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Mario Vargas Llosa

CONVERSACIONES IBEROAMERICANAS

Vargas Llosa: «Los liberales sabemos bien que el liberalismo es una doctrina imperfecta»

El premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, defiende su convicción neoliberal y argumenta por qué no es la raíz de los populismos actuales

Vivian Murcia G.

@vivimur83 / @elportalvoz

«El gran enemigo hoy es el populismo, socava la democracia y, con ella, las libertades», así se pronuncia el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, sobre lo que él denomina «la enfermedad de las sociedades democráticas actuales».

 

Es curioso leer cómo los intelectuales de derechas y de izquierdas se unen bajo la amenaza materializada en las elecciones de Donald Trump, el brexit y la sombra del Frente Nacional en Francia, para defender su ideología ante el caos. Así, aunque el punto de llegada es el mismo -el rechazo a estos acontecimientos (todos elegidos democráticamente)- el origen, según quien lo explique, es bastante diferente.

 

El filósofo estadounidense, Richard Rorty señala en su libro Forjar nuestro país: el pensamiento de izquierdas en los Estados Unidos del siglo XX, que la repercusión de la globalización (entendida como una libertad de mercados) trajo toda una serie de posibles retrocesos: «el auge de demagogos vulgares y corrientes, un aumento de las desigualdades sociales y económicas, el comienzo de un mundo orwelliano, la protesta de quienes se han quedado al margen, una vuelta del sadismo, del resentimiento y de comentarios despectivos sobre mujeres e integrantes de minorías».

 

Rorty señala que el gran retroceso que se vive hoy es el resultado de la acción combinada de los riesgos de la globalización y del neoliberalismo económico: «los problemas que se derivan de una falta de control político de la interdependencia global afectan a sociedades que no están preparadas para hacerles frente ni institucional ni culturalmente». La socióloga y filósofa estadounidense, Nancy Fraser, refuerza este argumento. En el libro El gran retroceso, señala que el devenir de lo que se conoce como populismos es una respuesta social a una «economía amañada», a la necesidad de una «revolución política» y, sobre todo, -o raíz del problema, si se quiere-, a «los costes sociales del libre comercio neoliberal, la financiarización y la pésima distribución de esos costes». Fraser señala que la falta de una verdadera izquierda que defienda el desequilibrio que produce el libre mercado, ha generado, consecuentemente, sociedades desiguales con el gravamen de que los pobres no son defendidos. El ejemplo de Fraser es la Administración de Bill Clinton que «se dedicó a cortejar a Wall Street, entregó la economía de Estados Unidos a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció los acuerdos de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Por el camino quedó el Cinturón de Óxido, el antiguo cinturón industrial que había sido bastión de la socialdemocracia del New Deal, y que en las últimas elecciones le sirvió en bandeja a Trump el colegio electoral».

 

La postura de Vargas Llosa es opuesta: la culpa no es del liberalismo económico que, según él, es consciente de una necesidad de corrección. En estas palabras, el Nobel peruano, defiende la doctrina liberal, negando que sea la causa del populismo, para él el problema surge de una democracia enferma que, cual cáncer, puede acabar con ella desde dentro.

 

Estas palabras las ofreció en el marco de la presentación del libro El estallido del populismo (Planeta), que recoge ensayos de varios economistas y académicos y que fue coordinado por su hijo, Álvaro Vargas Llosa.

 

¿Qué es exactamente el populismo?

Mario Vargas Llosa: Una posible definición es el conjunto de políticas que sacrifican el futuro en nombre de un presente efímero. En Perú, mi país, por ejemplo, el primer gobierno del presidente Alan García definido o elegido democráticamente, optó, como una de sus primeras medidas, paralizar todos los precios y subir todos los sueldos. Inmediatamente su popularidad se disparó, la gente tenía una capacidad de compra formidable y, nadie, o muy pocos peruanos, advirtieron que esa política era muy peligrosa porque al corto plazo iba a provocar una inflación. Efectivamente ocurrió, Perú tuvo la inflación más alta del mundo en un momento dado, como le pasa hoy en día a Venezuela. Los peruanos sabemos que la recuperación costó sangre, sudor y lágrimas.

 

¿Qué peligros están insertos en el populismo?

Uno de los peligros que tiene el populismo es que conecta con los instintos que están profundamente arraigados en los seres humanos. Lo explica muy bien Karl Popper, en su libro La sociedad abierta y sus enemigos. Popper dice que cuando hay una transformación importante, por ejemplo la globalización en nuestro tiempo que ha sido enormemente positiva, sobre todo, para los países pobres que quieren ir hacia el desarrollo, se produce un enorme desconcierto en quienes están acostumbrados a una cierta rutina y, de pronto, tienen que enfrentar lo imprevisto, un futuro absolutamente incierto. Lo mismo pasa cuando hay una crisis económica profunda. Él (Popper) se pregunta ¿cuál es la actitud natural inmediata frente a esta perspectiva desconcertante? Y responde: el regreso a la tribu, es decir al nacionalismo, volver a lo conocido hasta sentirse seguro.

 

El populismo es profundamente nacionalista y, si se escarba en la Historia, uno descubre que siempre en las raíces del nacionalismo está el racismo, la creencia de que hay razas superiores.

 

Populismo en Venezuela

El caso de Venezuela es el más dramático y el más práctico de lo que son las políticas populistas. Se trata de uno de los países, potencialmente, más ricos del mundo, que tiene en su subsuelo un verdadero mar de petróleo y hoy se muere literalmente de hambre. No sólo faltan comida y medicinas sino que, además, la existencia misma del pueblo se ve amenazada por la insensata política económica que ha llevado a este país a las orillas del abismo.

 

¿Cómo explicar el populismo en el mundo desarrollado?

Hay diferentes máscaras del populismo. Así, ha aparecido en países que contaban con una democracia sólida, como España o Francia y el caso de los países nórdicos es el de mayor sorpresa. En estos países, donde se había alcanzado un altísimo nivel de bienestar, donde parecía perfectamente integrada una sociedad acostumbrada a la convivencia, a la diversidad, de pronto hay unos brotes populistas, de nacionalismo exacerbado, y de racismo.

 

Hoy el populismo tiene una experiencia universal. Existe un populismo de izquierdas que, en España, encarna un movimiento como Podemos, hay un populismo fascista como el del Frente Nacional en Francia o como el de los Verdaderos Finlandeses, en el norte de Europa. Hay un nacionalismo encarnado por Donald Trump que, además, tiene una vertiente proteccionista, lo cual es una amalgama muy compleja entre izquierda y derecha. Hay un populismo totalitario que se vive en Venezuela y, por supuesto, uno dictatorial, comunista, como el que padece Cuba.

«Todos los demócratas sabemos que el sistema democrático es imperfecto y que es un sistema perfectible. El peligro del populismo es que no se enfrenta a la democracia sino que aparece como una forma superior de democracia» 

¿Usted cree que la democracia requiere de algún tipo de corrección o de revisión a la vista de las consultas democráticas que han arrojado resultados como el brexit y la elección de Trump?

Todos los demócratas sabemos que el sistema democrático es imperfecto y que es un sistema perfectible. Su superioridad sobre los otros sistemas es que, generalmente, los otros sistemas son rígidos, se consideran perfectos, no admiten la crítica ni la autocrítica y creo que eso es lo que ha dado a la democracia su supervivencia y su superioridad, sobre, por ejemplo, el racismo, el comunismo y otros sistemas que fueron adversarios a la democracia y que se han ido extinguiendo, aunque haya rebrotes de ambas tendencias.

 

Hay democracias más avanzadas que otras, hay unas que lo son a penas en apariencia porque están corroídas por el populismo, pero precisamente porque admite la crítica, la libertad y la controversia es que la democracia puede ir superando los defectos que la aquejan.

 

El peligro del populismo es que no se enfrenta a la democracia sino que aparece como una forma superior de democracia. Parece apelar más a lo que son las necesidades de la gente, utiliza un voluntarismo que, desde luego, seduce muy fácilmente, sobre todo, a públicos no preparados. Los problemas no sólo se resuelven con paciencia sino también con sacrificio.

 

Yo me pregunto ¿qué va a ocurrir el día que la democracia vuelva a Venezuela?, reconstruir ese país va a exigir de los venezolanos, que han sufrido tanto, sacrificios quizás todavía más grandes que los que están sufriendo hoy en día.

 

¿Cuáles son los rasgos comunes que hacen que votantes de diferentes países como Venezuela o Estados Unidos elijan a mandatarios populistas?

Álvaro Vargas Llosa: Los populismos del centro-norte de Europa, es decir, las antiguos focos industriales de Europa, comparten rasgos con Estados Unidos en tanto se trata de una respuesta a la precariedad laboral. En Europa también hay un populismo mediterráneo que se vive muy fuertemente en España con Podemos o en Grecia con Syriza, este es un contexto muy distinto que yo identifico con la frustración en las expectativas de un desarrollo tardío y muy fuerte que, por ejemplo, en el caso español produjo una generación de jóvenes que se creyeron llenos de derechos y seguridades y un futuro luminoso que no se cumplió.

 

Por lo tanto, aquí tenemos un problema de frustración. En el norte de Europa hay, más bien, un fenómeno de desplazamiento, de pérdida de algo, los contextos varían mucho y explican, tal vez, el matiz y el tipo de votante populista. En el norte de Europa es el proletario tradicional, el que perdió el trabajo, en España el votante de Podemos es un joven de educación media o alta con una situación económica bastante tranquila y que se autodefine como de clase media o de clase alta, por lo tanto, es el opuesto al imaginario del votante de Podemos que dice representar a los sectores más vulnerables de la sociedad, cuando sus votantes son, en realidad, lo opuesto.

 

¿Qué opción ve para Venezuela?

Mario Vargas Llosa: El caso de Venezuela se explica primero con un gran desencanto hacia la democracia por parte de los venezolanos. Ese desencanto viene de la corrupción, de una democracia que no funciona, que no satisface todas las ambiciones, todos los anhelos puestos en ella. La corrupción es algo que desmoraliza tremendamente a una sociedad, sobre todo, en los sectores más populares. Creo que eso explica por qué Hugo Chávez se convirtió en un caudillo, en un personaje popular, luego de haber intentado un golpe de Estado que, como usted recordará, fue derrotado por un ejército constitucionalista que lo llevó a prisión, pero luego recibió el indulto por parte del presidente Rafael Caldera. Creo que la responsabilidad que tiene el presidente Caldera con ese indulto a Chávez es verdaderamente histórica.

 

Ahora, no se olvide que Chávez subió al poder a través de elecciones no una vez, sino cinco veces. Un país que había vivido muchas dictaduras que había gozado de la democracia, que había vivido democracias muy auténticas y, sin embargo, su tendencia populista le llevó a votar por el hombre fuerte, con la idea de que un caudillo podría resolver más fácilmente los problemas de Venezuela que las instituciones democráticas; el socialismo del siglo XX tomó medidas económicas absolutamente insensatas, probadas hasta el cansancio como fracasos sistemáticos, por todos los países que las asechaban y, sin embargo, se aplicaron en Venezuela y dieron el resultado que desgraciadamente estamos viendo.

«La corrupción es uno de los grandes venenos de las instituciones democráticas y trae el desencanto que abre, en el  electorado, la puerta a los populistas» 

En España hay un hartazgo cada vez mayor con la clase política empapada de corrupción ¿Es la raíz de nuestro populismo?

Creo que la corrupción es uno de los grandes venenos de las instituciones democráticas y que el desencanto que trae en un electorado abre la puerta a que se acepten ideas o soluciones de tipo demagógico y populista, que ya sabemos que terminan destruyendo la democracia, por eso, creo que es tan importante por ejemplo, lo que está ocurriendo en Brasil.

 

El movimiento popular de Brasil es, claramente, un movimiento democrático que lo que quiere no es la destrucción de la democracia sino su purificación. Los brasileños, hartos de ver la corrupción generalizada en la que participaban la clase empresarial y los políticos de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, han salido a las calles a pedir que los ladrones queden presos y, afortunadamente, han encontrado a unos jueces que han asumido esa bandera y han mandado a la cárcel a los pillos. Esa es una manifestación formidable de un pueblo que lo que quiere es que haya una democracia genuina.

 

El fenómeno de la corrupción, por desgracia, es muy extendido por América Latina. Sin duda, en la región hay un enorme progreso, cuando yo era joven lo que había en América Latina eran dictaduras y hoy en día lo que hay, sobre todo, son democracias, pero en algunas de ellas la corrupción está verdaderamente socavando todas las instituciones. Eso es lo que ha motivado esa movilización extraordinaria popular en Brasil y, si ese movimiento tiene éxito, será un gran ejemplo no sólo para América Latina sino para el mundo.

«Con el liberalismo viene una política económica que trae un gran progreso a las sociedades y, al mismo tiempo, crea desigualdades, pero esas desigualdades nacen de lo que significa la distinta contribución que hacen los individuos a la sociedad»

Usted ha sido, abiertamente, defensor del neoliberalismo económico. ¿Qué autocrítica y qué grado de responsabilidad puede tener el liberalismo si, como lo señalan intelectuales como Nancy Fraser, es el origen de «empleos precarios, desigualdades sociales y el denominado establishment, entendido como la unión de políticos y grandes conglomerados bancarios y económicos?

El liberalismo es una doctrina, no es una ideología, en ese sentido religioso que tienen las ideologías. En el liberalismo hay, digamos, algunos valores básicos más o menos compartidos por todos los liberales y luego hay diferencias enormes. No sé si usted ha asistido alguna vez a una reunión de liberales, pero le digo que son divertidas porque lo que hay, sobre todo, son disidencias, distancias enormes entre uno y otro, lo que expresa la naturaleza misma de lo que es el liberalismo: una doctrina profundamente democrática que parte del principio de la tolerancia, además, tiene la convicción de que no hay una doctrina perfecta, los liberales sabemos que todas las doctrinas son imperfectas, así como no hay democracia perfecta. Ahora, pienso que lo que hay que buscar es un sistema que permita la perfectibilidad, que permita una crítica, una autocrítica constante que vaya señalando lo que vaya mal y que vaya justamente corrigiendo todo lo que se pueda.

 

Los grandes, digamos, hallazgos, los jalones fundamentales de la civilización vienen de una cultura democrática y liberal, vienen de la tolerancia que no existía en el pasado con el fanatismo absoluto y detrás del fanatismo venían las guerras.

 

Con el liberalismo viene, además, una política económica que trae un gran progreso a las sociedades y, al mismo tiempo, crea desigualdades, pero esas desigualdades nacen de lo que significa la distinta contribución que hacen los individuos a la sociedad. Esta es una realidad que deberíamos aceptar. Lo que no podemos aceptar es que hayan privilegios, estos son intolerables para los liberales. Nosotros (los liberales) estamos en contra de los privilegios, es la razón por la que estamos en contra de los monopolios y en contra de los subsidios, creemos que la competencia debe funcionar lo más naturalmente posible y que sea esa competencia la que determine el éxito de algunos o el fracaso de otros.

 

Ahora, eso de ninguna manera impide que una sociedad liberal ayude a quien no puede ayudarse, que cree en un sistema en el que no haya excluidos, en el que los lobos no tengan derecho a comerse a los corderos como dice Isaiah Berlin. Proteger a los corderos significa proteger a los desvalidos, a quienes no pueden valerse por sí mismos. Yo le pregunto a usted ¿cuáles son las sociedades donde esos desprotegidos están más desvalidos? Pues son las sociedades democráticas y liberales, no son las sociedades ni fascistas, ni comunistas, ni las populistas. Ahora, ¿el liberalismo es imperfecto? Sí, desde luego que es imperfecto, pero los liberales sabemos muy bien que es una doctrina que puede ser corregida y reflexionada desde dentro y, la verdad, es que los mayores avances que ha tenido la humanidad, la civilización vienen de una cultura democrática y liberal.

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12 de junio de 2017

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