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Samanta Schweblin

CONVERSACIONES IBEROAMERICANAS

Samanta Schweblin: «Un cuento empieza cuando un hecho sacude el mundo»

La escritora argentina habla sobre 'La respiración cavernaria', su más reciente libro publicado en Iberoamérica por la editorial Páginas de Espuma

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Samanta Schweblin (Buenos Aires, Argentina, 1978) intimida a quien la entreviste. Ella se sienta tranquila, sonriente y dispuesta a hablar, todo muy normal. Pero quienes la han leído saben que se trata de una escritora que se fija en cada detalle, cada gesto, cada movimiento, cada frase que salga del periodista será objeto de observación de una escritora que dibuja con igual detalle a los personajes de sus cuentos y novelas que suelen obsesionarse con cosas como teteras, llaves, cajas. Uno de los rasgos de su escritura es la inmensa capacidad para crear mundos y personajes que perturban al lector desde la primera página. Así pasa en su cuento La respiración cavernaria, publicado por la editorial Páginas de Espuma. Se trata de la historia de Lola, una anciana que espera con ansiedad la muerte. El Alzheimer y la pérdida de un hijo que recuerda en sus momentos de lucidez, hacen que viva con dolor y amargura sus últimos días que pasa empacando en cajas los restos de lo que fue su vida.

 

El cuento tiene el sello de Schweblin quien se caracteriza por escribir sobre episodios oscuros e inquietantes que irrumpen y dinamitan la cotidianidad porque, como lo dice la escritora, «no existe la normalidad en la buena literatura».      

 

¿Por qué ha decidido publicar La respiración cavernaria como libro si ya pertenecía al conjunto de cuentos publicados en Siete casas vacías?

Fue una decisión que tomé con Duna Rolando, la ilustradora del cuento. La verdad es que un día vi los cuadros de Duna y me enamoré, pensé «quiero hacer algo con esta mujer». Ella se entusiasmó, pero después me confesó que le daba miedo que yo le pasara un cuento que no le gustara., así que ella eligió. Me dio una alegría enorme que eligiera La respiración cavernaria porque es un cuento en el que trabajé muchísimo. Si bien siento que forma parte de la cosmología de Siete casas vacías, siempre me gustó pensarlo en singular. Me parece que es un cuento que prescinde completamente del resto del libro y que cumple con el concepto de fatalidad que implica hacer un cuento único.

 

La mujer tiene Alzheimer y se quiere morir. Lola prepara en varias cajas lo que ha sido su vida, dispuesta a que se las lleven, así como se irá ella misma. Me llama la atención que escriba sobre un tema sombrío, es un cuento duro y cruel.

Tiene cuestiones que son autobiográficas. En mi familia llevamos ya muchas generaciones en las que las mujeres se mueren con Alzheimer. Es un miedo que tengo implantado en mis genes. Desde pequeña, siendo muy niña, yo viví esas muertes antecedidas por las obsesiones de estas personas, lo perdidas que están, el dolor que implica tener Alzheimer, para mí es una enfermedad horrorosa y diferente porque lo que pierdes es tu cabeza.

 

Me acuerdo de entrar a la casa de mi abuela y encontrar en la puerta de la heladera un cartel escrito con su letra que decía «mi nombre es Sofía, esta es mi casa», sentí un impacto muy grande. Yo viví con esa angustia. Era algo que tenía muy presente.

 

¿Considera que tiene una mirada perturbadora como escritora?

A mí lo que me interesa es el extrañamiento, me parece lo más interesante que te puede dar la literatura. Una tetera o una manera de hacer las cosas se pueden volver instrumentos muy extraordinarios. Somos bichos sociales que desde muy pequeños nos dicen qué es normal qué no lo es, qué está bien y qué no, una serie de límites que en realidad son muy criticables, así, me parece que el extrañamiento, la distancia que se toma al ver lo común es una sensación de mucha libertad porque te das cuenta de qué tan presionado estabas por cosas que en realidad no tienen sentido.

 

 

¿La normalidad es algo que le molesta?

No existe una historia normal en la buena literatura. La buena literatura siempre implica que algo pasó y que eso que pasó asusta. Esto puede ser desde un monstruo que está tocando la puerta hasta una mujer que te pide el divorcio, es algo nuevo, algo que asusta, irrumpe y cambia algo que nosotros amamos tanto que es la vida como la conocemos.

 

La vejez es un tema presente en este cuento ¿le tiene miedo a envejecer?

No, pero hay miedo al dolor, mucho miedo al dolor. El dolor del arrepentimiento, el dolor de la infelicidad, el dolor de sentir que no se hizo todo lo que uno quería hacer, ese tipo de dolores me generan mucho miedo.

 

¿Cómo es el proceso de hacer un cuento. Primero parte de una imagen, de una vivencia, como el Alzheimer de su abuela, para luego hacer una historia o sabe lo que quiere contar y luego busca características que va a implementar a los personajes?

Es una mezcla. La segunda mujer de mi abuelo, que no era mi abuela, era una mujer que respiraba como Lola,  tenía un problema respiratorio (por eso La respiración cavernaria) y todo el tiempo silbaba para que no se notara lo mal que respiraba. Era espantoso escucharla caminar por el pasillo a media noche silbando. Ya tenía ese personaje en la cabeza y pensaba mucho en ella. A eso le sumé el Alzheimer de mis abuelas y una tercera cosa: tuve unos años en mi familia de muchísimas mudanzas, hubo que desarmar casas muy grandes tras la muerte de mis abuelos. Incluso, hubo que tirar cosas de gente muy apreciada a la basura porque no hay lugar para conservarlo todo. Eso me generó dolor. Además, me mudé, me fui de Argentina a Berlín, y los objetos y las cajas se volvieron un tema muy fuerte en mí.

 

Los objetos son muy importantes para usted, también en su escritura, en este caso, Lola está obsesionada con una llave que tiene el vecino, con las cajas, con la chocolatada...¿Le obsesionan las cosas?

Soy una persona que, quizá por las mudanzas que he sufrido, soy muy despojada. Tiro cosas y regalo otras todo el tiempo, pero tengo una relación de mucha fascinación con los objetos de los demás. Me parecen ultra-reflectivos de las personas que los tienen. Un amigo se llega a olvidar en mi casa una campera (una chaqueta) y yo me puedo morir de ternura porque veo su chaqueta ahí. Siento que cuando una persona deja un objeto esa persona no se ha ido de ese lugar.

 

En ese sentido, para usted debe ser muy difícil cuando alguien se muere.

Es particularmente doloroso. Mis dos abuelos maternos, que fueron mis dos grandes figuras afectivas y quienes formaron mi sensibilidad artística, eran artistas plásticos que generan habitaciones llenas de obra hecha a mano, y esas fueron las casas que hubo que vaciar. Era un nivel de dolor tan grande que todo esto, evidentemente, influenció en la escritura.

 


Curiosamente, aunque le obsesionen las cosas, su escritura es muy limpia, usa pocos adjetivos y es muy directa. ¿Cómo es su relación con el lenguaje?

Busco precisión porque me parece que la cabeza del lector no tiene que estar tratando de entender qué es lo que están diciendo las palabras en sí mismas sino en qué es lo que está diciendo el cuento. Para mí el recorrido por un cuento tiene que ser despejado, muy limpio. Pero, claro, yo tengo una relación con el lenguaje compleja. Creo que me dediqué a la literatura porque pensé que si no le dedicaba toda la vida al lenguaje no lo iba a poder dominar nunca. Había gente que a los ocho años ya lo manejaba, yo hoy todavía siento que el lenguaje sigue siendo un arma muy peligrosa, de doble filo, con la que, en cuanto me distraigo, puedo lastimar a alguien, puedo decir algo que no quería decir, me siento constantemente malentendida. Escribir me tranquiliza porque siento que es el único espacio en el que realmente controlo las palabras.

 

Es decir que su proceso de escritura no es placentero.

Claro, pero cuando termino hay un descanso al poder decir: esto lo dije como quería. Hay tensión al escribir, pero lo único que hay que hacer es trabajar hasta que el texto diga exactamente lo que quiero decir y, en ese momento, siento paz y serenidad.

 

En los cuentos, al ser cortos, debe generar una tensión máxima en pocas páginas ¿prefiere escribir cuentos a novelas?

La verdad me gusta más el cuento. Tiene una potencia a razón página-golpe muy especial. Las novelas me encantan, pero me parece que un cuento, con una cantidad de palabras tan limitada, tiene la capacidad de cambiar tu mirada del mundo y ese es un acto de magia absoluta. 

 

Ahora, el cuento lleva más tiempo de escritura y depuración del lenguaje que una novela. Distancia de rescate (novela) me llevó unos meses más de lo que me lleva un cuento. Si uno quiere ser un escritor prolífico los cuentos no son una buena decisión.

 


En una entrevista usted dijo «Donde no hay oscuridad hay un cuento que no empieza». ¿Se necesita un miedo, un dolor para escribir?

Es así. Un cuento empieza cuando un hecho sacude el mundo. La literatura para mí, incluso como lectora, es un espacio para probarse a uno mismo, para tratar de descubrir qué tanto te podría golpear algo, qué tanto te podría asustar. Cuando empiezas a leer y en las primeras hojas descubres que esa historia te va revelar algo, ahí están los mejores cuentos porque, en realidad, el cuento ya está manipulando cierta oscuridad tuya a la que tú sola no te puedes enfrentar.

 

Hablando de sucesos que sacuden vidas, en Argentina se ha vivido el hallazgo del cuerpo de Santiago Maldonado, -aparentemente víctima de una desaparición forzosa durante la represión de una protesta indígena Mapuche-, como un hecho oscuro que sacudió no sólo a las redes sociales sino a la gendarmería, presunta responsable.  ¿Qué opinión le merece el hecho?

Es muy difícil contestarte porque es un tema muy complejo y cada vez que se contesta en pocas palabras se hace mucho daño. Pero lo que sí puedo decir y, creo que sirve como reflexión aquí en España por el momento en que están pasando con Cataluña, es que tenemos que tener mucho cuidado por cómo nos informamos. Estamos informándonos encerrados en cajas de resonancia en la que se escuchan los propios ruidos que genera la gente que nos rodea y pensamos que todo el mundo piensa como nosotros y no es así.

 

Creo que los medios están demasiado cargados de connotaciones políticas y es muy difícil leer objetivamente lo que está ocurriendo. Una vez que uno empieza a tomar decisiones respecto a qué creer sobre lo que está leyendo convierte esas decisiones en irreversibles porque, lamentablemente, una vez que uno aprieta el botón de sí, las redes retroalimentan esa decisión y ya no se lee nada sobre el botón de no y viceversa. La información que empieza a llegarte es muy confusa y muy engañosa, eso es lo que puedo decir sobre el caso Maldonado.  

Contacto: vivian.murcia@programateib.org

 

 

31 de octubre de 2017


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