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Emma Reyes

PERSONAJES IBEROAMERICANOS

Emma Reyes, la historia de una leona

Se traducen al inglés las memorias de la artista colombiana

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Aquellos que han escuchado hablar de Emma Reyes (1919-2003) la reconocen como una pintora colombiana que vivió y desarrolló su carrera en países como Italia y Francia. Quien sepa más, sabrá que Reyes se convirtió en una especie de «madre» para los artistas colombianos que llegaban al país galo en los años cincuenta y sesenta y que, huérfanos de todo apoyo, sentían la soledad al empezar de cero en Europa.

 

De Reyes también se sabe que su deseo de formarse como artista la llevó a entablar amistad con personalidades como Jean-Paul Sartre o Pier Paolo Pasolini, y quien estudia o aprecia su arte sabe que lo puede encontrar Fundación Arte Vivo Otero Herrera de Málaga, donde está su mayor fondo pictórico. Reyes murió en 2003 y se le reconoció como una de las artistas -si no importantes- por lo menos sí más valientes: se atrevió a salir de Colombia, participó en un taller ofrecido por Diego Rivera con quien colaboró en un mural para el Estadio Olímpico, viajó a Roma, vivió en Israel y, finalmente, se instaló en Francia. En todo ese tiempo su arte fue evolucionando, por supuesto.

 

De lo que se sabe muy poco es sobre su vida personal. ¿Era Reyes una artista -como muchos de los artistas colombianos- que ha nacido en una familia adinerada que le permitiera una carrera tan internacional? La respuesta es un rotundo No. Nada más lejos.

 

En 2012, Colombia pudo conocer una historia triste e inspiradora que tenía como protagonista a Emma Reyes. Tras conocer al escritor Germán Arciniegas (1900-1999) en París, en 1947, Reyes empezó un proceso catártico: escribirle cartas relatando sus primeros recuerdos, esos que le marcaron la vida. El escritor se sintió profundamente intrigado por los relatos y la capacidad de recordarlos ya que la mayoría de los recuerdos se remontaban a cuando Reyes tenía sólo cuatro y cinco años.

 

Las cartas se compilaron en un libro que se publicó en 2012 en Colombia por Laguna Libros y se convirtió en el «libro del año». En 2015 Libros Asteroide realizó una primera edición para Iberoamérica y la crítica enalteció a Reyes como artista y escritora. Ahora el libro es traducido al inglés, por primera vez, por el escritor peruano Daniel Alarcón, y ha llegado al mundo anglosajón con una crítica excelente. 'The Guardian' dedicó un artículo extenso en el que calificó el texto de «único». No es para menos. El libro Memoria por correspondencia es la reunión de las cartas que Emma Reyes le escribió a su amigo Germán Arciniegas a partir de 1969 y hasta 1997, aunque la historia que cuenta en ellas comenzó en la década del veinte y terminó en los años treinta.

 

 

Reyes y Arciniegas se conocieron en París en 1947 en un acto de la Unesco. Parece que después de una charla sincera, ella le esbozó lo que fue su desgraciada infancia. Él la incentivó a que le contara en detalle, a través de cartas, aquellos años de los que a ella le costaba hablar. Así que Emma empezó un viaje a aquellos años que la determinaron -como a todas las personas determina la infancia-.

 

Empieza Emma a relatar -y recordar- sus primeros años de infancia el día en que Charles de Gaulle partió del Elysée «repudiado» por más de once millones de franceses. Curiosamente ese fue el punto de partida para que Reyes rememorara los primeros recuerdos que se resumían a una habitación pobre y fría del popular barrio San Cristóbal en Bogotá. Allí, en «la pieza», Emma pasaba los días de hambre y frío junto a su hermana Helena y junto a un niño que nunca supo su nombre al que llamaba el «Piojo». También recuerda a aquella mujer de pelo largo a quien ella llama «la señora María». «Era joven, alta, delgada; nunca nos habló de su familia ni de su vida, nuestras relaciones con ella se limitaban a seguir sus órdenes sin protestar ni preguntar por qué. Era dura y muy severa».

 

María era la mujer que encerraba a Emma, a su hermana Helena y a «Piojo» durante el día y la noche en esa habitación sin luz ni agua, el contacto que tenían con la calle se limitaba a «juegos» miserables en los que varios niños buscaban entre las basuras algún desperdicio que convertían en preciada pertenencia y en los momentos en que Emma tenía que vaciar la bacinilla que tenían como baño: «Los viajes de la pieza al muladar con la bacinilla desbordante eran los momentos más amargos del día. Tenía que caminar casi sin respirar, con los ojos fijos sobre la caca, siguiendo su ritmo poseída del terror de derramarla antes de llegar, lo que me traía castigos terribles; la apretaba fuertemente con las dos manos como si llevara un objeto precioso».

 

Pronto los recuerdos de Reyes empiezan a relatar la desgarradora historia de una niña que aprende muy prematuramente lo que es un duelo: «la señora María nos visitó con los vestidos de domingo y nos hizo sentar a todos los tres en el borde de la cama con la orden de no movernos», se trataba de los preparativos para recibir a un hombre «bien vestido». «Era la primera vez que un señor entraba en nuestra pieza. La señora María cerró de nuevo la puerta con llave tomó la botella con la vela y se aproximó a la cama donde seguíamos sentados y como paralizados. Ella acercó la vela a la cara del Piojo y le dijo al señor: -Este es Eduardo, el tuyo. Él le dio una palmadita en la mejilla». Después de esa visita María viajó con el niño. «El Piojo no vuelve más. Su papá, ese señor que vino aquí, es un gran político, y por eso no quiso que su hijo se quede conmigo», fue la explicación que obtuvo de María y el recuerdo de Reyes se hace potente: «Sin el Piojo yo me sentía perdida, lloraba, gritaba, lo llamaba, yo no sabía lo que quería decir lejos de Bogotá. Yo creía que si gritaba fuerte él me iba a oír».

 

No fue la única pérdida a la que se enfrentó. Dejar la habitación, abandonar un lugar y volverse errante, fue uno de los rasgos de su infancia. «Si es cierto que hay hechos en nuestra infancia que nos marcan para toda la vida, tendré que decir que ese coche famoso que cortó para siempre nuestra vida de la pieza del barrio San Cristóbal (patrón de viajeros), era el debut de una vida que tendría por signo y como escuela la inclemencia de los duros caminos de América y más tarde los fabulosos caminos de Europa», cuenta Reyes haciendo referencia a cómo las mudanzas que vivió de niña (de Bogotá a Guateque y después a Fusagasugá) la acostumbraron al dolor de dejarlo todo, como cuando lo haría años después en sus viajes por América hasta llegar a Europa.

«Creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es la injusticia y que un niño de cuatro años puede ya sentir el deseo de no querer vivir más» 

Emma conoció el amor en su niñez no porque lo recibiera sino porque lo daba, se apegaba a cualquier animal -el cerdo o las gallinas- como lo hace cualquier vagabundo sin hogar. La señora María se convirtió en un personaje cada vez más amargo que golpeaba a Emma y Helena contra la pared hasta hacerlas sangrar, en defensa salía una mujer que en Guateque hizo las veces de asistenta de María cuando dio a luz a un bebé. «Mi vida cambió; ni el marrano, ni las gallinas y sus huevos, ni los árboles y sus frutas, nada me volvió a interesar fuera de estar junto a él» refiriéndose al bebé recién nacido a quien María también abandonó: «Como no tomaba ni aire ni sol, era cada día más blanco y transparente (...) como no tenía ni pañales, ni calzoncito, hacía caca y pipí sobre la cuna».

 

Los pequeños alientos de vida que va recordando Reyes como el amor que profesa por el recién nacido se van haciendo dolorosos al seguir las cartas remitidas a Arciniegas. La noche en que María decide abandonar en la puerta de una casa al menor es el recuerdo más doloroso de Reyes que, inevitablemente, contagia al lector: «Nos tomamos de la mano (Helena y Emma) y bajamos la escalera, fuimos derecho a la pieza del Niño (que no tiene nombre en ninguna carta), nos sentamos junto al canasto y nos pusimos a llorar. El Niño nos miraba con los ojos grandes abiertos y como si hubiera sentido lo profundo de nuestro dolor, las lágrimas le empezaron a caer a chorros, sin dar ni un grito. Sólo hacía pucheritos con la boca y sus ojos eran de una tristeza profunda (...) creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es la injusticia y que un niño de cuatro años puede ya sentir el deseo de no querer vivir más».

 

Pero Reyes siguió viva, pese a todo. En unas cartas después vuelve la separación a hacer la vida insoportable. María, quien tantas veces señaló a Emma y a su hermana de ser las responsables de su vida desgraciada porque la «amarraban como a un animal» decidió volver a Bogotá, pero en su viaje se olvidó de una cosa: las niñas. En ese momento, abandonadas en una estación de tren, Helena y Emma empiezan una nueva etapa de vida que consistía en olvidar el pasado y jurarse entre ellas que no le contarían a nadie sobre María. Tal vez el pasado de estas niñas les resultaba más doloroso que cualquier nuevo comienzo, por malo que fuese.

 

Entonces aparecen -en un tono entre la burla y la denuncia- los extremos trabajos a las que fueron sometidas las niñas en un convento. Se trata de una casa de acogida para menores regentada por monjas que vendían tejidos y lavaban ropas, trabajos que encargaban a las menores huérfanas que vivían con ellas. En ese lugar Emma conoció las estrictas leyes católicas, los rezos sin fin y la hipocresía de muchos curas. Pero empezó a coser y se da cuenta que tiene en sus manos un potencial, aunque aún desconoce lo que es el arte. Una tarde, Emma cogió las llaves de ese convento que había sido su mundo -como lo fuera a sus cuatro años la precaria habitación del barrio pobre de Bogotá- y se escapó. El libro acaba en ese momento, la carta final anuncia: «Cuando cerré detrás de mí la puerta, respiré un aire que no olía al convento y el viento frío me dio la impresión que había salido de detrás de la puerta para asustarme pero ya era tarde para todo. Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacía mucho tiempo que yo ya no era una niña».

 

Fue poco lo que agregó Emma Reyes sobre los años que siguieron. «Esa historia es muy larga», dijo en una entrevista a la periodista colombiana Gloria Valencia de Castaño, pero se sabe que viajó en autostop por Latinoamérica, dejó de ser analfabeta a los dieciocho años, se casó con un artista en Uruguay, del que se divorció. Conoció el amor con el médico francés Jean Perromat, con quien vivió hasta la muerte.

 

Por petición suya, sus cartas fueron publicadas después de su muerte. Germán Arciniegas decía que «ella no pinta con aceite sino con lágrimas» pero su gran carisma la llevó a codearse con intelectuales como Elsa Morante, Alberto Moravia, Enrico Prampolini, Sartre y Pasolini, no sólo amigos sino que incluso escribieron sobre su obra.

 

Como dice Leila Guerriero en el prólogo del libro, la historia de Reyes es como la frase que anunciaba ese cartel de cerveza que, a veces, veía desde su pieza del barrio pobre de Bogotá: «Leona pura y leona oscura»; es la historia de una pequeña frágil pero aguerrida. Como era su voluntad, los fondos de este libro se han destinado al Hogar San Mauricio en Bogotá, donde crecen otros menores huérfanos que tienen, cómo no, una parte de Emma. 

Contacto: vivian.murcia@programateib.org

 

 

12 de septiembre de 2017


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