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Todas, violencia machista

CRÍMENES CONTRA LAS MUJERES

'Todas', crónicas de la violencia machista

Un libro visibiliza las múltiples formas de la agresión por género a través de desgarradores testimonios de quienes, por desgracia, las protagonizaron

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

«¿Os imagináis quiénes eran mis clientes? Pues policías, concejales, empresarios, agricultores..., gente normal». Después de 15 años de liberarse de la trata de personas, a Erin se le sigue quebrando la voz cuando habla en público porque explica que, a pesar de ser una superviviente, una esclava sexual nunca llega a curarse del todo. Llegó a España desde Rumanía, su país natal. Allí conoció a un Loverboy, como se conoce a quienes captan chicas. Mintiéndole, enamorándole y prometiéndole una vida mejor en España, se encontró atrapada en una red de prostitución.

 

Lesvy fue hallada muerta la mañana del miércoles 3 de mayo de 2017 en una cabina telefónica frente a la Facultad de Química, en el corazón de Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México, la universidad más importante del país y una de las más importantes de la región latinoamericana. La universidad se apresuró a limpiar su imagen institucional señalando que ella «ya no estudiaba desde 2014, dejó sus y debía materias. El día de los hechos, Lesvy y su pareja (Jorge), se reunieron con varios amigos en Ciudad Universitaria, donde estuvieron alcoholizándose y drogándose». La sentencia de la institución educativa era clara: Lesvy era una chica problemática, había que sospechar que ella se lo había buscado, no se trataba de ningún homicidio, así, la hipótesis de la policía sobre un suicidio cobraba sentido... se culpabilizó a la víctima en lugar de sospechar del victimario.  

 

Ante este hecho, las mujeres, las feministas mexicanas, reaccionaron en las redes sociales. «#SiMeMatan dirán que era una puta, una desubicada, que me gustaba viajar sola, que mejor me hubiera quedado en casa...», eran los mensajes en las redes.  

 

La policía consideró que Jorge, el novio de Lesvy, estaba muy borracho como para hacer una declaración de los hechos. Le dijeron que fuera a su casa a «descansar» y que ya si eso al día siguiente declarara. Si se hubiera investigado el caso realmente bajo una perspectiva de género, Jorge habría sido investigado a partir de ese momento.

 

Pero todo fue a peor, las pruebas policiales que sostenían la hipótesis de un suicidio se basaban en una cuerda que apareció meses después de que empezara la investigación. También se tuvieron en cuenta fotos desenfocadas del cuerpo que no permitieron ver las verdaderas heridas que sufrió la joven. Incluso había un vídeo en el que se ve a Lesvy discutir con Jorge, pero misteriosamente el vídeo se corta y no deja ver el terrible final de la discusión, la muerte de la joven.  

 

Pilar del Álamo tiene 59 años y durante casi tres décadas compartió hogar y cama con un hombre que la destrozó físicamente y psicológicamente, que la violaba sistemáticamente, que la recluía en su vivienda durante semanas. Un hombre que dependía de ella económicamente y que cada vez que huía, la encontraba en el rincón del Estado español en el que se hubiese escondido con sus hijos.

 

«Los golpes se pasan, los moretones se curan, las puñaladas se cosen y se cierran. Lo peor es el dolor psicológico, este miedo que no consigo quitarme, miedo a estar cerca de hombres y este insomnio que es el miedo a dormir, porque de noche es cuando (las maltratadas) estamos más indefensas. Aún hoy, ocho años después de que muriese (su maltratador), no puedo dormir boca arriba porque sigo temiendo, presintiendo la llegada del ataque».

 

Pilar se casó a los 16 años, «era la única manera de ser libre y emanciparme siendo mujer bajo el régimen de Franco». Así que su calvario empezó cuando era adolescente. Su marido la alejó de los amigos y de su familia, la dejó sola, luego llegó una bofetada, después un golpe, la violencia sexual...Y se sumaron los ruegos, los perdones, la manipulación y las infinitas oportunidades que le dio a quien destrozó su vida y la de sus hijos.

 

«Los políticos hablan mucho del Pacto de Estado. Que me digan para qué sirve si tenemos la Ley contra la violencia de género de 2004 y no se cumple», asegura Pilar con impotencia.

 

El común de estas mujeres es su valentía. El hecho de haber vivido el infierno del maltrato para, ahora, ofrecer su testimonio con el objetivo de detener la lacra que significa el machismo y la violencia que ejerce. Son historias, dolorosamente, verdaderas que reúne el libro Todas, editado por Libros.com con la colaboración de la Obra Social La Caixa.

 

Son relatos de mujeres que nunca aparecerán en los libros de historia, mujeres anónimas, invisibles, que han sufrido en sus propias carnes violaciones, abusos, explotación sexual, trata, lesiones físicas o psicológicas.

«¿Os imagináis quiénes eran mis clientes? Pues policías, concejales, empresarios, agricultores..., gente normal». Después de 15 años de liberarse de la trata de personas, a Erin se le sigue quebrando la voz cuando habla en público

La desigualdad, la raíz de la violencia

El problema en común de estas mujeres es la indefensión a la que se han visto abocadas. Ya sea por falta de recursos o porque el sistema judicial no las protege, la causa de la violencia hacia las mujeres proviene de una desigualdad estructural. Según el Informe Global de la Brecha de Género de 2016 emitido por el Foro Económico Mundial, nos llevará algo más de 170 años cerrarla.

 

Algunos ejemplos recientes son la «licencia marital» que se necesitaba en España y que estipulaba que una mujer era sometida a la potestad marital. Fue derogada en 1975 en un país que legalizó el divorcio hasta 1981. En España, también existieron figuras penales como el uxoricidio honoris causa, que suponía la exención o atenuación de la pena para el marido que matase a la esposa sorprendida en adulterio, eliminado en 1963.

 

Los testimonios de Todas son más recientes, pero siguen apuntando al mismo problema: el machismo socialmente aceptado.

 

En el libro, Helena Maleno dibuja el funcionamiento de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual; Lydiette Carrión habla de los asesinatos de mujeres víctimas de violencia de género y los defectos de la maquinaria administrativa y judicial de países como México; Patricia Simón visibiliza cómo la violencia de género carece de un perfil único y adquiere tintes pandémicos que no discrimina por edad, formación, cultura, posición social y, por último, Mónica G. Prieto visibiliza la explotación laboral que viven las empleadas domésticas en Oriente Próximo y la esclavitud laboral a la que se someten a los inmigrantes cuyo única culpa es ser pobres.

 

Glòria Poyatos: «La cara más atroz de la violencia de género se sostiene sobre una mullida base de microviolencias»

Glòria Poyatos, Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de de la Asociación de Mujeres Juezas de España, ha escrito el prólogo del libro. Para ella, desde la Biblia, incluso antes, las mujeres han sido excluidas y vistas con sospecha en una sociedad que las vulnera de múltiples formas: «La cara más atroz de la violencia de género se sostiene sobre una mullida base de microviolencias cómodamente instaladas, normalizadas, y hasta promocionadas desde todas las formas pensables de influencia social, en una sociedad «bipolar», que sólo se escandaliza con cada asesinato machista», comenta Poyatos a El PortalVoz.

 

«En las democracias del siglo XXI vivimos en la cultura de la igualdad simulada, porque a pesar de haber conquistado la igualdad jurídica,  siguen existiendo desigualdades reales en todos los ámbitos sociales. Por ejemplo, la brecha de género salarial global es actualmente 23% según la OIT y nos llevará 170 años cerrarla. Las mujeres son propietarias de menos del 2% de las tierras del mundo, a pesar de que 1/3 del total mundial de las economías campesinas son sostenidas por ellas. Ello también es violencia de género», asegura Poyatos.

 

«La igualdad llegará cuando los hombres encuentren a las mujeres por todas partes y no solo allí donde vayan a buscarlas» , esta es una frase muy descriptiva dicha en otro siglo por Clara Campoamor, que refleja muy  bien el concepto de igualdad (real) que no hemos conquistado todavía en este siglo».

 

El patrón de desequilibrio se reproduce en el Tribunal Constitucional en el que a lo largo de su historia  de 64 integrantes sólo 6 han sido mujeres (actualmente 2 de 12). Ello es una  grave anomalía democrática que redunda en la calidad de la justicia porque no representa la mirada completa de una sociedad compuesta por hombres y mujeres.

«Los golpes se pasan, los moretones se curan, las puñaladas se cosen y se cierran. Lo peor es el dolor psicológico, este miedo que no consigo quitarme, miedo a estar cerca de hombres»

Patricia Simón: «En lugar de hacer Pactos de Estado contra la Violencia Machista habría que empezar haciendo Pactos de Estado contra el machismo»

En su texto habla de Pilar del Álamo, una mujer de 59 años que durante tres décadas sufrió violencia por parte de su pareja. Después de escucharla, ¿en dónde cree que ha fallado la sociedad española?

No es sólo la sociedad española, todas las sociedades están estructuradas desde el patriarcado y el machismo. Y es contra eso contra lo que nuestros representantes políticos tienen que actuar, no contra sus manifestaciones, que son las que recogemos en el libro: violencia machista, explotación sexual, laboral, discriminación, feminicidios… En lugar de hacer Pactos de Estado contra la Violencia Machista habría que empezar haciendo Pactos de Estado contra el machismo, porque si no nos estaremos quedando en los síntomas en lugar de combatir la enfermedad.

 

Por otra parte, como bien explica Miguel Lorente, sigue vigente el mito de la mujer perversa, a lo que se suma el perfil de la víctima ideal. Es decir, las mujeres siempre somos sospechosas de ser malignas y tenemos que demostrar mil veces más nuestra inocencia, incluso cuando estamos denunciando ser las víctimas de un delito que -se sabe- es estructural: unas 600.000 mujeres sufren violencia machista en nuestro país y sólo son condenados un 5% de los maltratadores según datos de la Fiscalía. Y aún así vemos continuamente cómo somos nosotras las que tenemos que demostrar que somos inocentes y no cómplices de la violencia.

 

¿Cuál es su opinión de la Ley contra la violencia de género de 2004 de España?

Fue un avance histórico, no sólo porque, por primera vez, se ponía en el centro del debate público como tema prioritario, sino, también, por todas las medidas y presupuesto que le fue asignado. El problema es que, en lugar de seguir avanzando, los sucesivos gobiernos la han vaciado de recursos y presupuesto. Han pasado 13 años desde aquella ley, hoy sabemos mucho más sobre qué se puede hacer para combatirla. Pero la reacción del machismo ha sido tan virulenta y tan apoyada por medios de comunicación, por el Partido Popular y por grandes lobbies económicos y sociales eminentemente machistas, que estamos peor que en 2004.

 

¿Por qué los menores hijos de parejas en las que hay violencia están aún desprotegidos por la ley española?

Porque se sigue pensando que un padre maltratador puede ser un buen padre. Y eso es lo que impregna toda la legislación y las sentencias judiciales que siguen permitiendo que maltratadores condenados mantengan contacto con sus hijos e hijas. Pero hay que tener en cuenta que tenemos una judicatura muy conservadora, en la que los jueces y juezas progresistas y comprometidos con los derechos humanos siguen siendo una minoría y en la que declararse feminista sigue siendo algo estrambótico y excéntrico. Es fundamental desarrollar una cultura de los derechos humanos feminista para que este tipo de sentencias y desprotecciones legales no sean admitidas socialmente.

«Los políticos hablan mucho del Pacto de Estado. Que me digan para qué sirve si tenemos la Ley contra la violencia de género de 2004 y no se cumple», asegura Pilar con impotencia

Mónica Prieto: «Mujeres pobres y del tercer mundo, una de las peores combinaciones existentes»

Beirut, marzo de 2017. En el borroso vídeo captado por un teléfono móvil, con pulso tembloroso, apenas una sombra de la joven se intuye tras la ventana abierta del cuarto piso de un anónimo bloque de viviendas. «¡No, por favor!, Ve dentro», gritan quienes la ven desde abajo, pero la joven que cuelga de la barandilla se suelta y abre sus piernas para dejarse caer, su cuerpo vuela como un peso muerto.

 

Mónica G. Prieto escribe: «Los suicidios, última forma de rebelión a la inhumana cadena de abusos que rodea las vidas de las empleadas domésticas en Oriente Próximo, tienen la magnitud de una pandemia en Líbano».

 

En 2008, Human Rights Watch denunciaba que una trabajadora extranjera se suicidaba cada semana en el Líbano, un país de apenas 4 millones de habitantes donde conviven 18 sectas religiosas envenenadas por rencores históricos pero con algo en común: la afición por la servidumbre doméstica. Chíies y suníes, drusos y cristianos, izquierdas y derechas se sirven de la necesidad de las mujeres de África y Asia para esclavizarlas, en lo que constituye una forma de ostentación.

 

«Nos tratan como a perros», denunciaba Mesay, una joven etíope. «No exageres, a los perros los tratan mejor», apostillaba Nesir. Es así. En uno de los pasajes del texto de Prieto cuenta cómo una chica fue golpeada por su jefa cuando ésta la encontró comiendo las sobras de la comida que le correspondían a los perros de la casa. A la chica, como mucho, le correspondía una escasa ración de pan.

 

Prieto escribe: «conocí a Samrawit, de 16 años, un espectro de niña/mujer. Como había hecho casi una década atrás la propia Nesir, Samrawit había falseado su pasaporte para viajar al Líbano como mayor de edad y, así, poder enviar dinero a su familia en Etiopía. Pero no contaba con que sería empleada en una casa de agresores sexuales. Fue violada repetidamente por su empleador y el hijo de éste».

 

Fue encontrada por una mujer que trata de ayudar a quienes huyen de esta forma de esclavitud: «La encontré anoche deambulando sola por las calles, había huido de la casa y no sabía dónde ir. La recogí temerosa de que fuera detenida por la policía, y me la llevé a uno de los pisos francos, pero allí no hay sitio ni condiciones para cuidarla. Me ha contado que tuvo durante días una hemorragia vaginal, pero no la puedo llevar al hospital, porque no la aceptarían».

 

En el texto de Prieto también hablan las esclavas de la moda, esa otra cara de la ropa que se compra en las grandes ciudades.

 

En Camboya, Bangladesh, China, India o Vietnam, el sector con más esclavas es la moda. Las prendas ya sean de bajo coste o de cotizadas marcas, son confeccionadas con sudor y trabajo a cambio de un sueldo irrisorio.

 

Es la bofetada que implica la alta costura; cualquiera de los pantalones que se venden en Occidente cuestan más que el salario mensual de las mujeres que destinan entre 12 y 14 horas diarias a coser, coser y coser...

 

El derrumbamiento del Rana Plaza, un edificio de ocho plantas que se vino abajo en Dhaka (Bangladesh) en 2013, fue sólo la tragedia más visible de una cadena de desastres evitables confeccionados por la desmedida y ambición de los empresarios. Aquel trágico día se documentaron 1.100 muertes y 2.500 heridos empleados de cinco empresas entre ellas Primark. Apenas recibían 50 euros mensuales por jornadas maratonianas.

 

¿Por qué no se ha atendido a esta urgencia humana?

Mónica G. Prieto: En mi opinión, porque afecta a mujeres y a mujeres pobres y del tercer mundo, una de las peores combinaciones existentes. El Líbano, como otros países en vías de desarrollo donde he vivido, es un país marcadamente racista y sus ciudadanos tienden a buscar nacionalidades en las que proyectar el rencor que les produce verse discriminados por los occidentales. Encuentran ese espejo en ciudadanos africanos y asiáticos, quienes padecen una flagrante discriminación basada en la economía más que en la raza (un norteamericano negro o una africana esposa de embajador o empleada de Naciones Unidas no padece la misma discriminación que las empleadas de hogar) y, por eso, son contadas las personas que salen en su defensa o que se escandalizan por las condiciones de esclavitud en las que se encuentran.

 

Las mujeres que se contratan en el Líbano como asistentas domésticas no son consideradas personas sino cosificadas, son objeto de propiedad, por eso ni la Policía ni las instituciones se preocupan en investigar suicidios o agresiones.

 

De los casos que cuenta, ¿qué humillaciones le chocaron particularmente?

Muchos, muchísimos. Mujeres (seguramente menores de edad) violadas por sus patrones y obligadas a abortar por las señoras de la casa, agresoras que queman, golpean o empujan por una ventana a su empleada en respuesta a sus propias frustraciones, mujeres que dejaban morir de inanición a sus empleadas… Conocí a una mujer que fue golpeada y apuñalada por la 'señora' para la que trabajaba: quedó inconsciente y fue dada por  muerta, así que metieron su cuerpo en una nevera industrial desconectada. Fue enterrada en vida, de alguna forma. Cuando despertó, consiguió huir. La impunidad era tal que una de las jóvenes a quienes conocía fue atropellada un día por una libanesa a bordo de un todo terreno. Resultó herida, y el golpe rompió la luna delantera del vehículo: airada, la conductora salió a enfrentarse con su víctima y a exigirle que le pagase la reparación de los daños del coche: hubo que intervenir para evitar que la llevase ante la policía.

Contacto de El PortalVoz: vivian.murcia@programateib.org

 

 

9 de enero de 2018


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