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Patricio Pron

DIÁLOGOS IBEROAMERICANOS

Patricio Pron: «Lo más importante de Argentina, a excepción de los afectos, lo llevo conmigo»

El escritor argentino vuelve al relato breve con 'Lo que está y no se usa nos fulminará'

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Se acerca el momento en que Patricio Pron (Rosario, 1975) cumpla más años de estar viviendo fuera de Argentina que los que vivió en su país natal. Algo que no vive con nostalgia, pero sí con un profundo agradecimiento: «A excepción de los afectos, todo lo que tengo de Argentina, el arte los libros, la música, los llevo conmigo».

 

Patricio Pron se doctoró en Alemania y vive en Madrid desde 2008. A él le gusta pensar en la literatura como una especie de «república imaginaria» que se desmarca de los nacionalismos, en ella sólo importa el diálogo que se establece entre el autor y el lector.

 

Pero Pron no vive en una burbuja. Sabe que los problemas están ahí: Argentina con su economía en declive y sus derechos sociales resquebrajados, son asuntos que se toma muy en serio y que sigue con «preocupación». Tampoco es ajeno a los problemas de Europa, el continente que admira como proyecto que «ha supuesto el mayor periodo de paz de toda la historia del continente» y del que se siente un ciudadano más.

 

Aún cuando diga que se identifica con los ideales europeos, Pron asegura que no le gusta esa idea de ser un escritor pontífice que desde Madrid escribe o dice, con tufillo de superioridad, qué debería hacer o no su país, su intención única es la de consolidar una comunidad literaria en la que él es el autor y nosotros los lectores.

 

Toma el título Lo que está y no se usa nos fulminará de una canción de Spinetta. ¿Cuál es la historia de esta frase y la de este libro?

El libro requiere una voluntad de juego de la que no es fácil disponer, espero que quien invierta su tiempo y su entusiasmo en el libro se vea recompensado.

 

No fue escrito siguiendo una voluntad orgánica sino durante un largo periodo de tiempo en el que yo escribía relatos, cuando finalmente me senté a juntarlos y ver de qué manera se relacionaban unos con otros, y si lo hacían o no, lo hice porque tenía la impresión de que eso que estaba era necesario que fuese usado. De ahí que viniese a mi mente la frase de Spinetta, yo tenía, de forma un poco misteriosa, la sensación de que si no los usaba (los relatos) me iban a destruir de una manera u otra.

 

Francamente, el título se impuso de forma natural. También se impusieron de forma natural los temas del libro sobre los que yo no recordaba haber pensado mucho durante los últimos años, pienso, por ejemplo, en el tema de las segundas oportunidades, un tema inconsciente porque no estaba esperando una segunda oportunidad ni pidiéndola. Otro tema que es un hilo conductor son las relaciones conflictivas con la paternidad, la posibilidad de ser padre, o de serlo y no sentirse cómodo con ello, son cosas que aparecieron. En ese sentido, el libro fue para mí un descubrimiento y una sorpresa de la misma forma que espero que lo sea para los lectores.

 


Vuelve al relato breve, ¿qué beneficios hay en lo breve? y ¿qué desventajas?

Creo que hay una visión consuetudinaria en el marco de la cual el género del cuento, por su brevedad, es considerado como menor. Se cree que por tratarse de una pieza breve ha requerido menos esfuerzo que una novela, sin embargo, el hecho es que si lo vemos desde un punto de vista cuantitativo, el autor de novelas ha tenido que imaginar sólo una historia al tiempo que el autor de un libro de cuentos ha tenido que imaginar once o doce historias, con todas ellas puede acertar o puede fallar, y disuadir al lector de continuar la lectura, mientras que el lector de una novela leerá una historia hasta el final, en ese sentido, ambos géneros tienen ventajas y exigencias. Juan Villoro habla de ambos géneros como «remedios para distintas enfermedades», a mí me pasa algo así.

 

¿Pesa esa fama de ser uno de los 'mejores' escritores jóvenes latinoamericanos?

No hay fama en literatura, lo que hay es prestigio, que no me pesa. Los escritores tenemos responsabilidades, por supuesto, qué duda cabe, pero son responsabilidades menores que las que tiene, digamos, quien cría a un niño. Pero no sería justo por mi parte quejarme.

 

¿Le gusta el prestigio?

Me gusta lo que tiene que ver con la conformación de comunidades. Creo que este es un momento histórico en el cual necesitamos aproximarnos los unos a los otros, para tratar de comprender las razones del otro, algo que parece tan difícil ahora. De manera que si la reputación sirve para ese objetivo pues me gusta.

«Yo puedo aceptarlo todo viniendo de la voluntad soberana de un país excepto la resignación, en ese sentido, me quedé francamente preocupado cuando fui a Argentina»

¿Cómo puede servir el prestigio literario en la formación de comunidades?

El prestigio literario sirve a que más lectores se acerquen a los libros de uno y que pretendan participar en una conversación. En el momento en que un puñado de lectores lee un libro, participa, al menos idealmente, de una comunidad de la que forma parte el autor. Es una comunidad de las más interesantes: no está fijada en ningún territorio, se forma una especie de república imaginaria en la que estamos teniendo conversaciones los lectores y yo acerca de determinados temas y es posible que la reputación sirva a esos fines.

 

Usted admiraba a Ricardo Piglia, ¿cómo fue su relación con él? ¿es uno de sus referentes en literatura?

Sí, por supuesto, lo leí desde mis comienzos como lector. Es una figura completamente clave en la literatura argentina contemporánea, pero no fue sino hasta muchos años después que tuve la oportunidad de conocerlo porque mi familia no vive en Buenos Aires de manera que yo no podía asistir a sus clases. Lo conocí aquí en Madrid en la semana de autor que Casa de América le dedicó hace algunos años (en 2008). Fue un descubrimiento por mi parte haber encontrado a un autor que era capaz de participar de diálogos con jóvenes autores a los que podría habernos despreciado por nuestra falta de recorrido y de conocimientos. Su generosidad intelectual, su prestancia, su inteligencia, fueron, para mí, una ratificación de todo lo que había leído en sus libros y saberlo lector de mis libros fue un gran honor.

 

A veces se habla en la literatura de la necesidad de matar al padre a pesar de lo cual yo nunca me he sentido muy afín a esa práctica, por el contrario, siempre he deseado larga vida a mis padres literarios, sólo puedo decir que lamento mucho que la muerte de Piglia nos haya privado de una obra más extensa.    

 

En una entrevista dijo que las lecturas equivocadas, dicho entre comillas, son las más productivas. ¿Qué lecturas equivocadas y muy productivas ha hecho usted? y ¿qué quiere decir eso de lecturas equivocadas?

Esa es la gran pregunta. Creo que casi toda lectura está equivocada, entre comillas, en la medida en que no se corresponde con las intenciones de un autor. A veces, creemos que hay una lectura correcta que es una lectura que se basa en la comprensión de aquello que el autor quería decir. A esto se le denomina técnicamente falacia intencional, porque da cuenta del hecho de que no necesariamente lo que el autor quiso hacer es lo que el texto es, esta es una lectura equivocada que se considera, de forma general, una lectura correcta.

 

Me interesan más las lecturas que se desplazan, que toman textos y los mezclan, que emborronan el sentido para producir un sentido nuevo. Pienso, por ejemplo, en una de mis lecturas infantiles más importantes que fue La vuelta al mundo en 80 días que yo leí en el contexto de la dictadura argentina y de la claustrofobia que ésta produjo en mi familia. Yo leí ese libro como una especie de testimonio real acerca de la posibilidad de que había otros lugares a los que ir, esa lectura realista de lo que era una fantasía de Julio Verne supone un ejemplo de mala lectura, digamos, pero que resultó muy productiva.   

«Me parece menos peligroso generar una identidad iberoamericana que reivindicar una identidad nacional»

La problemática que preside la cultura argentina de los últimos 40 años podríamos resumirla en Memoria, Verdad y Justicia. ¿Cuál es la relación que guarda con su país?

No tengo una relación hostil con mi país, por el contrario, admito el hecho de que haber nacido en Argentina y de haber vivido allí durante muchos años fue muy constitutivo. En breve cumpliré más tiempo de haber vivido fuera de Argentina que el que viví allí, al margen de lo cual yo tengo la impresión de que lo más importante, para mí, de Argentina, a excepción de los afectos, lo llevo conmigo. Los libros, la música, el arte argentino, los tengo conmigo de manera que no me siento en absoluto enajenado o alejado ni nostálgico del país. Sigo con mucha atención y pesadumbre la política argentina, sobre todo, al ver el retroceso que está presenciando en materia de derechos humanos.

 

El mes pasado estuve en Argentina y me quedé seriamente preocupado por el profundo retroceso que se percibe y, sobre todo, por la resignación de las personas. Yo puedo posiblemente aceptarlo todo viniendo de la voluntad soberana de un país excepto la resignación, en ese sentido, me quedé francamente preocupado. También me quedé pensando que los condicionantes que afectan a la política argentina actual requieren no bajar los brazos sino agudizar el ingenio para nuevas soluciones, pero no estoy capacitado para decir qué hay que hacer. Esa especie de escritor pontífice que desde su escritorio en Madrid dice qué votar o qué hacer no me interesa.  

 

En alguna entrevista usted manifestaba que el juego de las identidades es peligroso. ¿Le parecería peligroso que se fomente la identidad iberoamericana o latinoamericana a través de, digamos, la literatura?

Las identidades son peligrosas, desde luego. También creo que es complicado exigirle a la literatura la representatividad de un país o de una región, mucho más de una región de la complejidad de Latinoamérica. Yo sospecho y desconfío mucho de aquellas prácticas editoriales o promocionales que consisten en decir 'la novela que explica a Argentina', por ejemplo, esto responde más a intereses económicos. Por mi parte, por el hecho de haber vivido en varios países europeos me siento profundamente europeo, y me parece que la identidad europea, ya que es inevitable darnos una organización política y territorial, es la menos dañina de todas las identidades posibles. En ese sentido, es posible que fuese valioso o útil concebir los textos como textos que participan de una identidad iberoamericana más que de las identidades nacionales respectivas. Yo mismo me considero ciudadano de un territorio muy amplio en el que se habla y en el que se escribe en español y ahí caben escritores argentinos, colombianos, peruanos etc... Me parece menos peligroso generar una identidad iberoamericana que reivindicar una identidad nacional.

«Debido a una vocación o excentricidad personal, a mí, francamente, me hace más gracia Joyce que Cervantes»

Me sorprende que defienda a Europa cuando es un escenario en el que los países miembros están replegando su identidad en contra de un proyecto en común, le hablo del Brexit o de los partidos xenófobos y de ultraderecha, por ejemplo.

Es un momento muy singular para Europa. Ahora bien, de momento, no hemos encontrado ninguna alternativa a este proyecto que tiene, obviamente, sus dificultades, sino a través del resurgimiento de los nacionalismos que es algo más dañino y peligroso. El proyecto europeo es muy mejorable pero, por lo menos, supone la inclusión del otro y ha supuesto el mayor periodo de paz de toda la historia de Europa.

 

En alguna entrevista dijo que el libro que ha dejado pendiente es el Quijote y el que relee es Ulises de Joyce. Me choca particularmente de un escritor latinoamericano que está a favor de construir una identidad en torno al castellano, en torno a lo iberoamericano.

Quizás en nombre de esa identidad iberoamericana habría que llamar al Quijote como uno de los textos que la fundan al tiempo que como un texto que no excluye a otros textos fundamentales. Cada lector escoge su propia tradición, la tradición que reflejan los cuentos de Lo que está y no se usa nos fulminará es una muy diversa. No conozco a un sólo lector que sólo lea la literatura de su país o la literatura de su lengua, tenemos en español magníficos traductores que nos han aproximado a grandes textos y, posiblemente, debido a una vocación o excentricidad personal, a mí, francamente, me hace más gracia Joyce que Cervantes, lo cual no tiene ningún carácter prescriptivo. Las objeciones que pueda poner al Quijote son las que podría poner cualquier lector contemporáneo: es un libro escrito en el siglo XVI, yo no soy un buen lector de literatura medieval o renacentista, por lo tanto, no soy el lector ideal para el Quijote, esta no es una objeción a la calidad de Cervantes pero, francamente, he disfrutado más de otros textos suyos como El coloquio de los perros.

 

Una de las cosas que a mí me interesan y que se ponen de manifiesto en este libro de relatos es que la literatura es un territorio que no ha sido cartografiado por completo, los relatos pueden ser formularios, listas, canciones, y lo mismo puede pasarnos en la literatura: podemos pasar de Borges a Verne o de Joyce a Cervantes, el único condicionante para mí es el placer del lector.  

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

22 de enero de 2018


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