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Eloy Tizón

ENTREVISTA

Eloy Tizón: «Como otros acuden al psicoanalista, yo acudí a la escritura»

Charla con Eloy Tizón, uno de los máximos exponentes de la narrativa breve en Hispanoamérica

George Simons

Si la fama fuera justa Velocidad de los jardines, el primer libro de cuentos de Eloy Tizón (Madrid, 1964), habría sido celebrado por todo lo alto. Pero cuando fue publicado, 25 años atrás, el libro no contó con publicidad ni fue presentado como suele hacerse hoy en día. Sin embargo, poco a poco fue ganando lectores hasta convertirse en un libro de culto. Hoy, Eloy Tizón es uno de los máximos exponentes de la narrativa breve en Hispanoamérica.      

 

Velocidad de los jardines es un libro mestizo, un bicho raro, como una crisálida difícil de clasificar. Está a medio camino entre dos tipos de vida: la poesía y el cuento. Además, temáticamente, el libro remite al pasado del autor, al fin de la adolescencia y, a su vez, en él se vislumbran ciertas sombras de la vida adulta: insatisfacciones, desamores, fugas y aventuras que se estrellan con las responsabilidades; es, pues, un libro preñado de futuro.

 

George Simons: ¿Cuántos años tenías cuando lo escribiste?

Eloy Tizón: Entre los 23 y los 27 años. Pero no lo escribí con esa disciplina de escritor «profesional», sino como un muchacho que jugaba de manera febril con las palabras.

 

¿Por qué crees que estaba destinado a fracasar?

No hice caso de los consejos sensatos. Hice todo lo contrario: en lugar de una novela, publiqué un libro de cuentos. En lugar de cuentos realistas, narrativos y carverianos (de moda por aquel entonces), los míos eran divagatorios y líricos, sin un centro claro. Tampoco hubo presentación del libro, ni la menor promoción. Lo hice todo mal; hice todo lo que no hay que hacer. Supongo que esto me convierte en un buen mal ejemplo. El hecho de que, a pesar a todo, el libro haya alcanzado con el tiempo cierto renombre, supone una esperanza para todos los tercos y desorientados que no siguen los cauces legales y se equivocan tanto como yo.


Para esta nueva edición de Páginas de Espuma, Eloy Tizón ha añadido un escrito más a los 11 cuentos que publicó en 1992. Es su texto más autobiográfico hasta el momento, que se titula Zoótropo (Biografía de un libro). Retrata allí las circunstancias socioeconómicas y culturales en las que nace Velocidad de los jardines. Sin embargo, más que una biografía de un libro, es una carta a un joven Eloy Tizón, al muchacho de hace 25 años. Eloy Tizón no seguía las modas literarias de su generación. Nos cuenta que sus amores tutelares de siempre son Djuna Barnes, Virginia Woolf, Clarice Lispector y Simone Weil


Cuéntanos un poco de tu pasado, ¿cómo te conviertes en escritor?

En realidad, que me dedique a escribir es bastante casual. No creas que tomé ninguna decisión drástica ni tuve una de esas revelaciones de tipo místico acerca de mi vocación. Aunque pueda parecer lo contrario, todo ha sido bastante impremeditado y gradual. Mientras algunos amigos de juventud tenían clara desde el principio su ambición de escritores, y se esforzaban duramente en ello, yo me dedicaba más bien a pintar y dibujar, ir al cine, enamorarme y perder mucho el tiempo, que dicho entre paréntesis es lo que mejor se me ha dado siempre. Leía mucho (desde niño lo he hecho), garabateaba un poco, pero la pretensión de publicar ni se me pasaba por la cabeza; lo veía como algo ajeno.

 

Al menos así fue hasta que una crisis personal bastante fuerte, cuando tenía diecisiete o dieciocho años, me condujo de manera natural hacia la escritura, como medio para volcar mis ansiedades, temores y dudas. Nadie, ni mi familia, sabían que yo escribía, lo hacía de forma completamente secreta y clandestina, y esa doble vida duró varios años. Como otros acuden a la consulta del psicoanalista, yo acudía a la escritura. En busca de desahogo y consuelo, y para hallar algo de luz. Así ha sido hasta hoy.

«El final del cuento nos deposita en un territorio nuevo, donde se nos fuerza a abandonar nuestras certezas y a poner en tela de juicio todo lo que pensábamos que era sólido»


En sus obras predomina la atmósfera sobre los objetos concretos. Las voces en sus cuentos son subjetividades que, a veces, adquieren tonalidades fantásticas y pocas veces dialogan entre sí. En todos sus cuentos se percibe una ausencia casi total de argumento en el sentido clásico del término. Los significados de sus frases se columpian en diferentes acepciones de las palabras, sean literales o figuradas, según resuenen en la imagen que crea. Parece una poética de intangibles.


¿Por qué esta elección estética?

Sí, se adapta bien a lo que hago, o intento hacer. Mi interés principal a la hora de narrar no está tanto en los hechos (que son la épica), como en la interpretación más o menos onírica de los hechos (que son la lírica). De ahí la importancia que para mí tienen las voces, los discursos subjetivos y el relato -o relatos, porque siempre hay varios- de la intimidad.

 

Donde mejor te encuentras como narrador es metido en la conciencia individual del personaje…

Eso es, dentro del personaje, pero enfrentado a algo que lo supera, y que monologa, o divaga, o delira. Uno de mis grandes placeres como escritor es sintonizar las voces de mis personajes. Escucharlos; dejarlos que se explayen con la mayor libertad posible, sin juzgarlos, y seguir las huellas de todo ese balbucear entrecortado, a ver hasta dónde me llevan. Hasta ahora, nunca me han defraudado. Disfruto mucho con su sonambulismo. Ese es el objetivo, creo. No hay otro.

«Mi interés principal a la hora de narrar no está tanto en los hechos como en la interpretación más o menos onírica de los hechos. De ahí la importancia que para mí tienen las voces, los discursos subjetivos»

¿Qué lecturas fueron importantes para ti mientras escribías Velocidad de los jardines?

Hace tanto de eso que ya casi ni me acuerdo. Algunas las menciono en el nuevo prólogo, claro. A ver, sé que caí hechizado bajo El bosque de la noche, de Djuna Barnes y La hora de la estrella, de Clarice Lispector. Fueron dos de esos libros de cabecera que inmediatamente te cambian, modifican tu mirada como escritor. Esa manera de acumular sentencias, una tras otra, en forma de epigramas, como pequeñas descargas eléctricas. Su ritmo, su intensidad, su crudeza emocional. Todo eso me conmueve, y también ahora.


A grandes rasgos, se puede hablar de dos tipos de escritores: los escritores de historias, aquellos que escriben tramas bien definidos con introducción, nudos y desenlaces cerrados; con personajes bien definidos.

 

Por otro lado, están los escritores de lenguaje: su relación principal es con el lenguaje, no con al trama. Estos son más bien escritores exploratorios. Rompen el canon aristotélico tradicional introducción-nudo-desenlace. Realizan un trabajo artesanal con el lenguaje. Se demoran en el placer de la lengua, en la poesía del lenguaje, en el asombro de secreta embestida, y van un poco a la deriva sintonizando: este tipo de escrito es al lenguaje como la limalla es al imán. 

 

Eloy Tizón pertenece a este tipo escritor. Ello lo dejó claro unos meses atrás, cuando le propuse un juego de palabras que reproduzco aquí: «Te parece si te digo una palabra, Eloy, y me respondes con una frase cualquiera?» Y como si fuera lo más normal del mundo me respondió: «Venga».

 

Viaje: -Largo rodeo para regresar a una casa diferente.

Mujer: -Golpe de mar.

Música: -Viento amaestrado.

Literatura: -Gráfico de la enfermedad.

Familia: -Cárcel de la que se escapa para seguir volviendo siempre.

 

Parece que él degusta el lenguaje, que lo explora de manera vertical, con un pensamiento analógico, esto es, basándose en analogías que dejan entrever en las frases varios armónicos a la vez, dando así a su estilo un toque poliédrico.

 

Además, no escribe con un plan determinado, y esto me parece fascinante. «Para mí, explica Eloy, más importante que el plan, que el esquema es la música, sintonizar con la voz del personaje y de ahí ver qué sale». Su pareja, la escritora mallorquina Almudena Sánchez, lo define de manera genial: «Eloy es un escritor a la deriva».


¿Qué tipo de artista admiras, Eloy?

En general, amo a la gente que corre riesgos. Que se la juega. Que busca abrir nuevos caminos. Que no se queda en casa gimoteando sobre qué mal está todo, sino que es capaz de apostar fuerte, caer y seguir adelante, pese a la dificultad de las circunstancias. Que hacen arte con lo que tienen a mano, sin esperar la aparición milagrosa de un mecenas que te lo solucione todo. Los que no siguen al rebaño, sino que van por libre, cuentan con mi más rendida admiración.

 

¿Quiénes se te vienen a la mente?

Siento debilidad por muchos artistas de esta índole, pero destaco al cineasta John Cassavetes, que para mí es un modelo de integridad, implicación y coraje. Lo que ganaba como actor, Cassavetes lo invertía financiando sus propias películas de su bolsillo, siempre al borde de la bancarrota y el colapso. Filmaba durante meses, en su propia casa, rodeado de un equipo de amigos y familiares (junto a su esposa, la inmensa actriz Gena Rowlands), mezclando vida y arte, sin límite de tiempo ni presupuesto, gracias a lo cual conseguía capturar momentos de verdad y emoción únicos, impensables en otros contextos.

 

Sus películas, realmente, son una celebración de la fraternidad y un canto al presente, como si dijera: «Reunámonos y hagamos algo juntos, lo que sea. Lo importante es crear». Cassavetes actuaba y montaba él mismo, alquilaba alguna pequeña sala donde estrenar sus hermosas e inclasificables ficciones, que inevitablemente eran fracasos de taquilla, sin que eso mermase su energía para insistir de nuevo ni su ambición para seguir intentándolo. Consagrarse a un proyecto así, año tras año, durante una vida entera, implica una actitud romántica; me parece algo vertiginoso.

«Uno de mis grandes placeres como escritor es sintonizar las voces de mis personajes. Escucharlos; dejarlos que se explayen con la mayor libertad posible, sin juzgarlos»

¿Qué autores vivos son los que más te han impresionado en los últimos dos años?

Quizá la autora que más me ha impresionado en estos últimos años sea la rumana Ana Blandiana. En sus dos libros de relatos, Proyectos de pasado y Las cuatro estaciones, comienza a narrar en un registro realista, reconocible, pegado a lo documental, a ras de tierra, y en un momento determinado, la escritura hace un quiebro, eleva el vuelo y abandona nuestro mundo conocido para saltar a zonas donde prima lo fantástico, lo irracional y lo onírico, por medio de imágenes de belleza imposible.

 

Otros autores que se mueven en similares registros: Peking by Night, de Svetislav Basara. O, en un ámbito idiomático más cercano, admiro los artefactos de Luis Magrinyà, Javier Sáez de Ibarra o Cristian Crusat.

 

Y, aunque no esté vivo, permíteme incluir a un escritor peruano que acabo de descubrir gracias al libro que me regalaste: Martín Adán y su Casa de cartón. Te lo agradezco. Para mí ha sido una revelación reciente que me tiene fascinado: por su libertad a la hora de escribir, su manejo del lenguaje, su concepción de la prosa. Sorprende que un muchacho de comienzos del siglo XX tuviese el genio suficiente para hablar de tú a tú a los grandes de la época, Eliot o Joyce o Felisberto Hernández. Y lo que no entiendo es que no lo leyera antes y que Martín Adán aún no ocupe el centro del canon en nuestro idioma, como sin duda merece. Será cuestión de tiempo.

 

¿Cuál crees es el común denominador entre estos autores?

Todos estos son autores bastante marcianos. En ellos, el relato empieza siendo una cosa y termina siendo otra. El lector realiza un recorrido que va desde lo conocido hasta lo desconocido. Ese es el reto: cómo conducir al lector del hogar a la intemperie. Sacarlo de su zona de confort. El final del cuento nos deposita en un territorio nuevo, donde se nos fuerza a abandonar nuestras certezas, dejar de lado nuestras seguridades e inercias (como lectores y ciudadanos) y poner en tela de juicio todo lo que pensábamos que era sólido, tanto de la vida como de la literatura. Esto es un logro mayúsculo.


Finalmente, tuvimos un intercambio más en Lima. Déjenme explicárselo: cuando se lee, el escritor en sí, no está presente, no existe, no, al menos, en nervio y carne. Sólo están sus palabras ordenadas más o menos como él quiso que sonaran. El lector aparece cuando se publica el libro, lo abre y lo lee. Entonces el lector insemina vida a ellas silenciosamente. Y, por su parte, el autor, en sí mismo, desaparece; no está físicamente allí. Tan sólo hay un rastro de lo que fue cuando escribió esas palabras. Por ejemplo: usted, querido lector, querido nadie, no está usted presente aquí, a mi lado; y yo no estoy a su lado.

 

Verá, «la mañana anterior», escribo yo. Y cuando usted lee estas palabras, querido lector, no reproduce la mañana anterior que pensé yo, sino la que está en su mente, querido lector, querido nadie. La evidencia empírica nos dice que usted no existe para mí, y yo no existo para usted. Venimos, pues, de tiempos y de espacios distintos para encontrarnos en el relato, en la literatura, en el lenguaje.  


¿Qué crees que sea ese restaño mágico, Eloy, qué crees que sucede en ese silencio que, en tiempos diferentes, une entre el escritor y el lector?, ¿un tipo de silencio?… ¿qué?

No es sólo silencio. Es algo más, un susurro interior. Es... -me dice Eloy dubitativo, pensando, en busca de la palabra se frota lentamente las manos como el mago antes del truco-…es música.

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5 de octubre de 2017


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