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Adela Cortina

EXCLUSIÓN SOCIAL

Cortina: «Rechazamos al pobre por naturaleza, pero es una actitud moldeable»

Adela Cortina habla sobre su libro 'Aporofobia, el rechazo al pobre', en el que explica por qué los humanos no sienten simpatía por los más vulnerables e insta a las instituciones políticas a «cumplir su deber de protegerlos»

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

La aporofobia es un término que proviene del griego άπορος (á-poros), sin recursos, indigente, pobre; y φόβος, (-fobos), miedo. Se trata de un atentado diario, casi invisible, contra la dignidad y el bienestar de las personas pobres y vulnerables, no sólo en recursos, todo grupo con un rasgo particular que alguien considere «amenazante», puede sufrirlo. El término no es nuevo. Los filósofos del Derecho lo han venido estudiando con el objetivo de establecer un marco jurídico que proteja a los más pobres y delimite los denominados delitos de odio, entre los que se cuenta a la aporofobia: el rechazo al pobre.

 

Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora del doctorado en Ética y Democracia, ahonda en el concepto de aporofobia con el objetivo de «hacer visible una realidad para poder facilitar un marco filosófico para el establecimiento de leyes y compromisos que las instituciones políticas deben cumplir con las sociedades actuales».

 

En su libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós), Cortina hace un recorrido histórico (biológico y cultural) del por qué los humanos, desde el comienzo de su vida en común, han respondido positivamente a los actos instintivos (y más primitivos) de exclusión, ya sea de una persona o un grupo determinado al que se oprime porque «no cae simpático o porque tiene una característica que parece amenazante», según Cortina.

 

Para la autora, el cerebro humano está determinado para el rechazo, es decir, «instintivamente rechazamos aquello que consideramos una amenaza». Pero «el cerebro tiene la peculiaridad de ser un órgano esencialmente evaluativo, es decir, que no es neutral, no es ajeno a los valores en su funcionamiento, sino todo lo contrario: realiza valoraciones inevitablemente para posibilitar la supervivencia», agrega la autora. Esa supervivencia, que tiene relación con la selección natural, ha dado lugar a que el cerebro evalúe y sea parte del proceso reflexivo que tiene una persona al tomar una decisión, en este caso, la de rechazar o no al otro.

 

«Nuestros cerebros están dispuestos al rechazo, por esto los valores desempeñan un papel fundamental. Somos iguales (los humanos) en cuanto a nuestro cerebro que, como estructura básica, rechaza al pobre, al vulnerable, pero también en el cerebro se da un razonamiento moral avanzado. En éste también están entrañados los valores (la compasión y la simpatía), por eso hay que entender que el cerebro es un órgano narrativo, que hila sus propios relatos neuronales. Curiosamente, el cerebro es más un procesador de historias que un procesador lógico, así, las historias atraen nuestra atención mucho más que los razonamientos. La idea de que el cerebro es una máquina que funciona como un mecanismo incapaz de valorar es inadecuada».

 

Pero, entonces, ¿estamos condenados a sentir aporofobia?

No. El determinismo no es el punto de llegada. La Filosofía ha reflexionado durante siglos sobre cómo entender, en sociedades desiguales, que todos somos dignos. El cultivo de los valores es un proceso fundamental. Por eso, aunque en cada persona existan tendencias en conflicto (rechazar contra acoger, por ejemplo) lo esencial es reconocer esta dualidad y reforzar los valores que creamos que valen la pena.

 

¿Es posible redirigir los sentimientos de rechazo naturales que, según  usted, están en el cerebro?

En un comienzo (en la Historia de la humanidad) se pensaba que los pobres siempre estarían allí, que eran parte de la estructura social y que hacia ellos no había ninguna obligación. Los primeros que se ocuparon de los pobres fueron las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam), que predican una actitud de ayuda con el prójimo. Poco a poco, se ha superado la visión de que el pobre es una preocupación meramente personal o de un grupo en concreto y se ha empezado a entender que ayudar al pobre es un deber.

 

Es muy importante el salto que se dio en reconocer que las comunidades políticas (hablo de todas, desde los estados, los ayuntamientos hasta los grupos más pequeños) deben construir las oportunidades para ayudar a las personas a salir de la pobreza a través de unas garantías jurídicas. Es lo que se conoce como el conjunto de políticas sociales del Estado de Bienestar.

 

Cuando en la sociedad se dan las normativas para que los comportamientos sean más simpáticos y se refuerzan estos comportamientos, a través de la educación en ética y valores, por ejemplo, se puede moldear un comportamiento que, por naturaleza nos hace ser excluyentes.  

  

Evidentemente, hay un desafío biológico, cultural, político y social. Naturaleza y cultura se influyen mutuamente, de forma que podemos decir que la construcción de nuestro cerebro es bio-social, que el aprendizaje y la experiencia están entremezclados (el cerebro también aprende por imitación, que se comprueba con la teoría de las neuronas espejo). Será, pues, clave la educación formal y social (informal), serán esenciales las decisiones tomadas a lo largo de la vida, pero también la creación de instituciones y organizaciones que refuercen el conocimiento de los sin poder.

 

Pero ¿Qué pasa cuando el ejemplo social son los discursos de Trump, los argumentos del Brexit y de Le Pen que, apelando a la libertad de expresión, han dejado abierta la puerta a la imitación de discursos del odio?

El tema central es: ¿en qué medida determinados discursos del odio pueden atentar contra la autoestima de las personas? El asunto está limitado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconocida por los países de Occidente. Ahora, es cierto que una sociedad como la norteamericana tiene experiencias diferentes a la europea. Si bien en Estados Unidos se aprobó aquello de que se puede decir con libertad cualquier cosa y que la gente después piense lo que quiera, ahora hay sentencias (jurídicas) que han ido rectificando esta actitud.  

 

Es cierto que en Estados Unidos se han visto cosas horrorosas como manifestaciones de grupos nazis en barrios judíos, apelando a su libertad de expresión y, por tanto, es peligrosa la defensa acérrima de la libertad de expresión, pero también es peligrosa su prohibición, como está pasando en Venezuela.

 

Ahora, el punto central de la discusión es que la libertad de expresión no se puede prohibir como tampoco se pueden permitir actos que, apelando a ésta, atropellen la dignidad de otra persona. En esto, creo que estamos de acuerdo, al menos en el Derecho, porque se han ido estableciendo criterios jurídicos que protejan a las personas de quienes, en nombre de la libertad de expresión, manifiestan sentimientos de odio.

«Cuando en la sociedad se dan las normativas para que los comportamientos sean más simpáticos, a través de la educación en ética y valores, por ejemplo, se puede moldear un comportamiento que, por naturaleza nos hace ser excluyentes»   

Pero cuando los jefes de Estado y los presidentes son quienes predican los discursos del odio, ¿cómo enseñar a la sociedad que gobiernan que su comportamiento es éticamente reprobable? (Es el caso de Donald Trump señalando a los inmigrantes, por ejemplo)

El caso de Estados Unidos es muy diciente de la aporofobia. Los discursos del odio han sido usados por líderes que han sabido manejar las emociones de las personas, como también pasó en Francia con Le Pen. Pero si vemos quiénes eran los seguidores de esos discursos nos encontramos con las personas que se sentían más vulnerables, no siempre pobres. Me impresionaba ver a los mexicanos -medianamente aceptados y acomodados en Estados Unidos- quienes daban su voto por Trump porque temían que esos otros -que eran sus connacionales- llegaran a su país de acogida y les robaran sus puestos, por precarios que fueran. Es el ejemplo de aporofobia máxima. Se mira al de al lado, al pobre que también está peleando por las migajas, y no al de arriba porque el de arriba (el rico) sabe que no está en esa lucha.

 

Combatir la aporofobia, de manera que los discursos del odio no sean tan efectivos, debe hacerse desde varias formas: a través de políticas sociales que deben garantizar los Estados de Derecho. No se puede apelar únicamente al buen corazón de ciertas personas u organizaciones y dejarlas solas ayudando al pobre. La aporofobia debe estar legislada como un delito, en España es reconocida como delito.

 

La segunda cuestión es que las instituciones políticas deben convencerse, y los ciudadanos deben exigir, el cumplimiento de las políticas sociales básicas para que la población tenga oportunidades. Y tercero, sin duda muy importante, es educar en positivo. En la escuela debe existir una asignatura de Ética que debe reforzar nuestras tendencias cerebrales de cooperación y solidaridad con el otro. Recordemos que éstas tendencias son tan instintivas y determinadas cerebralmente como el odio, así que se puede revertir el mecanismo de pensamiento para que se refuercen unas conductas sobre otras.

 

Las clases menos favorecidas se protegen en discursos como «pobres pero honrados» o «el cielo será para los pobres» en los que se apela a una cierta dignidad dentro de la pobreza, pero ¿hasta qué punto se ha perdido la dignidad del pobre?

Yo no sólo me refiero a la pobreza económica sino a una vulnerabilidad en general. El problema no es el pobre sino el aporófobo, como el problema no es el judío sino el antisemita. La mayor victoria de un verdugo es que su víctima se crea responsable de serlo y hasta llegue a aceptar su condición de víctima. Debemos educar en que quien pierde dignidad es quien se siente con el poder de quitárnosla.

 

En el antisemitismo la cuestión no era de odio al pobre, como lo deja ver en el libro con el ejemplo de Stefan Zweig quien fue perseguido por los nazis por judío no por pobre ¿El odio tiene las mismas raíces y mecanismos?

Claro, perfectamente. El antisemitismo iba en contra de todo un grupo porque el discurso del odio va siempre contra un grupo de personas que comparten una característica que el odiador considera que es horrorosa y que, haciéndola general, valida su sentimiento persecutor. En ese sentido, el rechazo no se diferencia entre el étnico y el económico, el odio siempre va dirigido al peor situado que bien puede ser, una persona diferente, con características distintas, o en condición de vulnerabilidad, una minoría o un pobre. Y traje a Zweig a mi libro porque él lo vivió y porque escribió en su novela La impaciencia del corazón lo que, para mí, es el antídoto frente a esta lacra:

 

«Existen dos clases de compasión. Una cobarde y sentimental que, en verdad, no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la emoción molesta que causa la desgracia ajena, aquella compasión que no es compasión verdadera, sino una forma instintiva de ahuyentar la pena extraña del alma propia. La otra, la única que importa, es la compasión no sentimental pero productiva, la que sabe lo que quiere y está dispuesta a compartir un sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas y aún más allá de ese límite».  

elportalvoz@ateiamerica.com

 

 

16 de mayo de 2017


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