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Helene Hanff

LETRAS EN FEMENINO

Helene Hanff, la mujer que amaba los libros

De origen irlandés, pobre, aventurera, sin formación académica ninguna e irreverente tuvo una historia de devoción literaria

Renán Silva

Universidad de Los Andes (Colombia)

Tengo sobre la mesa donde trabajo un libro de lindísima edición, que nunca antes había leído[1]. No es un libro reciente. Incluso, el libro está en el origen de una película titulada de la misma manera, que parece que tuvo una gran repercusión y que fue protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins; había sido antes objeto de una obra teatral (en Inglaterra, y no sé si en los Estados Unidos, aunque este dato sí me resultaba más difícil de conocer).

 

Se trata de la correspondencia que por cerca de treinta años sostuvo con una librería de segunda de Londres la escritora Helene Hanff, de origen familiar irlandés, pobre, aventurera, sin formación académica ninguna, irreverente, de lengua suelta y de un humor a toda prueba. Una escritora que poco conoció del éxito literario en su vida, que fracasó como escritora de teatro, que mal vivió de escribir textos didácticos sobre la historia de Estados Unidos, y sobre todo, de escribir guiones para seriados de televisión -remató su larga existencia con algún tipo de reconocimiento, aunque con la cartera vacía, e imagino que sin cuenta bancaria-.

 

El asunto comienza de la manera más sencilla: la señora Hanff quiere procurarse libros para su insaciable voracidad literaria -es una mujer culturalmente en formación como autodidacta-; lee ante todo en inglés, y su preferencia está por los lados de la literatura inglesa de ayer, y no tiene la más mínima consideración por las ediciones que de ella se hacen, cuando se hacen, en Estados Unidos. Ha chocado, ésa es la palabra que debe usarse, con la venta londinense de libros de segunda, y comienza con sus dueños, los señores Mark y Cohen, de inevitable origen judío, una larga correspondencia en la que ella pone las condiciones iniciales, entre ellas, que ninguno de los volúmenes que comienza a solicitarles pase de cinco dólares, que es lo máximo que puede pagar (un vecino amigo suyo le hará lo que ella llama la «traducción», es decir, la conversión a dólares de la moneda inglesa, lo que también harán a veces Mark y Cohen, que rápidamente, como buenos libreros de ayer, le toman enorme simpatía).

 

Mark & Co. son gentes responsables en el cumplimiento de su trabajo, precisos en los envíos, que van siempre acompañados de su factura respectiva, pacientes con las urgencias de la escritora, dedicados en la búsqueda de los volúmenes solicitados, cuidadosos en la descripción de los volúmenes requeridos, cuyas señas editoriales iniciales son proporcionadas por la propia escritora, de una forma muy especial, pues no se limita sólo a caracterizar la edición, sino que pasa a calificar el mundo de los editores, las condiciones estéticas del volumen, la prosa del escritor, el aburrimiento o el placer que le produce alguna obra, y avanza hasta calificar la propia historia y cultura inglesas, con las que se relaciona -¡como debe ser!- de la forma más tranquila y humana posible, sobre la base de su derecho como interesada y como lectora comprometida pasionalmente con las páginas que lee, incluso sin poner por delante su condición de escritora, así fuera de una que se encuentra por fuera del encumbrado podio de las letras de su país, que a mediados del siglo XX tiene ya todas las condiciones de industria cultural para tener su Top Ten, sus prestigios consolidados, sus escritores enriquecidos, su confusión permanente desde esa época entre la escritura y el estrellato, entre el trabajo literario y la vida social mundana... Desde luego, en el campo de lo visible, E. A. Poe es cosa del pasado remoto... aunque muchos Poes aún puedan vagar por ahí.

 

Pero en 1949, cuando la correspondencia se inicia, Inglaterra es una sociedad pobre, arrasada aun por los efectos de la Segunda Guerra, en lenta recuperación y sometida al racionamiento estricto, al que se controla con «carnet», al del huevo semanal... Helene Hanff, que lo sabe, ha logrado averiguar que en Dinamarca existe una agencia que, con precios módicos, envía a Inglaterra, en este caso a Londres, toda clase de alimentos, de esos que por ahora resultan imposibles de encontrar (o de comprar) en Londres, para el común de los mortales. Así que en adelante, y durante varios años, hasta los fines del racionamiento, las informaciones y preguntas literarias y el envío de libros serán ampliamente sazonados con carnes de ave, con huevos, con galletas y compotas, y con una gran variedad de alimentos, siempre pasados por el condimento repleto de humor de los comentarios sobre la literatura, la época, las celebraciones navideñas, y la permanente ironía de la escritora y de sus corresponsales sobre la vida social y cultural, sobre las costumbres, de los dos lados del Atlántico.

 

Por la continuidad misma del intercambio -cartas y cartas que terminaron extendiéndose por cerca de treinta años-, que por el camino terminaba comprometiendo a casi todos los empleados de la librería, por los constantes envíos de la parte en especie del pago por los libros, por las confianzas que la escritora se tomaba hablando sobre las celebraciones familiares de los empleados (pide noticias de las familias enteras y ofrece noticias casi completas de su entorno, de sus movimientos por la ciudad, de sus trabajos, de su falta de dinero, de sus mudanzas de vivienda), Helene Hanff terminó siendo una parte muy importante para el 84, Charing Cross Road, a pesar de que el monto de sus compras era limitado, y de ninguna manera se trataba de una gran cliente rica del otro lado del mar.

«Una escritora que poco conoció del éxito literario en su vida, que fracasó como escritora de teatro y remató su existencia con algún tipo de reconocimiento, aunque con la cartera vacía»

Fue el amor por los libros, una idea responsable y culta, en parte hoy extraviada, de lo que significa vender un libro (imposible pedirla a cualquiera de los amazon de este mundo), el valor que se otorga a la amistad, cuando se construye sobre verdaderos intereses, y el desparpajo y el humor que desafían las normas convencionales de las relaciones sociales, respondidos con la misma dosis, dentro de un clima alegre de consideración y aprecio, lo que hizo que esa correspondencia se estirara en el tiempo y fuera haciéndose cada vez más la expresión de lazos que con los años se mostraron fortalecidos, entre gentes que no se veían de manera directa -aunque algunos de los empleados le envían a Helene fotos familiares-, vínculos que no se basaban en parentescos de sangre ni en intereses económicos, y que se sostenían sobre la letra tenue de cartas que fueron constantes, aunque nunca muy extensas.

 

Una expectativa termina repitiéndose de manera permanente luego de iniciada la correspondencia y afianzados los lazos de mutua confianza: ¿cuándo irá Helene a conocer el Londres literario que tanto admira y a visitar a esos «parientes lejanos», que son su gran familia y a quienes nunca ha visto? Para Helene, Londres siempre será un sueño incumplido, que la falta de dinero y las ocupaciones para ganarlo siempre impidieron, de tal manera que por el camino los empleados-corresponsales cambian a veces, se mudan a otros países, comienzan a tener familias con hijos que ya avanzan hacia el mundo adulto, y desde luego algunos empiezan a morir, sin que el viaje de la escritora a Londres, en donde tenía, desde luego, comida y cuarto asegurados, pudiera cumplirse.

 

En sus últimos años, presente ya el reconocimiento social que algo la acompañó al final de su vida, Helene irá a su Londres tantas veces deseado, para encontrar la ausencia de sus viejos benefactores Mark y Cohen, que han muerto, y buscar con el corazón anhelante una librería que tiempo atrás había desaparecido.

 

Al final de la correspondencia -bueno casi al final, pues Helene morirá en una residencia para ancianos-, nos encontramos con una escena inolvidable; la escritora en su apartamento modesto de Nueva York, en medio de sus libros comprados de segunda mano a través de sus queridos libreros de Londres, y en el centro de la habitación, el aviso de la Librería, robado en Londres para la escritora por uno de sus admiradores, luego que su vida, posiblemente a raíz de la película y de la publicación de la correspondencia, adquiriera cierta notoriedad.

 

Los buenos epistolarios siempre serán objeto de interés para las gentes, y entre ellas, para los historiadores. Pero no lo serán siempre por los mismos motivos. Aunque, no sin razón, los editores indican que se trata de «Una pequeña joya que evoca el lugar que ocupan en nuestra vida los libros y las librerías», habría que decir con más énfasis aun que esta correspondencia pone ante todo de presente el valor de la amistad, la importancia del humor y la ironía, la necesidad de vivir más allá de algunas convenciones sociales que no hacen fácil la existencia, al tiempo que, en el caso preciso de Helene Hanff, nos ponen en la ruta de reflexión sobre eso que Nietzsche llamaba la «búsqueda de una existencia artística», como resistencia contra la cara fea del mundo.

Referencia

1. Hanff, Helene. 2002 [1970]. 84, Charing Cross Road. Barcelona: Anagrama.

La Universidad de Los Andes comparte sus textos con El PortalVoz. Fuente: Revista de Estudios sociales

elportalvoz@ateiamerica.com

 

 

10 de julio de 2017

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