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Antonio Ungar

NARRADORES LATINOAMERICANOS

Antonio Ungar: «Europa quiere al inmigrante y lo odia a la vez»

El escritor colombiano habla sobre 'Mírame' una historia de amor contada por un francés xenófobo enamorado de una extranjera

Vivian Murcia G.

@vivimur83

«Hay otro mundo, paralelo en el que yo soy feliz y ella no es paraguaya, en el que Europa no está en cenizas, en el que el final no está cerca, en el que vivimos juntos y ella espera pacientemente a que yo me duerma, consintiéndome la cabeza, todas las noches (...)» Pero el mundo en el que vive el protagonista de Mírame (Anagrama), la novela de Antonio Ungar es más 'real', es hostil con los inmigrantes que llegan a Europa por lo que siente una terrible dualidad: odia a «los oscuros, los marrones y los amarrillos quienes han desplazado, poco a poco, a los trabajadores y a los ancianos de la vieja república (Francia)», pero está enamorado de una chica inmigrante, una paraguaya.

 

Antonio Ungar (Bogotá, 1974) ha escrito una novela incómoda por certera. La xenofobia nunca será abiertamente aceptada por las sociedades que se autodenominan progresistas o de primer mundo, y, sin embargo, cualquiera que haya salido de su país y haya vivido como inmigrante puede identificarse y leer su propia realidad en Mírame.

 

La mirada desde un personaje xenófobo que sufre porque se ha enamorado de un ser que encarna su odio, es una nueva manera de abordar el racismo. «El punto de vista del discriminado, de la víctima, ya lo conocemos a través de la prensa, y somos insensibles a él», comenta el autor.

 

Ungar ha ganado premios tan importantes como el Premio Herralde de Novela en 2010; Mírame es una novela que, sin duda, le consolida en la literatura.

 

Estamos ante un libro que presenta un tema central, digamos, que es la xenofobia. ¿Cómo llegó a pensar en este tema y en determinar que la historia debiera ser contada por una persona xenófoba?

No escribo pensando de antemano en ‘temas’ o ‘argumentos’. He sido inmigrante en Europa y he conocido personajes parecidos al protagonista (y otros parecidos a la joven de la que se enamora, también). Al darme cuenta de que la escritura me estaba llevando hacia una denuncia -no literal- de la xenofobia, entendí que la mejor manera de mostrar qué tan absurda es, era mostrándola a través de los ojos de un xenófobo. El punto de vista del discriminado, de la víctima, ya lo conocemos a través de la prensa, y somos insensibles a él.

 

El protagonista vive en Francia, un país en el que siente que lo políticamente correcto lo asfixia. A la vez, siente una dualidad entre el amor que le despierta una chica extranjera y el rechazo hacia los extranjeros, una situación que, también, lo aflige. ¿Se trata de una extrapolación de lo que puede pasar hoy en una sociedad europea en la que se rechaza y se quiere, a la vez, al inmigrante?

Es verdad, Europa quiere al inmigrante y lo odia a la vez.

 

Creo que el odio es producto del miedo. Miedo a que esos pobres que llegan por millones se queden con los puestos de trabajo y con los beneficios de la seguridad social, pero también miedo a eso que los inmigrantes suelen traer y que Europa parece haber extraviado hace mucho tiempo: las ganas de vivir, la conexión con una vida primaria que incluye el amor y el sexo, pero también la violencia. Los personajes de esta novela se mueven en esos dos territorios.

 

El amor de Europa hacia el inmigrante es condicionado. Lo quiere si se comporta como un inmigrante, es decir si es ‘exótico’, pobre, ignorante, servicial. Cuando el inmigrante se siente cómodo y feliz, tiene un trabajo y paga impuestos y empieza a ascender en la escala social, el europeo promedio se asusta (y ese miedo se le convierte fácilmente en odio).

 

¿Cómo ha sido su experiencia con la inmigración?

He tenido suerte. No he sido discriminado, aunque ahora mi posición en Israel-Palestina es incómoda. Tengo la apariencia de un judío askenazi, pero estoy casado con una palestina. Para los palestinos en la calle soy, por lo tanto, un enemigo, pero para los judíos israelíes también, por estar casado con una musulmana, porque no hablo hebreo y porque he escrito textos críticos con las políticas del Estado.

 

¿Cómo ha sido su experiencia con la xenofobia?

En Israel los judíos solamente se casan con judíos. Hay excepciones, poquísimas, mal vistas por la sociedad. Dada esa situación exclusiva de este Estado que se define como el Estado Democrático Judío, y dado que los judíos en este territorio se consideran el pueblo elegido por Dios, la situación de los inmigrantes es muy difícil. Sobre todo la de los africanos, que han llegado ilegalmente huyendo de guerras. El racismo contra los negros es generalizado y aceptado socialmente.

«El amor de Europa hacia el inmigrante es condicionado. Lo quiere si se comporta como un inmigrante, es decir si es ‘exótico’, pobre, ignorante, servicial»

Usted es, como yo, colombiano. Somos de un país de emigrantes. Sin embargo, tenemos un fenómeno que es el de los desplazados campesinos y el rechazo hacia estos por parte de la clase alta citadina. ¿Son fenómenos comparables el del desplazamiento y el de la xenofobia?

Son comparables, sí. La tragedia del desplazamiento en Colombia es doblemente trágica: es la migración interna más grande del mundo (entre cinco y seis millones de personas movidas a la fuerza), pero, al mismo tiempo, es la más ignorada por la prensa mundial y por las instituciones transnacionales que podrían mitigarla.

 

Cuando llegan a las ciudades esos campesinos son maltratados, no solamente por las clases altas, sino por las medias y las bajas. El campesino recién llegado es considerado atrasado, bruto, pegado a ese campo del que casi todos venimos y que todos queremos olvidar (y es tratado así: como una persona inferior, de la misma forma en que Europa y EEUU se trata al inmigrante ‘de color’).   

 

¿Cree que ese debate moral que tiene el protagonista (el de querer o rechazar a un inmigrante) es el que se está viviendo en las sociedades actuales? ¿No cree que el hecho de que haya ganado Trump, por ejemplo, demuestra que ha triunfado el discurso del odio?

Sí, en EEUU ganó el odio. Lo mismo está pasando cada vez con más frecuencia en las democracias europeas. Esas sociedades ricas  tienen miedo al influjo masivo de esos inmigrantes que han llegado con su cultura y sus valores a ‘invadir’ espacios que hasta hace poco eran solamente blancos y, en menor medida, de descendientes de esclavos negros. Es un cambio muy grande y muy rápido (dada la creciente desigualdad mundial y la facilidad de movimiento en el mundo contemporáneo), y, creo, que habrá un período largo y seguramente violento de ajuste.

 

Europa y EEUU tendrán, eventualmente, que aprender a vivir con el inmigrante pobre, cuya llegada es inevitable, sin importar cuántos guardias de fronteras haya o cuántos muros se construyan. En el largo plazo ese inmigrante pobre es bueno para la economía y para el funcionamiento de la seguridad social, pero hasta que lo entiendan los políticos que representan a quienes están asustados, habrá un período de ajuste muy difícil.

 

¿Qué significa para usted el discurso del odio? ¿Cómo lo definiría?

Creo que, realmente, es el discurso del miedo, como expliqué arriba. El miedo siempre lleva a la violencia, pero inevitablemente en el largo plazo es derrotado.

«Creo que el odio es producto del miedo, miedo a eso que los inmigrantes suelen traer y que Europa parece haber extraviado hace mucho tiempo: las ganas de vivir»

¿Cree que es utópico que las sociedades integren a los colectivos inmigrantes?

No es utópico y acabará pasando. Creo que nos dirigimos a una sociedad en la que no solamente el dinero, los servicios y el internet serán globales, sino en el que, también, lo serán el movimiento poblacional y el trabajo. Los pobres del tercer mundo seguirán trabajando directa o indirectamente para empresas del primer mundo, pero, ahora, lo harán dentro del territorio de ese primer mundo o en los países de origen, indistintamente.

 

La desigualdad a largo plazo tampoco es eficiente y lleva a una violencia que no les conviene a los países ricos, así es que los inmigrantes acabarán integrados, tarde o temprano. Ya están completamente integrados, por ejemplo, en las industrias del entretenimiento, la academia, la tecnología y el deporte.   

 

¿Por qué cree que se han roto los límites de la corrección política en una sociedad como la europea en la que se han despertado los discursos xenófobos? ¿No bastó acaso con la Segunda Guerra Mundial para demostrar a la humanidad que el repliegue identitario es peligroso? 

Estamos en un momento de cambios estructurales importantes, en el que las viejas relaciones de poder entre el primer y el tercer mundo se están alterando: los ricos y los pobres dejarán de tener países de residencia, las fronteras para los trabajadores desaparecerán. Eso implica que quienes se aferran al viejo orden intentarán defenderse como puedan, seguramente usando la violencia en muchos casos. Pero al final, me parece, una sociedad verdaderamente global es inevitable.

 

Guerras de todo seguirá habiendo. La violencia, en cualquier escala, es inherente a la condición humana: somos depredadores con un cerebro demasiado sofisticado y armas demasiado destructivas.  

Foto: Cortesía Anagrama. 

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

12 de febrero de 2018


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