografía. «Lo primero que me ha gustado es que no sé qué es. No sé si es una narración, si es un tipo de memorias, no sé si es un libro de poemas en prosa. Yo me he dado cuenta de que él lo ha escrito exactamente para que yo no lo sepa y para que los lectores no lo sepan tampoco», aseguró Prado.

 

El libro, desde luego, cuenta muchas anécdotas. Algunas pasan afuera de Aramburu y otras pasan adentro. «De pronto un día Aramburu está en un acto como este y al acabar viene la gente para que le dedique un libro. Se acerca una mujer en la que él reconoce un amor de juventud, pero cuando se da la vuelta y se marcha ella se gira y lo mira y, entonces, Fernando ve su gesto y pasa de la biografía a la ficción. Empieza a imaginar una vida junto a esa mujer, se pregunta qué hubiera ocurrido, cómo serían los hijos que hubieran tenido, cómo sería la casa en la que hubieran vivido. Ahí hemos saltado ya de la autobiografía a la ficción», aseguró Prado.

Aramburu recuerda, por ejemplo, la bofetada que le dio el cura cuando descubrió que no había hecho el deber del colegio: leer El Lazarillo de Tormes, «y no lo recuerdo con dolor sino con profundo agradecimiento»  

También es un libro de memorias. En cada dulce que toma el Aramburu hoy famoso escritor, está el dulce que disfrutaba el niño vasco, hijo de un hogar humilde de San Sebastián en el que «nunca faltó el amor». Y el amor es un gran tema en el hombre que es Aramburu, como lo es en la vida de cualquier ser humano, por eso resulta muy conmovedor leer el pasaje que le dedica a su padre, un padre que podría ser el de cualquiera de nosotros y, por eso, nos duele:

 

«Padre. Tu recuerdo es lluvia y yo te estoy de pronto recordando. Un rumor innumerable de gotas que revientan me ha empujado a la ventana. Lo que suena no es el agua que baja por la hojas sino una monótona, gris, más gris melancolía. Las noticias predijeron sol, pero yo oigo llover y siento por todo el cuerpo la humedad y el descenso brusco de la temperatura. Me asomo sorprendido a la ventana. La calle dormita bajo la luz incuestionable con sus pájaros parados al resguardo del sol y, sin embargo, no hay duda de que llueve. Arrecia a mi lado el siseo constante de la lluvia. Miro entorno por si estuviera lloviendo por dentro de la casa, en algún rincón o debajo de los muebles. Y al fin descubro, padre, que soy yo el que no para de llover. Si esta lluvia tan sólo consistiera en agua que busca reposo sobre la hierba serena, yo no estaría encogido ahora tiritando de tristeza detrás de mi espalda. Saldría, como tantas otras veces, como cuando tú vivías padre, a deleitarme en el chisporroteo juguetón de las gotas al chocar contra el paraguas. Pero esta lluvia que tanto penetra y tanto hiere, está cayendo en el pasado y no nos va a mojar ni a ti ni a mí, ni a nuestras sombras ya para siempre separadas. Esta lluvia no nace de las nubes sino de la seca soledad que late dentro de mi pecho. No forma charcos en el camino ni perlas en las rosas, ¡qué va a formar si ni siquiera es de agua!. No la lleva el cielo, el cielo bastante tiene con ser cielo y ser azul cuando le dejan. La llevo yo por dentro a solas en aquel descampado personal donde se rajan los vivos y los muertos. Yo no sé cómo puedo detener esta lluvia que lo está empapando todo de desdicha. ¿No habrá, padre, un techo que proteja de tu muerte?»


El lector también se emocionará con el pasaje dedicado a la madre, una mujer que se emociona del triunfo de su hijo escritor:


«Madre. Eras una mujer de 33 años decidida a no concebir más hijos cuando quedas embarazada de mí. Andando el tiempo me confiesas sonriente que una noche descuidaste la defensa ante el hombre débil, en consecuencia, nazco. Conociendo este trivial pormenor habría dejado de parecerme fortuito el origen de toda existencia. Tienes belleza, carácter, orgullo, eres lista y no temes al trabajo, pero has nacido en una mala época de España. En un pueblo de agricultores en una familia numerosa y pobre. La religión ata tus manos, te corresponde el destino prefijado para la mujer modesta de tu país y de tu tiempo: el matrimonio, la procreación, la cocina. Muchas veces, te he oído expresar el pesaroso convencimiento de que mereciste otra cosa, de que mereciste más. Tal vez, por el impulso de compensar ciertas carencias, ya tenías la ilusión de proyectarte en mí. De la herencia materna todo lo que contribuye a la fortaleza física constituye una de tus mayores prioridades. Pasados los cincuenta aún gustas de enviarme paquetes postales con alimentos. Considero probado que si algo te ha salido bien en la vida es mi salud. Te debo, además, una decidida propensión a la perseverancia, la voluntad, acaso maniática, de terminar cualquier trabajo emprendido y lo que más he admirado siempre en ti: esa capacidad de cuarzo que tienes para mantener a raya la tristeza. Sin disimulo, muestras sentir como propios los logros literarios con que fui alguna vez favorecido. Tu alegría los ennoblece, elevándolos a triunfo aún cuando más allá del trabajo bien hecho yo no crea gran cosa en el triunfo salvo que éste consista en tu alegría. Me figuro, entonces, que ves en mí, con frecuencia, una suerte de mano tercera, la tiendes convertida en mi persona para tomar de la vida algunas satisfacciones que te han negado. De tu ternura y atenciones infiero que me sigues considerando parte de ti aunque esté lejos. Tú que diste vida percibes, sin duda, mejor que yo, siempre hombre de soledad y libros, los susurros de la naturaleza cuando nos habla al oído para decirnos que no existen los seres sueltos, que somos todos uno y lo mismo».

 

Aunque Aramburu asegure que se ha alejado de la poesía, o que la busca en otros escritores, Autorretrato sin mí es un libro en el que hay lírica. El ritmo es notorio y hay frases que, aunque simples, guardan una enorme complejidad: «Lejos de ti me espera lo que no supiste darme», le dice Aramburu a San Sebastián, su ciudad. 

 

Pero es un libro de poesía porque también habla de autores que le impactaron cuando joven como Bécquer, Góngora, Quevedo o García Lorca, al que le dedica un capítulo entero.

«También recuerda lo que significó salir de San Sebastián, llegar a Alemania. Se rehizo como hombre, conoció a la mujer con la que aún vive, y, cómo no, también recuerda al español, ese idioma con el que trabaja»

«Yo creo que es un libro de poemas disfrazados de autobiografía, pero creo que, ante todo, que es un libro sobre la propia belleza del lenguaje, sobre la gratitud que los escritores le tenemos a esa herramienta que usamos pensando que esas palabras serán capaces de contar su historia», afirmó Benjamín Prado.

Fernando Aramburu y Benjamín Prado.

Fernando Aramburu y Benjamín Prado.

 

Confesional, íntimo, conmovedor, los adjetivos pueden variar para describir un autorretrato como este del que el propio Aramburu asegura es su obra «más personal».

 

«Es un libro en el que me he abierto como nunca lo había hecho. Hablar en público no me da miedo porque creo que hay cosas peores, pero con este libro tengo un problema y es que no puedo refugiarme en la ironía, en el humor porque, para empezar, es un libro en el que he tratado cuestiones muy personales que no solamente afectan a mi vida sino, también, a las de otras personas que no tienen nada que ver con la literatura, pero que me son muy cercanas», comentó Fernando Aramburu.

 

El escritor aseguró que Autorretrato sin mí fue escrito sin ningún plan previo. Lo escribió en momentos de espera, en aeropuertos, en los viajes, en instantes en los que se envolvía en «una especie de membrana» con ayuda del vino para pensar en episodios que han sido definitivos en su vida.

 

Aramburu, que confiesa que ha usado «trampas literarias» al asignar vivencias propias a los personajes de sus novelas, se ha enfrentado a sí mismo ante la pregunta más humana de todas: ¿quiénes somos?

 

«Lo que yo quería, en realidad, tampoco tenía nada que ver con este libro sino que tenía una gran curiosidad de saber cómo era un ser humano en su núcleo: ¿qué nos hace humanos? No tenía un cuerpo dentro del cual mirar, no soy un psiquiatra, no entiendo los mecanismos de la conducta humana, sólo disponía de mí y de mi vida, entonces decidí hacer un dibujo de mí mismo en aquello que me hace humano, por tanto, esto me ha llevado a una especie de encuentro con todos aquellos que he sido y con el definitivo que seré en el tumba», señaló Fernando Aramburu.

 

«Pero luego me he dado cuenta de que no es singular lo que me ha pasado, quién no ha aprendido las primeras letras, quién no se ha enamorado por primera vez, quién no se ha preguntado por su existencia o no se ha preguntado por cómo será el final. Entonces, decidí que este sería un retrato de mí mismo sin mí porque es un poco de todos», aseguró el escritor vasco.

Benjamín Prado: «Lo primero que me ha gustado es que no sé qué es. No sé si es una narración, si es un tipo de memorias. Yo me he dado cuenta de que él lo ha escrito exactamente para que yo no lo sepa y para que los lectores no lo sepan tampoco» 

En ese retrato está el Aramburu que tiene un antes y un después de leer a Albert Camus. El hombre rebelde llegó a sus manos a los 18 años, lo que sería una lectura fundacional ya no para un escritor sino para un Aramburu como ser moral: «Si alguna vez he percibido que me he convertido en un hombre distinto después de haber leído un libro fue en este caso y celebro mucho que este libro llegara a una edad relativamente temprana. El hombre rebelde que era entonces se sorprendió al leer en Camus un 'sí'. Pero ese 'sí' (a la rebeldía) quiere decir que, al final de la acción, de cualquier acción, lo último que uno debe hacer es algo positivo para el humano, para los demás. Este criterio moral me obliga a mirarme en el espejo cada noche, a juzgarme y le debo el convencimiento de que no hay nada más respetuoso que el ser humano. De Camus aprendí que yo puedo defender una idea, pero si esta va en contra de un hombre, entonces, no es válida», aseguró Aramburu.

 

Bajo esa premisa moral, el escritor termina su libro con un texto que dice: «La hora del recuerdo convoco, sin olvidar a ninguno, a los seres diversos que nunca fui», Aramburu le ha escrito a ese otro que no es, ese otro que somos nosotros y que nos convertimos en todos.

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

14 de marzo de 2018


Más en El Porta(L)voz


Hoy en ibe.tv


 
 
 
 

Programa de Cooperación IBE.TV
Fuencarral, 8 - 2º / 28004 Madrid / +34 91 522 70 99 / unidadtecnica@ibe.tv