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Alicia Alonso, bailarina cubana

PATRIMONIO IBEROAMERICANO

El Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso

Inaugurado en 1938, lleva el nombre de la bailarina más internacional de Latinoamérica

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Es la institución teatral en activo más antigua de América Latina. El Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso fue inaugurado, con este nombre, en 1938. En sus inicios, fue nombrado Teatro Tacón en honor al capitán general Miguel de Tacón y Rosique, gobernador de Cuba entre los años 1834 y 1838. Su importancia en Iberoamérica y el mundo es de tal magnitud que basta con mencionar que en 1846 se decidió instalar iluminación de gas, un avance importante para los espectáculos en vivo y una tecnología de la época que llegó al Liceo de Barcelona dos años después, en 1848.

 

Como se señala en el documental Teatros Nacionales -que las televisiones integrantes de Centroamérica y El Caribe en Red, iniciativa de la Televisión Iberoamericana–Programa TEIb han desarrollado-, el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso está a la altura del Teatro San Carlos de Nápoles o de La Scala de Milán. Su recorrido histórico, su importancia en el desarrollo de las artes y su prestigio en la calidad de las obras que alberga, lo hacen ser parte del patrimonio iberoamericano con mayor impacto internacional.  

 

Resistió el ciclón de 1946 que se llevó por delante a otras edificaciones que hacen parte del casco antiguo de La Habana, lo que se convirtió en una prueba de fortaleza no sólo de su magna estructura colonial sino, además, de su solidez cultural. Desde entonces, por sus escenarios han desfilado las más prestigiosas figuras y compañías de ballet, ópera y drama extranjeros, entre ellas las bailarinas Fanny Elssler y Anna Pávlova; las actrices Sara Bernhardt y Eleonora Duse; los cantantes Enrico Caruso, Titta Rufo, Victoria de los Ángeles y Teresa Berganza; el Ballet Kirov de Leningrado y el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart; así como el gran mimo francés Marcel Marceau.

 

Esos grandes nombres llegaron atraídos a este teatro por quien fuera su directora, precursora, Prima Ballerina Assoluta y fundadora del Ballet Nacional de Cuba: Alicia Alonso (La Habana, 1921).

 

Este teatro que ha tenido varios nombres como Gran Teatro Nacional, Teatro Estrada Palma y Teatro García Lorca, hoy lleva el nombre de Alicia Alonso en homenaje a la bailarina viva más importante del mundo. Además, es la casa del Ballet Nacional de Cuba que Alonso fundó en 1948.

 

El baile, la elegancia, la belleza con nombre cubano

«No se puede hablar de la danza del siglo XX sin hablar de la aportación de Alicia Alonso y de todo lo que todo son sus coreografías», asegura Ramona de Saá, directora de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba, en un documental de Televisión Española dedicado a Alicia Alonso.

 

En ese mismo vídeo, figuras como Montserrat Caballé, Carmen Caffarel, Víctor Ullate y Pablo Milanés, entre otros, describen a Alonso como «el mito» de la danza. «Una mujer que con mucho trabajo, mucha elegancia y, sobre todo, convicción ha elevado al ballet cubano a la más alta esfera mundial».

 

Alicia se fue muy joven a Estados Unidos porque en Cuba no había un lugar para formarse como bailarina profesional. Fue allí donde la descubrieron los medios de comunicación y, con ellos, el público. Alonso era la segunda bailarina del American Ballet Theatre en la interpretación de la obra Giselle. Una noche de 1943 la primera bailarina de la compañía, la británica, Alicia Markova, enfermó. El espectáculo tuvo que seguir con Alonso como intérprete de la famosa pieza.

 

«La crítica de Estados Unidos descubrió en ella a una bailarina excepcional. El protagonismo de Giselle duró sólo una noche porque al día siguiente cuando volvió Markova, Alicia volvió a ocupar su puesto en la compañía. Con el tiempo, le volverían a dar la oportunidad de interpretar. Yo creo que Alicia nació para que no muriera Giselle», asegura Alberto García, director del Instituto Universitario de Danza Alicia Alonso.

Alicia Alonso: «La danza es como un árbol que da frutos, esos frutos pueden llevarse por todo el mundo para ser disfrutados, pero el árbol, la raíz, siempre ha sido Cuba»

La prensa la hizo famosa, pero su trabajo constante fue el que le permitió mantenerse en lo más alto. Después de Giselle llegaron el Grand Pas de Quatre y La Bella Durmiente del Bosque para la Ópera de París, La Fille Mal Gardée en la Ópera de Praga y diferentes presentaciones como La Bella Durmiente en el Teatro de la Scala en Milán, Giselle en la Ópera de Viena y en el teatro San Carlos de Nápoles y, además, fue la primera bailarina del hemisferio occidental en actuar en la entonces Unión Soviética y la primera representante americana en bailar con el Bolshoi y el Kirov en los teatros de Moscú y Leningrado (San Petersburgo).

 

«En Estados Unidos me quisieron cambiar el nombre y la prensa, muchas veces, hizo referencia a que sabía bailar, pero con un estilo latino. Me quisieron poner un apellido que sonara a ruso (Alonsov) y yo me negué», asegura Alonso en una entrevista a Televisión Española.

 

«Se niega a dejar sus raíces cubanas. Ella se reconoce y quiere que la reconozcan orgullosa de ser una latina y bailar así», comenta Alberto García.

 

Eso sí, se acortó el nombre. Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, como fue bautizada, se dio a conocer como Alicia Alonso. La fama en Estados Unidos y en países de larga tradición dancística como Italia, Francia o Rusia, la llevó a disfrutar del reconocimiento y de una forma de vida que no podría llevar en Cuba. Sin embargo, sus viajes continuos a Cuba hicieron que Alonso no desconectara con su país. De hecho, cuando el régimen de Batista fue derrocado y llegó al poder Fidel Castro, Alicia encontró la oportunidad para lograr construir uno de sus legados: la escuela del Ballet Nacional de Cuba.

 

«La danza es como un árbol que da frutos, esos frutos pueden llevarse por todo el mundo para ser disfrutados, pero el árbol, la raíz, siempre ha sido Cuba», comenta Alonso en un documental dedicado a su figura de Televisión Española.

 

«Ella quería construir una obra no perecedera, una escuela en la que los jóvenes cubanos, con un contexto de pobreza, tuvieran la oportunidad de formarse en la danza sin tener que salir de su país», asegura Alberto García, director del Instituto Universitario de Danza Alicia Alonso.

 

En la cúspide de su carrera Alonso se enfrentó al embargo cubano y decidió elegir el deseo de volver a Cuba para inaugurar su escuela de danza a cambio de renunciar a sus pertenencias en Estados Unidos. Alicia Alonso le propuso a Fidel Castro ayuda estatal para la fundación del Ballet Nacional y recibió una respuesta afirmativa.

 

El baile, la elegancia y la fuerza de Alonso empezaron a enseñarse a través de profesionales de alto nivel como las bailarinas Loipa Araújo, Aurora Bosch y Josefina Méndez, que junto a Alicia Alonso eran conocidas como «las cuatro joyas del ballet cubano».

 

La danza se ve con el alma

A los veinte años con una carrera como bailarina, maestra y directora del Ballet Nacional de Cuba comenzó su lucha contra la ceguera. Alonso fue diagnosticada con un desprendimiento de la retina progresivo que le exigía tratamientos intensos y descansos largos.

 

«Los médicos me recomendaron varios tratamientos y mucho reposo. El desprendimiento de la retina podía verse afectado con el movimiento por lo que me pedían dejar de bailar, algo impensable para mí. Pasé un año en una cama en Cuba, pero siempre pensando en el baile. Cuando iba al baño me ponía a hacer ejercicios a escondidas para que mi madre no me lo impidiera», comenta Alonso.

 

El tratamiento con cortisona para paliar el desprendimiento de la retina la hizo engordar. Tuvo que dejarlo porque ella quería seguir bailando, «antes de ver, prefiero bailar», asegura la artista. Alonso cuenta que empezaba a ver muy borroso e incluso veía sólo siluetas, su solución para seguir al frente de sus presentaciones era marcar puntos de referencia, como focos muy luminosos, para saber en qué parte del escenario estaba. Así siguió bailando hasta que la carrera de bailarina se lo permitió.

 

Ahora tiene 95 años, está casi ciega, pero su imagen sentada en un sofá dirigiendo con sus manos delgadas, dedos largos y elegantes y esos movimientos aristocráticos que hace con la cabeza llevando el paso de la coreografía de los jóvenes que hacen parte del Ballet Nacional de Cuba, hacen pensar que Alicia Alonso ve mucho más que cualquier otra persona porque es capaz de apreciar el baile desde el espíritu de profesional que lleva dentro.

elportalvoz@ateiamerica.com

 

 

18 de mayo de 2017


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