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Fernando del Paso. Fondo de Cultura Económica.

ESCRITORES IBEROAMERICANOS

Linda ha desaparecido

El Fondo de Cultura Económica (FCE) anuncia la reimpresión de 'Linda 67: historia de un crimen', la novela policial de Fernando del Paso

La Gaceta. Fondo de Cultura Económica

El Fondo de Cultura Económica (FCE) anuncia la reimpresión de Linda 67: historia de un crimen, la novela policial de Fernando del Paso.

 

Un hombre cosmopolita, sibarita y vacuo asesina a su esposa y simula un secuestro para obtener 15 millones de dólares de su suegro. El azar y una compleja trama lo delatan.

 

El FCE ha incluido el capítulo VII de esta novela en su publicación mensual 'La Gaceta'.

 

Compartimos el pasaje.

 

Durante más de tres minutos Dave había contemplado el teléfono sin atreverse a dar comienzo a la farsa. A la gran farsa. Hubiera querido hablarle, antes que a nadie, a Chuck O’Brien. Chuck siempre tenía solución para todos los problemas y, además, el don admirable de tranquilizar a las personas en las situaciones más difíciles imaginables. Pero ¿de qué lo iba a consolar hoy Chuck O’Brien si tendría que ocultarle la verdad y contarle la misma mentira que a todos los demás? Desechó a Chuck O’Brien y pensó en comunicarse con el padre de Linda: al mal paso, darle prisa. Pero no. Eso no era lógico. La primera persona a quien debía hablarle era, sin duda, a Julie Simmons.

 

Caminó hacia el teléfono y estaba a punto de descolgar el audífono cuando se dio cuenta de que estaba encendido el indicador de mensajes de la grabadora. Prendió el aparato y escuchó. El primer mensaje ya lo conocía: «Dave, soy Bob Morrison, veo que ya estás bien, puesto que nunca te encuentro. Espero que vengas sin falta el martes. Tenemos a las nueve una junta para el lanzamiento de Olivia. Hasta pronto…» El segundo mensaje comenzaba con la voz de Linda: «Dave, querido». Dave apagó el aparato, espantado. No esperaba escuchar la voz de Linda. Por unos instantes, titubeó. Era la voz de Linda, sí, pero de una Linda que unas horas antes había dejado de existir. Comprendió, al mismo tiempo, que era necesario conocer el mensaje que Linda había dejado. Regresó la cinta y prendió de nuevo la grabadora. «Dave, querido, estoy en Christofle con Julie, para escoger el regalo de bodas...» Volvió a apagarlo. Era como si la voz de Linda tuviera vida propia y se hubiera refugiado en la grabadora. Regresó la cinta y prendió la grabadora por tercera vez. […] Dave querido, querido Dave. Linda querida, querida Linda. ¿Por qué habían seguido llamándose así no sólo en público, sino también en privado cuando hacía tanto tiempo que habían dejado de quererse? Dave, querido, estoy en Christofle. No, Linda, no, querida, siento mucho decepcionarte. No estás en Christofle, ni estás en Macy’s, ni en Neiman Marcus. Estás en otra parte, muy lejos de Christofle, y estás muerta, no puedes hablar. ¿Me escuchas, querida? Estás muerta abajo del agua: no puedes hablar.

 

Había un tercer mensaje en la grabadora: «Señor Sorensen, habla Dick, del taller BMW…» Volvió a detener el aparato. Les había dicho en el taller con toda claridad que no hablaran a su casa. Son unos imbéciles. Si Linda hubiera escuchado este mensaje, todo se hubiera venido abajo. «… siento decirle que el parabrisas no llegará hasta el lunes…» Pero no, en realidad la culpa era de él: debió haber llevado el automóvil a un taller donde no lo conocieran y dejado un teléfono falso. Sabía muy bien que había otro servicio especializado en Broadway esquina con Samson y, sin ir más lejos, uno más, que se llamaba Petés, o algo por el estilo, en la misma Pacific Avenue, a un lado del Phaedrus… «… pero por desgracia ya quitamos el otro y al quitarlo se hizo pedazos…» Dave recordó el clavo y el martillo con los cuales él mismo había estrellado el parabrisas del BMW.

 

Sí, si Linda hubiera escuchado ese mensaje estaría viva. «… de modo que será hasta el lunes que…» Dave corrió la cinta para pasar al cuarto mensaje, que tampoco contribuyó a su tranquilidad: «Dave: habla Jimmy Harris. Lo siento, pero no puedo acudir a la cita, tengo que salir de la ciudad esta misma tarde... Además, todo me parece un disparate. Creo que estás delirando. Hablaré con Linda el lunes...» La grabadora calló. No había más mensajes.

 

Dave no podía creer que todo hubiera salido tan mal. La prueba circunstancial de más peso que, con un poco de suerte, señalaría a Jimmy Harris como el asesino de Linda: la tarjeta dorada de American Express, quedaba invalidada. Una cosa, sí, de lo que había dicho Jimmy Harris lo hizo sonreír. Pobre imbécil: «Hablaré con Linda el lunes». No, mi viejo, nunca más en tu vida volverás a hablar con Linda.

 

Todo indicaba que la madre de Dorothy Harris había muerto y que Jimmy había salido para San Diego, a fin de asistir a los funerales, en cuyo caso tendría varios testigos, decenas quizás, de que esa noche no estaba en San Francisco. Con un testigo bastaría, desde luego. Paró la grabadora, regresó la cinta y borró los cuatro mensajes. En ese momento se apareció la vietnamita, que se quedó inmóvil y azorada. -La señora no pasó la noche aquí. Tú no te preocupes y comienza la limpieza por el piso de arriba, por las recámaras y los baños- le ordenó. La vietnamita abrió aún más los ojos, asintió con la cabeza y desapareció. Dave se dio cuenta de que no había comido en más de dieciséis horas y sintió un hambre que, en unos instantes, se volvió intolerable. Se encaminó a la cocina y abrió el refrigerador. En su compartimento, como siempre, había paté de hígado de ganso trufado, jamón serrano, alcaparras, peanut-butter, jalea de membrillo, turrón de Alicante y dos o tres quesos: uno de cabra con ceniza, un gouda, un port salut. Antes, en el inmenso refrigerador, no había divisiones. Pero desde su transformación Linda había destinado un lugar especial para todas aquellas cosas que habían dejado de gustarle o ya no las comía porque tenían mucho colesterol, o mucha azúcar, o muchas calorías, o mucha sal, o mucho quién sabe qué. […] En su compartimento, Linda guardaba sus quesos y hamburguesas de soya, mermeladas para diabéticos y cosas por el estilo. Ambos compartían el resto del refrigerador, donde había cosas que los dos disfrutaban… Linda todavía se dejaba seducir por una langosta Thermidor y, desde luego, por una botella de champaña. Nunca faltaba la champaña en la cava ni en el refrigerador de los Sorensen. Pero si antes la champaña iluminaba, intensificaba, salpicaba de alegría con sus burbujas doradas su pasión y su sensualidad, desde hacía tiempo lo único que les provocaba la borrachera era una irritación creciente: los brindis acababan en pleitos cada vez más amargos y más vulgares.

 

Desde luego el hambre y el ánimo de Dave no estaban como para delicatessen. Desmenuzó con las manos una pechuga de pollo, ya cocida, y se hizo un sándwich con el pollo, mayonesa y un poco de mostaza americana, y se sirvió un vaso de leche helada. Después de comer el sándwich encendió un cigarrillo. Ya un poco más calmado, regresó a la sala y se dirigió al teléfono. El aparato, de color vino, colocado en una mesa ovalada y blanca, era una bella imitación de los teléfonos de mesa de los años veinte. Arriba de él estaba un grabado, en blanco, negro y naranja, de la Isolda de Aubrey Beardsley.

 

Por el tono de la voz de Julie, se dio cuenta de que la había despertado.

 

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién habla? ¿Eres tú, Dave?

 

- Sí. ¿Te desperté, Julie? Perdóname…

 

-Sí. Pero espera... déjame ver la hora. No importa, el despertador iba a sonar en diez minutos...

 

-Julie, dime, ¿está Linda contigo?

 

-¿Quién? ¿Linda? ¿Cómo quieres que esté Linda a estas horas, tan temprano?

 

Dave hizo una pausa: había escuchado los ruidos del camión que recogía la basura. Sintió un gran alivio: el trozo de manguera y con ella la chamarra, la gorra, los zapatos, todo, incluyendo el lodo y las yerbas del camino a La Quebrada, desaparecería para siempre.

 

-¿Me escuchas, Dave?

 

-Lo que quiero decir, Julie, es si Linda se quedó a dormir anoche contigo, con ustedes...

 

-Claro que no. ¿Y por qué se iba a quedar? Dime, Dave, ¿pasa algo?

 

-Linda no regresó a la casa...

 

-¿Cómo que no regresó? Yo la puse en un taxi. […]

 

-Sí, sí, ya lo sé. Linda llegó en el taxi, pero después nos peleamos, tuvimos un disgusto y ella se fue en el Daimler… serían las ocho, no sé…

 

-¿En el Daimler? Pero si a ella no le gusta manejar de noche…

 

-Bueno, una cosa es que no le guste manejar de noche, y otra que no lo haga nunca. Por favor, Julie, no me salgas con tonterías. Linda no llegó, ¿te das cuenta? No llegó en toda la noche. Aunque, claro, no sería ésta la primera vez que se largara con su coche sin decirme adónde va ni a quién va a ver…

 

-¿Cómo que a quién? No te entiendo, Dave…

 

-Linda tiene un amante.

 

-Por favor, Dave…

 

-Todo el mundo lo sabe: Linda y Jimmy Harris…

 

-Mira, Dave, no quiero escuchar una palabra más… no sé por qué das crédito a chismes tan horribles…

 

-Julie, entiende, por mucho que me duela pensar que Linda tiene un amante, prefiero que haya pasado la noche con él y no que le haya ocurrido un accidente…

 

-No, no, claro que sí te entiendo, por supuesto… Dios mío, sí, ojalá que no le haya ocurrido nada serio… ¿te comunicaste ya con la policía?

 

-Todavía no.

 

-¿Por qué no hablas con Jimmy Harris?

 

Dave estuvo casi a punto de decir: «Él me dijo que iba a salir de la ciudad». Se contuvo a tiempo.

 

-Él me dijo…

 

-¿Cómo?

 

-Que sí, que por supuesto le voy a hablar a Jimmy Harris.

 

-Dave, escúchame una cosa: ¿de cuándo acá te preocupa que Linda tenga un amante? No seas hipócrita. Soy la mejor amiga de Linda y sé cómo están las cosas. Ella no te quiere ya, y tú tampoco. Lo que tú has querido siempre de ella es el dinero…

 

-Julie, tú no estás dentro de mí. No tienes derecho a decirme que no la quiero. Tú no puedes imaginar la angustia, el dolor que tengo, la espantosa preocupación…

 

-Perdóname, Dave. Sí, yo no soy nadie para juzgar a los demás… por favor, tenme al tanto de lo que pase, ¿quieres?

 

-Por supuesto, Julie, adiós…

 

-Adiós, querido…

 

Dave colgó el teléfono. Dave querido, querido Dave, Linda querida, querida Linda. La vida era así. Querido amigo, amigo querido. Querido cliente, querida señora, querido Chuck. Todos decimos querernos y muy pocos nos queremos. Casi nadie nos queremos. Él sólo quería a una persona en el mundo, en el universo: a Olivia.

«Dave querido, querido Dave, Linda querida, querida Linda. La vida era así. Querido amigo, amigo querido. Todos decimos querernos y muy pocos nos queremos. Casi nadie nos queremos»

Para hablar con el señor Lagrange prefirió hacerlo con el teléfono inalámbrico. Tenía ganas de caminar por la casa mientras hablaba con él. Pensó que eso le daría fuerzas. No hacía mucho Dave había descubierto que tenía varios estilos, hasta entonces inconscientes, de hablar por teléfono. Cuando hablaba con los clientes de la agencia ponía los pies en el escritorio. […] Cuando le hablaba a Linda, antes de casarse con ella, desde su departamento de Lombard Street, más de una vez Dave se sorprendió a sí mismo contemplándose en el espejo del lavamanos, como si se preguntase qué parte de su cara: sus ojos, su nariz, su boca o su barba, le gustaba más a ella. […] De regreso a la sala encendió otro cigarrillo con la colilla, aspiró hondo el humo y marcó el número de Lagrange en Dallas. Lagrange contestó personalmente.

 

-¿Señor Lagrange? Habla David, David Sorensen.

 

-¿David? Pásame a Linda. Ya sabes que contigo no tengo nada de qué hablar…

 

-Linda no está conmigo, señor Lagrange…

 

-¿Qué quieres? Te advierto que voy a colgar el teléfono.

 

-Señor Lagrange…

 

-Voy a colgar.

 

-Señor Lagrange, Linda no vino a dormir.

 

-¿Cómo?

 

-Linda no vino a dormir. Pasó la noche fuera. Quiero saber si se fue a Dallas a verlo a usted.

 

-¿Linda? No, Linda no está aquí. ¿Cómo que no fue a dormir?

 

Dave sacudió la ceniza de su cigarro en la maceta de la aspidistra.

 

-No ha venido en toda la noche.

 

-¿Estás borracho? Pásame a mi hija.

 

-Linda no está, la esperé toda la noche. Me quedé dormido en la sala a las tres de la mañana. Me desperté a las cinco. Tiene usted que entenderme, señor Lagrange, Linda no vino a dormir.

 

-Pero ¿qué le hiciste? ¿Qué sucedió?

 

-Tuvimos una discusión, señor Lagrange… -dijo Dave, aspiró el humo de su cigarro y tiró la ceniza en el vaso donde había tomado whisky.

 

-Como le hayas tocado un cabello a mi hija, te mato, David, te mando matar…

 

Dave caminaba a grandes pasos por la sala.

 

-No sé de qué habla, señor Lagrange. Le suplico que me comprenda. Adoro a Linda. Lo crea usted o no, es el gran amor de mi vida y estoy preocupado, muy preocupado: Linda y yo quedamos de vernos anoche aquí, a las ocho, para ir a cenar fuera. Vino, pero tuvimos una discusión y se fue, como le dije, se llevó su coche y no regresó. ¿Entiende usted, señor Lagrange? ¿En tiende usted?

«Como le hayas tocado un cabello a mi hija, te mato, David, te mando matar…»

De nada le sirvió a Dave gritarle a Lagrange. Lagrange le gritó más fuerte.

 

-Sí, sí sabes de qué te estoy hablando. No toques a mi hija. Devuélvemela intacta. ¿Ya hablaste con Julie Simmons? ¿Con Jimmy Harris? ¿Dónde está Linda? ¿Dónde?

 

Dave sabía que el viejo tenía una intuición formidable. Nunca confió en Dave. Lo despreció siempre. No quería saber nada de él. Sólo que se largara. Que dejara en paz a Linda. Que acabaran de divorciarse de una vez por todas. No, no quería hablar con él, pero le dijo de nuevo todo lo que pensaba de él, se lo gritó, vociferó su odio, lo vomitó:

 

-Devuélveme a mi hija intacta, Dave, ¿entiendes? No te atrevas a tocarle un cabello… Intacta o te mando matar, te lo juro… te mando matar…

 

-Pero, señor Lagrange…

 

Lagrange colgó el teléfono.

 

El cigarro de Dave estaba casi consumido y la ceniza regada por todas partes: una pizca en el florero de las plumas de pavo real, otra en el vaso de whisky, otra más también en la alfombra. Dave apagó la colilla aplastándola contra la superficie de una mesa china barnizada con laca negra. Tenía deseos de ensuciar todos los muebles, de estropearlos, de manchar todo, de llenar la casa de ceniza, de quemarla hasta sus cimientos. Cabrón viejo, dijo en voz alta, hijo de la chingada. Se sentó en la mecedora blanca con cojines rojos y marcó el número de Chuck.

 

Chuck estaba de un humor espléndido, el día está precioso, le dijo, y se iba a pescar, no tienes de qué preocuparte, la palomita se fue del nido, búscala en Cancún, en el Meliá, su hotel favorito, ¿te acuerdas?, el de los jardines colgantes, cómo que ya le hablaste a Lagrange, el viejo va a hacer un escándalo, a estas horas toda la policía de San Francisco, qué digo de San Francisco, de toda California sabe que tu mujer no pasó la noche contigo, cómo que visitar los hospitales, no, viejo, a Linda no le ha pasado nada, simplemente se fue de parranda, el mal ejemplo que tú le das… y, por supuesto, te ayudaré en todo lo que necesites, estamos en contacto.

 

Dave tuvo el impulso de hablar a casa de los Harris. Sabía que no iba a encontrar a Jimmy y que la muerte, o en todo caso la agonía de la madre de Dorothy, había destruido la trampa destinada a su yerno: el hallazgo de la tarjeta de crédito de Jimmy ya no iba a servir de nada. Tenía que hablarle a la policía y de eso no había escapatoria. Pero podía posponer la llamada por unas dos horas, tiempo suficiente para poner el anónimo en un buzón de Daly City y llevar después el Neón rojo a un servicio donde no lo conocieran, para que, con una buena lavada que incluyera el chasís, desapareciera cualquier posible huella -yerbas, quizás lodo- del camino a La Quebrada. Y al regreso, por la misma razón, tendría que barrer el piso de la cochera. Sólo entonces hablaría con la policía, con Chuck O’Brien, visitaría con su amigo los hospitales, haría, en fin, lo que fuera necesario hasta el momento en que todo daría un vuelco cuando se comunicaran con él los secuestradores de Linda. Es decir, hasta el momento en que él dijera haber recibido una comunicación de ellos… Cuando se estaba peinando, se descubrió una pequeña herida en la frente. Recordó entonces que se la había lastimado al apoyarla en la placa del Daimler.

Fuente original: La Gaceta del Fondo de Cultura Económica

elportalvoz@ateiamerica.com

 

 

10 de agosto de 2017


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