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José C. Vales

LITERATURA

José C. Vales: «escribimos para la gente, no para demostrar lo listos que somos»

Charla con el escritor de 'Celeste 65' una historia ambientada en el pop y que se ríe de la sociedad que impone complejos a quienes no cumplen con el rol de «triunfadores»

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Linton Blint es un hombre es un hombre apocado. Su esposa Laurine, su tía Mildred y, en general, todos los miembros de su familia, ven en él a un «falto de carácter». Blint termina creyéndoselo y convierte su vida en un asunto gris salvo por los insectos a los que estudia este entomólogo. Todo cambia cuando es obligado a huir de Inglaterra y llega a Niza en donde asiste al mundo pop y rebelde de los años 60. En la ciudad francesa, Blint le da un ritmo más vivo a su vida: se enamora y supera sus miedos. Estamos ante la presencia de un héroe de nuestro tiempo, un simple hombre que logra abrirse un espacio a pesar de la sociedad que lo juzgaba, a pesar del apocamiento que le impusieron.

 

Blint es el protagonista de Celeste 65 (Destino), la nueva novela de José C. Vales (Zamora, 1965). El escritor español se caracteriza por el uso del humor negro, aunque él dice «dudar» del color. Aún así asume que en su novela hace una burla «bastante blanca» porque se ríe, sobre todo, de los arrogantes y tiranos que abundan en la sociedad.

 

Vales -ganador del Premio Nadal 2015- es un escritor divertido. Su prosa ornamentada nunca es pesada, por el contrario, logra que el lector se envuelva en un mundo que parece, por momentos, disparatado y esto tiene un sentido: quitar las convenciones sociales y hacer que el mundo aparezca en su esencia risible y patética.

 

Recurre en Celeste 65 a un recurso que es muy suyo: la parodia social. ¿Se burla más de usted o de los demás?

Sí, algún observador ha dicho que mis novelas son parodia social. Pero yo no lo creo. Yo creo que narro situaciones y personajes muy normales; de hecho, la realidad sí que ofrece situaciones y personajes que son parodias increíbles. Si hubiera presentado a personajes como Donald Trump o Kim Jong-un, comprendería que la crítica hablara de novelas paródicas o chifladuras imposibles, pero no es así. El mundo, todos nosotros, somos extraordinariamente ridículos, pero mis burlas son bastante blancas. Soy un poco más duro con los vanidosos, los charlatanes, los arrogantes o los tiranos.

 

En el centro está un personaje con pocas habilidades sociales, creo que no es la primera vez que su protagonista carece de estas. ¿Tiene algo que ver con usted?

Claro: todos los personajes tienen algo de mí, incluso los paisajes y los escenarios tienen algo de mí. Al fin y al cabo, han pasado por mi cerebro y mis dedos antes de quedar plasmados en el papel. A Linton Blint le han dicho tantas veces que no sirve para nada que, al final, ha llegado a creerlo firmemente: esta es una situación casi cotidiana; las personas más tímidas o apocadas, tanto en el colegio como en la oficina, tienen que convivir constantemente con indeseables que desean convertirlos en nada.

«Es una situación casi cotidiana: las personas más tímidas o apocadas, tanto en el colegio como en la oficina, tienen que convivir constantemente con indeseables que desean convertirlos en nada» 

Alguien dijo que la mejor literatura cuenta historias para decir lo que no dice. ¿Qué es eso que tiene que decir con Celeste 65?

La literatura facilita un conocimiento intuitivo de aspectos de la existencia que, por su complejidad, no pueden expresarse sintéticamente, en un ensayo, por ejemplo. Celeste 65 no es una novela de tesis, de modo que no hay algo que quiera decir: propongo una historia en la que los personajes, entre otras cosas, se ven envueltos en una realidad que se entiende como caos inaprensible, pero también hablo del desarrollo de la cultura en los años sesenta, del miedo social, de engaños políticos, de soledad, de sexo, etcétera.

 

¿Cómo ha sido el proceso de imaginarse un personaje con cualidades muy definidas y con una trama que ronda, a veces el disparate? ¿Cómo logra que no se le desborde la novela en algo absolutamente increíble?

Bueno, yo no creo que sea una novela disparatada: conozco a gente tan hundida como Linton, tan maravillosa como Celeste o tan asquerosa como Tirpitz. Y se codean con gente muy real. Otra cosa es que, al expresarlo y plasmarlo en una narración, el mundo se revele para el lector como algo ridículo o disparatado. Pero yo no tengo la culpa de que, al retirar el velo de la convención, la imagen del mundo sea risible y patética.

 

¿Siente que hace comedia negra (por llamarla de alguna manera)? ¿Cómo huye de la risa fácil?

Desde luego, es comedia... tragicomedia, a veces. Respecto al color, tengo mis dudas. La risa y la sonrisa son siempre gestos bienvenidos: en mi caso, con Cervantes o Quevedo me río a carcajadas, y con otros autores me sonrío maliciosamente. Creo que el sentido del humor es un indicio de inteligencia, pero la finalidad de mis novelas no es excitar la risa, sino la inteligencia. Supongo que a eso apelan todos los escritores.

 

 

Francamente, no sé si usted quiere ofrecer algún tipo de reflexión con su literatura. ¿Lo hace?

No, por Dios. Las novelas que quieren «aportar reflexiones» son ladrillos pretenciosos e insufribles. Las novelas son novelas y tienen el alcance que tienen: no son ensayos, no son filosofía, no son historia, no son ciencia. No diré que son un género menor, de  todos modos. Cada lector cierra mis novelas con impresiones distintas y particulares: algunos sólo se han divertido, otros han entrevisto el drama, otros sospechan que hay algo más que no les he contado...

 

Cuando recibió el Premio Nadal con Cabaret Biarritz la prensa le adjudicó el calificativo de «autor sagaz» ¿Eso se convirtió en una especie de fórmula en su forma de escribir? ¿qué es eso de un autor sagaz?

No lo sé. No sé si la sagacidad es una característica literaria. No creo que sea especialmente astuto ni en las tramas ni en la organización de la novela; puede que me divierta darle un aire lúdico, pero eso son capítulos menores tanto en Celeste 65 como en Cabaret. Me interesa la precisión en el lenguaje, a veces con exuberancia barroca, y que el lector se asombre conmigo ante el mundo en que vivimos. Eso es muy horaciano: divertirse y aprender un poco, del mundo, de los demás y de uno mismo.

 

¿Un premio como el Nadal es una consagración? ¿Lo fue para usted y su carrera?

La idea de tener una «carrera literaria» es aterradora. Son fórmulas que me parecen antiguallas del siglo pasado. Y si pensara que el Premio Nadal me ha consagrado para algo, ni siquiera me lo merecería. El Premio Nadal fue un honor y siempre estaré agradecido al jurado y a la editorial, pero me he cuidado muy mucho de no caer en ese tipo de lenguaje que habla de «carrera literaria», «consagración», etcétera. Toda esa parafernalia de cultura apolillada, tan acartonada, me da urticaria.

 

Pregunta de rigor. ¿Quiénes son sus influencias (cine y literatura)?

Nadie cree que mis novelas tengan mucho de la literatura renacentista y barroca, pero tampoco voy a intentar convencer a nadie. Mis favoritos, aparte de los grandes de rigor (Cervantes, Quevedo, Lope y compañía), son los exégetas bíblicos, o San Isidoro o Pedro Mexía, entre otros. De la literatura en otras lenguas, naturalmente, Victor Hugo, Austen, Dickens, Trollope, Chesterton, Bennett... en fin, los clásicos. El cine y la música son muy importantes para mí: los lectores de Celeste 65 identificarán enseguida a los hermanos Coen y mi devoción por el pop de los años sesenta, sobre todo, The Beatles.

 

Usted afirmaba en una entrevista: «lo importante es que no se separe de la vida, si no la literatura está perdida». Concretamente, ¿Cómo se acerca a la vida en Celeste 65? y ¿observa con preocupación el eclecticismo de la literatura actual?

Creo que me refería a la necesidad de que la literatura esté en contacto con el mundo del lector. A lo largo de la historia literaria ha habido períodos en los que los autores se han encaramado en su torre de marfil, alejándose de los lectores. A los lectores, naturalmente, acabó por no interesarles lo que pudieran decir los escritores. Vivimos con la gente y escribimos para la gente, no para demostrar lo listos que somos. Y lo que más me molesta de la literatura actual es esa vinculación al «emocionalismo»: la recurrencia a las emociones y al sentimentalismo es un lastre literario que, a pesar de las apariencias, deja la literatura en pura superficialidad y trivialidad. Hace unas décadas, libros como Cien años de soledad o El nombre de la rosa marcaban el paso cultural de la sociedad; hoy resulta casi inconcebible que aparezca un nombre con talento suficiente para escribir algo que se acerque ni de lejos a obras semejantes.

«Lo que más me molesta de la literatura actual es esa vinculación al 'emocionalismo': la recurrencia a las emociones y al sentimentalismo es un lastre literario que, a pesar de las apariencias, deja la literatura en pura superficialidad» 

«Una obra puede ser útil pero lo que creo seguro que debe ser es divertida», decía usted. ¿Por qué?

Probablemente estaba haciendo referencia a las exigencias horacianas. No sé si «divertida» es el adjetivo adecuado, pero me parece obvio que el placer intelectual tiene que ser una característica ineludible en las obras literarias, y en las demás también. El utile dulci horaciano, al fin y al cabo, es una buena guía de lectura: me aburren soberanamente los libros con los que no aprendo nada (del mundo, de los demás o de mí mismo) y, desde luego, si no aprendo, no me divierto.

 

¿Qué detesta de un escritor?

En la escritura, la presunción, la vanidad, la arrogancia, la soberbia, el intelectualismo de baratillo, la incompetencia léxica y sintáctica, y, en general, la manipulación emocional y sentimental. Aparte de eso, detesto lo mismo que detestaría en cualquier otra persona.

 

¿Qué le anima a ser escritor?

No muchas cosas, la verdad. El mundillo literario me desagrada profundamente y tampoco me convence la tremenda exposición pública a la que se somete el escritor actual. Comprendo todas las necesidades editoriales y comerciales, y procuro cumplir con esas obligaciones en la medida de mis posibilidades, pero no estoy seguro de que eso sea bueno para mi salud. Mi pasión por los libros, la literatura y la filología no se lleva muy bien con la farándula literaria.

 

¿Quién debería llevarse el próximo Premio Nobel de Literatura?

No sé... ¿Philip Roth? ¿Murakami? ¿McEwan? Ninguno de los tres me interesa especialmente. De los últimos Nobel, creo que el más apreciable es Bob Dylan. La Academia ha premiado a verdaderos tostones que no han interesado a nadie y han dejado sin premiar a grandes literatos, así que todo es impredecible. Espero que no se lo den nunca a quien lo desea.

 

Recomiende un libro y dígame por qué leerlo.

Ahora estoy leyendo una nueva edición de Tess de los d’Urberville, de Thomas Hardy, publicada por Alba. Bueno... es Thomas Hardy, no necesito explicar por qué hay que leerlo. También le recomendaría a San Isidoro o a Plinio el Viejo, pero como no me va a hacer caso, mejor lo dejamos aquí.

Contacto: vivian.murcia@programateib.org

 

 

11 de octubre de 2017


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