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Leo Matiz y David Alfaro Siqueiros.

ARTE IBEROAMERICANO

Leo Matiz, el fotógrafo de los muralistas mexicanos

Se cumplen cien años del natalicio del retratista de pintores como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros

Juan Camilo Rincón

@JuanCamiloRinc2

Mientras en Europa las décadas de los treinta y los cuarenta se teñían de sangre, producto de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, Latinoamérica florecía económicamente y recibía a los migrantes que huían desde el otro lado del océano. De Uruguay y Argentina salía la carne que alimentaba a los aliados en las trincheras, y México ofreció su techo a quienes habían perdido el propio. De los barcos se bajaban personalidades de todas las artes, como las pintoras surrealistas Leonora Carrington y Remedios Varo, y los escritores Max Aub y León Felipe. Aquella nueva patria, la patria de los exiliados, se fue convirtiendo en un espacio libre en un mundo marcado por el fascismo y la muerte. Todos querían conocer su cultura, sus murales, su arte. A sus tierras arribaron también el director español Luis Buñuel para hacer películas magistrales, y León Trotski para morir bajo la sombra de un hacha. 

 

El ataque a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, llevó a Estados Unidos a involucrarse en la guerra que se peleaba lejos de casa. El país americano orientó gran parte de sus esfuerzos y recursos hacia el conflicto bélico, generando un vacío que México fue llenando de alguna manera, colmando con obras magistrales la necesidad de arte que tenía Latinoamérica. Los tocadiscos de lejanos pueblos colombianos enclavados en la cordillera central dejaron de reproducir las notas de Carlos Gardel, para inspirar a los enamorados con vinilos que contenían las voces de Agustín Lara y Javier Solís. En las proyecciones de cine las películas del lejano oeste fueron reemplazadas por las de Jorge Negrete, Pedro Infante y María Félix, aquella mujer de cuerpo renacentista que se convirtió en icónico objeto de deseo de los jóvenes de la época.

 

Mientras el celuloide era usado en Estados Unidos con fines bélicos, en México siguió siendo utilizado para el cine y, así, logró enamorar al continente. Contó sus historias de amor y despecho, se mostró en blanco y negro, nos regaló rancheras y corridos.

 

En las salas de cine bogotanas -2.600 metros más cerca de las estrellas- otro joven visionario cataquero (diez años mayor que Gabriel García Márquez) se deleitaba con las obras del cine manito. A Leo Matiz la película Allá en el rancho grande le reveló parte de su futuro.

 

Desde joven le dijeron que sería un buen pintor y así empezó a acercarse a las artes. Sin embargo, su gran habilidad estaba en el dibujo, y enfocó su talento hacia lo que estaba de moda en los periódicos de la época: la caricatura. Encomendándose al suicida santo del lápiz, Ricardo Rendón, empezó a crear una línea propia.

 

Aunque los trazos sobre el papel le dieron cierto reconocimiento en publicaciones como 'La Nación', 'La Prensa' y 'El Heraldo' (Barranquilla), 'La Voz del Magdalena' y 'El Estado' (Santa Marta) y, además, lo llevaron a hacer exposiciones individuales de su trabajo en el Café Excelsior, la Asociación Cooperativa de Empleados del Magdalena y el Teatro Variedades (todos en Santa Marta) entre los años 1933 y 1937, esto no le bastaba y decidió trasladarse a Bogotá.

 

En la capital colombiana lo recibió el entonces director del diario 'El Tiempo', Enrique Santos Molano 'Calibán', quien le regaló una cámara y lo invitó a trabajar como reportero gráfico. En los ratos de ocio que le dejaba su labor como fotógrafo para aquel diario, además de 'El Espectador' y la revista 'Estampa', pasaba sus tardes en los teatros de la ciudad asistiendo a las muchas películas mexicanas que deleitaban al público. En una de aquellas funciones entendió que su porvenir estaba en otro suelo y entonces migró hacia el norte. Pasó por varias ciudades de Centroamérica en un largo recorrido hecho a pie, exponiendo dibujos, caricaturas, fotografías y pinturas, hasta llegar a México el 20 de agosto de 1940, día en que León Trotski fue asesinado.

 

Ya en la capital azteca, se encontró con un poeta casi moribundo, Porfirio Barba Jacob, desquiciado incurable, le presentó la cultura local. Los vicios y las inquietudes que embriagaron a tantos artistas, arrastraron también al fotógrafo recién llegado; los días se volvían noches en la bohemia mexicana y Matiz se veía envuelto en su encanto. Recuerda al santarrosano como aquel hombre que vestía de luto y quien le dio el mejor de los consejos: debía calmarse y observar… gran lección para un futuro maestro del lente.

 

El fotógrafo, con sus credenciales aún calientes como reportero gráfico de 'El Tiempo' logró en julio de 1941 -recién llegado- exponer en el Palacio de Bellas Artes bajo el título Foto y dibujos. Como lo indica la invitación al evento –cuidadosamente guardada por Matiz en un cuaderno de recortes que luego obsequiaría a su madre[1]-, este fue organizado por la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética de la Secretaría de Educación Pública y la Legación de Colombia en México. La tarjeta rezaba así: «(…) El poeta chileno Pablo Neruda llevará la palabra en el acto inaugural». De esta también hicieron parte Julio Abril, Luis Alberto Acuña, Juan Sanz de Santamaría y Rómulo Rozo.

 

Durante sus primeros años en aquel país trabajó con las revistas 'Hoy, Nosotros' y 'Así'; a esta última llegó por recomendación de Barba Jacob y en ella colaboró en 87 números, de mayo de 1941 a noviembre de 1945. Sin embargo, como lo recuerda el curador de arte, Eduardo Márceles Daconte, fue con las fotografías que tomó tras su ingreso encubierto a la cárcel de Mazatlán «donde realizó un reportaje gráfico sobre las condiciones de los reclusos, que se ganó el reconocimiento de la prensa mexicana y con ello su aceptación en los círculos más exigentes del país»[2].

«Matiz utilizó la fotografía como una herramienta artística para este trabajo conjunto con Siqueiros, la cual le permitió al pintor experimentar con los recursos y  métodos de enfoque propuestos por el fotógrafo» 

El 14 de enero de 1942 murió su poeta amigo, dejándolo con una sensación de orfandad, aunque jamás derrotado. Como homenaje, tomó una foto a la máscara mortuoria hecha por Rodrigo Arenas Betancourt al maestro. El negativo original de ésta se encuentra en la Fundación Leo Matiz como símbolo de una generación de nacionales que buscaron hacer arte lejos de sus fronteras.

 

Para Matiz aquellos fueron años de intensa producción que le trajeron fama internacional. En 1942 se acercó a ese amor que había alcanzado a vislumbrar en un cine bogotano; fue seducido por su deseo de ser actor, pero al intentarlo se dio cuenta que los micrófonos lo asustaban. Optó, entonces, por ponerse del otro lado de la cámara y trabajó como fotógrafo de rodaje con el apoyo de Gabriel Figueroa y Manuel Álvarez Bravo. Su labor con la foto fija se constituyó en una forma de acercarse al sueño del cine, y allí aprendió a manejar la luz.

 

La obra de Matiz siguió apareciendo en los periódicos y su labor fue reconocida en 1945 con el premio a mejor reportero gráfico de esa nación. En la bohemia pasada por tequila, hablaba sobre su patria con los coterráneos que iba encontrando. En los bares fraternizaba con los escultores boyacenses Rómulo Rozo  y Julio Abril, y con el escritor Manuel Zapata Olivella quien, en malos momentos, también fungía como su médico. Conoció a futuros maestros de la literatura mexicana como Elena Garro y Efraín Huerta. Se rodeó siempre de los mejores. Todo esto acrecentaba su fascinación por aquella tierra que no era sólo un país, sino toda una gran civilización. Por ello, afirmó alguna vez: «Es que México tenía hasta pirámides».

 

 

Leo Matiz y José Clemente Orozco. Foto firmada por Orozco. / Fundación Leo Matiz.

Leo Matiz y José Clemente Orozco. Foto firmada por Orozco. / Fundación Leo Matiz.

 

También tuvo contacto con la pintura de aquella tierra a través de Frida Kahlo y los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros (quien años después le causaría uno de los dolores más grandes), a quienes fotografió de forma magistral. Es particularmente memorable el estudio que hizo a Diego Rivera donde éste aparece bailando, o con su familia tomando sol. Ahí emerge Frida, con pelo muy corto y su belleza desenvuelta. Hay registros de un Orozco amistoso pero de ademanes adustos, haciéndose dueño de la cámara en sus espacios de trabajo, sin dejar que la ausencia de su mano izquierda lo restringiera. A Siqueiros se le ve jugando frente a la cámara, calmado y divertido, en una curiosa cercanía.

 

En aquella joya inédita del maestro, el libro de recortes de periódico que hizo para su madre, en el que conservaba algunos fragmentos de sus logros, hay un grupo de fotos donde se le ve junto a Rivera y Orozco. Tomada de 'El Tiempo', la nota dice: «El maestro José Clemente Orozco acompañado de Leo Matiz, un buen amigo suyo, y quizá el único colombiano a quien distinguió  con su estimación». Al final de la hoja hay una foto de ambos con esta dedicatoria: «A mi amigo Leo Matiz. J. C. Orozco» acompañada por una caricatura donde aparecen los dos, hecha por el cataquero.

 

Siqueiros pidió a Matiz trabajar juntos en un gran mural para celebrar la Revolución mexicana. Este decidió apoyarlo haciendo algunas fotos que luego entregó al pintor; entre ellas hay una memorable de Siqueiros en ropa interior enseñando a los modelos cómo debían posar, y la de un perro rabioso que el artista replicó en El tormento de Cuauhtémoc (1950), hoy en el Palacio de Bellas Artes.

        

Por asuntos laborales Matiz viajó a Estados Unidos; a su regreso, meses después, se encontró con una exposición del muralista en varias de cuyas obras vio lo que consideró un claro plagio de sus fotos, por lo que decidió denunciarlo públicamente. Como respuesta, fue acusado de ser un peón del gobierno norteamericano que buscaba destruir el arte mexicano pues lo subestimaba; recibió tantas amenazas que debió refugiarse en el extranjero. Abandonó México sin llevar nada consigo, viéndose obligado a buscar trabajo lejos de su tierra adoptiva. Gracias a su contrato con la revista estadounidense 'Selecciones' del 'Reader’s Digest' pudo conocer otras regiones del continente.

 

Celebración del centenario de Leo Matiz

Para celebrar el centenario del natalicio del maestro, México llevó a cabo una serie de homenajes en destacados espacios del arte y la cultura local como el antiguo Colegio de San Ildefonso. Sin embargo, el más significativo fue el realizado en el Palacio de Bellas Artes, que buscó reconciliar la obra fotográfica de Matiz con el trabajo de Siqueiros y, así, dar el reconocimiento al aporte del primero a la pintura mural mexicana.

 

Alejandra Matiz, hija del cataquero y presidenta de la Fundación Leo Matiz, lo expresó así: «Mi padre utilizó la fotografía como una herramienta artística para este trabajo conjunto con Siqueiros, la cual le permitió al pintor experimentar con los recursos y  métodos de enfoque propuestos por el fotógrafo y controlar, así, con mayor precisión las concepciones de sus bocetos pictóricos a partir del documento fotográfico, que enriquecieron de manera definitiva las posibilidades expresivas y de composición de los murales».



[1] Este cuaderno de recortes es un documento inédito.

[2] Márceles Daconte, E. “El día que conocí a Leo Matiz en Nueva York”. El Espectador, 31 de marzo de 1017. Recuperado de: www.elespectador.com

Foto: Leo Matiz y David Alfaro Siqueiros. 

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11 de agosto de 2017


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