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Luis Ospina, cineasta colombiano

CINE IBEROAMERICANO

Luis Ospina: «La televisión actual sólo existe para difundir publicidad»

Charla con el cineasta colombiano quien ha sido reconocido por su trayectoria en el Festival Márgenes en España

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Todo trabajo autobiográfico tiene un sentimiento nostálgico, es inevitable. El recorrido de una vida, el ejercicio de pensar lo que fue esa vida se convierte en una especie de 'último juicio' que alguien se hace a sí mismo. También puede ser un ejercicio de gozo y, en el mejor de los casos, la nostalgia y los buenos tiempos se unen al recuerdo. Al reconocido cineasta, sobre todo documentalista, colombiano, Luis Ospina (Cali, Colombia, 1949), le llegó el momento de hacer la remembranza de lo que fue su vida a través -cómo no- de una película. Se titula Todo comenzó por el fin y, como un ejercicio autobiográfico, Ospina lleva al espectador a revivir la década de los setenta en Cali, su ciudad natal, antes de que la guerra del Cartel de Cali desatara una estrepitosa violencia -enfrentado al Cartel de Medellín-, una ciudad calurosa y subdesarrollada en la que se gestó uno de los grupos culturales más importantes de la cinematografía latinoamericana: el denominado Caliwood o Grupo de Cali.

 

Se trataba de un conglomerado de artistas de todo tipo y entre los que sobresalían, especialmente, Andrés Caicedo, el escritor de Que viva la música, uno de los hitos de la narrativa latinoamericana; el cineasta Carlos Mayolo y Luis Ospina, éste último es el único sobreviviente del grupo: Caicedo se suicidó cuando tenía 25 años y Mayolo murió hace 10 años.

 

¿Por qué Todo comenzó por el fin? «Porque casi me muero de un cáncer», comenta Ospina en una librería de Madrid en la que me recibe y me habla bajo, con tono desenfadado, pero del que se le escapa un hilo melancólico: «la vida es una batalla, todos vivimos con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas», pero mientras nos llega la muerte, tenemos el cine, el buen cine que, por ejemplo, ha hecho Ospina por más de 40 años en un país que poco suena por su dotes artísticas y mucho por las consecuencias de su violencia.   

   

¿Qué ha quedado del Grupo de Cali (o Caliwood) en el que participó junto a Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, Ramiro Arbeláez y otros artistas caleños?

Justamente, en Todo comenzó por el fin, trato de reunir a los sobrevivientes de este grupo, también conocido como Caliwood. Los grandes ausentes, físicamente, son Andrés Caicedo y Carlos Mayolo. Los tres fuimos la triada fundacional de este grupo, pero alrededor de nosotros, desde luego, había todo un equipo, como siempre lo hay en el cine. Yo hice una cena en mi casa como pretexto para reunir a los sobrevivientes del Grupo de Cali. La película iba a ser, simplemente, sobre esos años setenta y ochenta, pero el primer día del rodaje caí gravemente enfermo y esto hizo que cambiara toda la película. Como dice Ortega y Gasset «el hombre es él y sus circunstancias», mi circunstancia, en ese momento, fue que estaba muy enfermo de cáncer, eso hizo que la película se volviera más autobiográfica y que, también, se volviera una especie de historia clínica de lo que yo estaba viviendo durante esos cinco años que tardé haciéndola. En ese sentido, la cinta es, también, la historia de un sobreviviente.

 

¿Se recuperó de su enfermedad?

No del todo. El cáncer hizo metástasis y ahora estoy, otra vez, en quimioterapia. Cuando había terminado la película, creí que lo había superado, por eso, tiene una especie de final feliz. Pensé que había ganado la batalla, pero no, la batalla sigue. De todas maneras, la vida es una batalla, todos vivimos con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

 

¿Cómo explicar la gestación de un grupo como Caliwood en los años setenta en un país como Colombia?

Guardadas las proporciones, el Grupo de Cali o Caliwood, se asemejaba a grupos que hubo anteriormente en el cine, como, por ejemplo, la Nueva ola (Nouvelle vague) y la gente que giraba alrededor de la revista Cahiers du cinéma (Cuadernos de cine); el grupo formado por Truffaut, Godard, Rivette, etcétera. Nosotros fuimos parecidos a ellos en el sentido que fuimos críticos de cine, tuvimos un cine club, una revista de cine y nos volvimos realizadores. Con narrativas diferentes, desde luego.

 

¿Cuál fue la narrativa predominante en el Grupo de Cali o qué quería explorar en el cine?

En la Nueva ola hubo muchas tendencias, cada director cogió por su lado, mientras que quienes estuvimos en el Grupo de Cali, nos decantamos por temáticas más parecidas. Le dimos más importancia a las películas de horror. Yo filmé la primera película de vampiros que se hizo en Colombia, que es Pura sangre, Carlos Mayolo hizo Carne, de tu carne que es una película que combina el canibalismo y el vampirismo, todo esto que ahora se llama 'el gótico tropical', pero no sólo nos dedicamos a las ficciones sino que, también, hicimos documentales, yo soy, principalmente, documentalista. En los últimos 47 años he hecho 34 películas, la mayoría son documentales.

 

Culturalmente, ¿qué pasaba en Colombia en los setenta para que el Grupo de Cali fuera posible?

En los años setenta estaba comenzando el narcotráfico a dar sus primeros pasos o pases (risas) en Colombia y esa fue parte de la energía que hubo en los años setenta y ochenta. El consumo recreativo de las drogas, que ya venía de los años sesenta y que yo viví cuando estudié cine en California (Estados Unidos), aumentó en las siguientes décadas en Colombia. Las drogas fueron parte integral de la cultura, pero, también, hay que decir que, en esa época, Cali era una ciudad de provincia que tenía una vida cultural bastante activa en comparación con Bogotá, Medellín o Barranquilla. Fue muy importante la labor que desarrolló una persona como Fanny Mikey quien se inventó los festivales de teatro y de arte de Cali y Bogotá; en Cali también se llevaban a cabo las bienales de arte gráfico, había un movimiento de artistas muy importante.

 

¿Ha muerto esa vida cultural de Cali?

Creo que Cali es como Drácula, vuelve y surge, no muere. Por ejemplo, el cine ha tenido un renacer en Cali. Muchos de los grandes talentos, o de los jóvenes talentos que trabajan en cine ahora, provienen de Cali. Por ejemplo: Rubén Mendoza, que aunque no es caleño vive en Cali, trabajó conmigo en la edición de dos películas; César Acevedo que ha ganado la Cámara de Oro en Cannes con La tierra y la sombra; también está Óscar Ruiz Navia que hizo Los hongos y El vuelco del Cangrejo y Jorge Navas, por mencionar algunos.

 

El Grupo de Cali, tuvo una repercusión, sobre todo, en la Universidad del Valle, donde yo fui el primer profesor de cine. Durante estos años ha surgido un movimiento audiovisual caleño muy importante, no sólo en documental sino también en la ficción.   

 

 

Hay dos personajes colombianos muy destacados de los que usted ha hecho dos documentales. Andrés Caicedo y Fernando Vallejo. ¿Quién fue Andrés Caicedo para usted, además de su amigo?

Para mí fue muy importante haberlo conocido. Aunque sólo nos conocimos durante seis años, fueron muy intensos de nuestras vidas porque trabajamos juntos en el cineclub de Cali y en la revista Ojo al cine. Yo encontré en él un alma gemela, desde el punto de vista artístico. Cuando lo conocí supe que estaba ante un genio. A cuarenta años de su muerte, se ha comprobado que su literatura tiene una gran importancia, su obra se ha traducido a diferentes idiomas, Que viva la música es un libro que se ha leído de generación en generación no sólo en Colombia, sino en todo el mundo hispano. Andrés es, realmente, un mito.  

 

¿Quién es Fernando Vallejo para usted? y ¿qué representa en la cultura de Colombia hoy?

Aunque conocí tardíamente a Fernando Vallejo, poco antes de que escribiera La virgen de los sicarios, -recordemos que Vallejo empezó a escribir a los cuarenta años, es decir, tarde porque anteriormente había tratado de ser cineasta y logró hacer tres películas en México-, yo había leído su obra y era un seguidor de su escritura. Él se había exiliado en México hacía muchos años y no era una figura pública: nunca daba una entrevista, ni se conocían fotos de él, era un enigma. Pero desde que leí su primer libro Los días azules, vi que había una gran fuerza narrativa, una prosa perfecta, una rabia y una visión de nosotros como país (Colombia) y como raza totalmente crítica e insólita, además, de un sentido del humor irreverente. Para mí, leer a Fernando Vallejo se convirtió en un vicio y, cada vez, que publicaba un libro yo lo leía hasta que, finalmente, lo conocí, precisamente, en una fiesta de Fanny Mikey.

 

Como casi siempre, cuando leemos un libro nos hacemos una idea del escritor. Yo pensé: este señor debe ser un monstruo, debe ser un tipo inabordable, un ogro, pero lo vi recostado a una pared y me acerqué a hablarle. Lo que más me llamó la atención es que es un tipo muy afable, con una voz muy dulce, me gustó mucho ese contraste: la posibilidad de dos caras en una misma persona y, por eso, me interesó hacer un documental sobre él. A partir de entonces, surgió lo que es una gran amistad.

«El documental es más apropiado para la televisión, lo que pasa es que en ésta, a diferencia del cine, los contenidos son rellenos. La televisión sólo existe para difundir publicidad»

Víctor Gaviria parece ser el director colombiano más destacado hoy. Sobresale por su tono realista. Usted hizo un documental criticando lo que llamó «pornomiseria» en el cine. A Víctor Gaviria, a veces, se le critica por mostrar realidades sórdidas. ¿Qué opinión le merece el cine de Gaviria? ¿es el mejor cine que se hace, actualmente, en Colombia?

Víctor Gaviria es el cineasta más importante que ha tenido Colombia y no sólo lo digo yo sino que lo dice el hecho de que es el único cineasta colombiano que ha tenido dos películas en la competencia oficial de Cannes, que se supone que es el festival de cine más importante del mundo.

 

Conozco a Víctor Gaviria desde que comenzó su carrera porque él es un poco menor que yo, siempre he admirado su trabajo y no estoy de acuerdo cuando a su cine se le califica de pornomiseria o miserabilista. Él hace un cine profundo sobre temas sórdidos, pero con mucho respeto y con una adecuada forma de abordar el tema: adentrándose en esas vidas. Trata sobre vidas de gente real para crear esas ficciones que se pueden ver en películas como Rodrigo D. No Futuro o La vendedora de rosas. Gaviria es un gran cineasta, es una lástima que no haya hecho más obras pero se debe a que su cine no es fácil de hacer; son películas que hay que madurar durante mucho tiempo y trabajar con personas reales, no ha sido, por tanto, prolífico, pero su calidad es infinita.

 

¿Llegará el momento en que los colombianos empiecen a explorar en el audiovisual algo más allá que su propia violencia como tema central o, al menos, como eje fundamental?

Es que el sol no se puede tapar con un dedo. Nosotros durante muchos años fuimos el país más violento del mundo y eso se tiene que ver reflejado en las artes aun cuando se hable de la instauración de una paz que no es tal: hoy en Colombia puedes salir de la casa y en la esquina morir por una puñalada propinada por un ladrón de celulares (móviles). En Colombia siguen vigentes todo tipo de crímenes y seguirán vigentes si el problema del narcotráfico no se soluciona de raíz, esto es, nunca va a haber paz hasta que no se legalicen las drogas y estamos lejos de que eso vaya a pasar.

 

Pienso que las drogas no deberían ser prohibidas. Si alguien quiere tomarlas pues que las tome, la vida no es agradable para mucha gente y hay a quienes les ayuda a sobrevivir a este mundo que es bastante duro.

 

Lo cito a usted: «la televisión debe ser para los documentales y la ficción para los cines, siempre que veo una ficción en televisión me siento viendo una telenovela». ¿Qué tiene de malo la cultura más popular que, inevitablemente, se consume a través de las telenovelas?

En estos 40 años de carrera nunca hice ficción para televisión porque la televisión me parece una telenovela. Ahora se habla de estas series como Narcos y similares que, para mí, son telenovelas. Las critico porque tienen un lenguaje que no es similar al cinematográfico, presentan una manera muy superficial de aproximarse a la realidad.

 

Prefiero el cine a perder el tiempo viendo telenovelas, o a estar pendiente de un próximo capítulo de una serie. Sin embargo, debo decir, que el cine contemporáneo está tan mal y, sobre todo, el cine de Hollywood, que grandes directores se han tenido que ir hacia la televisión a hacer estas series.

 

Yo pienso que el documental es más apropiado para la televisión, lo que pasa es que en ésta, a diferencia del cine, los contenidos son rellenos. La televisión actual sólo existe para difundir publicidad. Lo más importante de la televisión son los anuncios, los comerciales. Los contenidos pueden ser cualquier cosa, así, la función primordial de la televisión es lucrarse con la publicidad. Esto condiciona mucho el contenido y, también, el lenguaje de las narrativas.

 

La televisión hubiera podido ser el mejor invento del mundo si no hubiera dependido de la publicidad. Incluso cineastas tan importantes como Roberto Rossellini declararon que el cine estaba muerto y que la televisión lo podía reemplazar, no ha sido así porque la televisión se dedicó al consumo.

 

¿Qué piensa de las series de televisión norteamericanas que tratan sobre Pablo Escobar y el narcotráfico de los años ochenta?

La verdad es que no he visto ni un capítulo de Narcos. Prefiero ver un telediario antes que esa ficción. La única serie que he visto es Twin Peaks, pero la original -de David Lynch-, he visto algún capítulo de Los Soprano y Six feet under que pueden ser buenas series, pero no me he enganchado, ni lo haré, a cosas como Guerra de Tronos y todo ese opio del pueblo.

 

Desde 2007 es Director Artístico del Festival Internacional de Cine de Cali FICCALI. ¿Cómo anda Colombia en circuitos de cine?

Aún en festivales de cine alternativos, el 92% de las pantallas está tomado por el cine de Hollywood. El margen que hay para el cine colombiano es mínimo. Esto empeora si se tiene en cuenta que en Colombia el cine está en manos de dos empresas que, a su vez, son dueñas, de la televisión: Caracol Televisión y RCN.

 

La consecuencia directa es que las narrativas que estas empresas hacen para televisión las repiten en el cine, el caso de las comedias es notorio. El público está muy maleducado porque consume estas narrativas sumadas a las del Hollywood actual que en nada se parece al cine que yo admiraba de los años cincuenta y sesenta.

 

La decadencia del cine de Hollywood vino con una serie de grandes producciones que eliminan la posibilidad de que haya un autor. Son estas películas de ahora pueden ser dirigidas por cualquier persona, de hecho, las series de televisión que uno ve que son famosas se dividen en capítulos que son dirigidos por varios directores en una especie de escritura cero que no tiene ninguna personalidad.

«La Ley de Cine de Colombia ha logrado que pasemos de ser un país que no producían ni un sólo largometraje al año a producir más de 40»

¿Cómo nutre el festival que dirige? ¿cuál es su propuesta frente a esta realidad?

Viajo mucho, mis películas viajan mucho, es probable que, de todo el cine colombiano, mis películas sean las más itinerantes en estos últimos treinta años. Me muevo en festivales desde el año 74 y voy viendo cosas para presentar en Colombia. Desde que comenzó el Festival de Cali, hace 9 años, hemos optado por mostrar lo que es invisible en Colombia, es decir, nos concentramos en el cine independiente de otros países, no mostramos grandes producciones ni de Hollywood ni de Europa.

 

¿Qué países le han sorprendido especialmente por su cine?  

Ha habido grandes movimientos cinematográficos en varios países. Por un lado, está el cine iraní que tuvo su máximo exponente en Abbás Kiarostamí, el cine coreano también tiene grandes cineastas, el nuevo cine argentino, el cine tailandés, en África ni hablar, la India produce más películas que Hollywood, sin embargo, estos cines también se imponen como cualquier moda.

 

En los circuitos de cine latinoamericano se habla muy bien de Colombia y su Ley de Cine, ¿para qué ha servido?

Para mucho. Antes de que existiera la Ley de Cine hubo 10 años en los que los gobiernos colombianos no pensaron en el audiovisual. La Ley de Cine ya lleva más de 15 o 20 años y, desde su creación, pasamos de ser un país que no producían ni un sólo largometraje al año a producir más de 40. La Ley de Cine ha hecho posible un dinero generado por el cine mismo, una autogestión. Y en esto quiero ser claro: el cine se sostiene de un porcentaje ganado en cada entrada, es decir, no le estamos quitando presupuesto público a la salud ni a la educación.

 

En cuanto a calidad, en el cine más es mejor. Se hacen películas malas, buenas y regulares, entre más se hagan mayor oportunidad de que algo sea bueno.

 

¿Qué es formar audiovisualmente? ¿Qué se debe potenciar? ¿Qué se debe desechar?

Que la gente haga lo que quiera, yo no soy nadie para decir qué es lo que debe hacer, pero el ideal es que la gente se eduque y esté abierta a otras posibilidades. Un gran paso sería que el público no dependiera de lo que se le da. Al espectador colombiano, por ejemplo, se le está metiendo el cine norteamericano por todos los medios posibles, es un cine que viene con un gran respaldo publicitario y una maquinaria tremenda que no tiene ningún otro cine en el mundo. Para luchar contra eso hay que educar a la gente.

 

En cuanto a los directores en formación, creo que no importan los temas, importan los tratamientos que se hagan de esos temas. Si quieren hacer un cine sobre la guerra pues que lo hagan, pero que lo hagan desde la honestidad, sin caer en lo fácil, en la pornomiseria.

Foto: Luis Ospina / Fotógrafo: Juan Cristóbal Cobo.

Contacto: vivian.murcia@programateib.org

 

 

28 de noviembre de 2017


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