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CON OJO CRÍTICO

¿Qué es formar audiovisualmente?

No basta con vestirse como director o hablar como desquiciado irreverente para ser contador de historias

Omar Rincón

EICTV

Todos creemos que nuestra vida es una película; imaginamos pasados y producimos futuros en forma de película. Definitivamente, el cine es muy importante para la existencia. Y para la cultura, porque, como dice el director de El colombian dream (2006), Felipe Aljure, sólo si nos vemos en las imágenes públicas sabremos por qué nos hemos venido matando y por qué debemos ser distintos.

 

El cine lo tiene todo: lenguaje, arte, estéticas, géneros, autores, estrellas, industrias, estudios, tecnologías, historias, espectáculo, festivales, universidades, expertos, críticos, publicaciones… Es un mundo autónomo, casi extraterrestre; sus habitantes son capaces de vivir sin untarse de realidad, ni caer en las banalidades de la vida de los comunes. La gente del cine habita su propia nebulosa. Y los terrícolas los admiramos, los vemos como dioses de este Olimpo siglo XXI que es el espectáculo. El cine nos enseña a pausar la realidad e ingresar en el mundo de la posibilidad. Allí fabulamos, creamos añoranzas e inventamos nostalgias.

 

El cine es mágico y todos queremos ser parte de él. Por eso hay muchos libros y muchos profesores que dicen que hacer cine es contar una buena historia, crear un guión, narrar sin perder el aliento, componer la imagen, intentar el encuadre, buscar la estética de lo sublime. Luego vamos y aprendemos; y hacemos malas películas (buenas, muy pocas). Porque se dice que el cine es fácil, pero va uno a ver, y los resultados son catastróficos. Lo que si se aprende de una y sin dolor es a «actuar el cine»: comportarse como director, hacerse el artista. Así, hay gente que sabe muchos nombres, que ha visto muchas pelis, que ha leído muchos textos, que ha tomado muchos cursos, que, cuando camina, se le nota el cine. Mas todo es puro simulacro: en eso no consiste saber audiovisual. Una cosa es saber mucho sobre cine, imagen y guiones (teoría, análisis, cultura) y otra es saber crear, producir, hacer y distribuir cine.

 

He ahí la pregunta clave: ¿qué es formar audiovisualmente? En el siglo XXI, para «aprender a pensar en imágenes» (términos de Arlindo Machado), debemos hacerlo en nuevos términos. He aquí algunos criterios para pensar la formación audiovisual en esta nueva era.

 

Hoy no tenemos más cine, sino audiovisualidad: cine, TV, series, vídeo, redes, internet, transmedia, videojuegos. Peter Greenaway diría: «La cuestión de ir a un lugar y mirar todos a un mismo sitio es un poco antigua (…) Ahora hay nuevas tecnologías que permiten nuevos crecimientos (…) No sigamos copiando al cine (…) Ya no satisface la imaginación. Hay que buscar nuevas formas de satisfacer la demanda humana de experiencias audiovisuales (…) y esas nuevas formas deberían alejarse de la narración tradicional ya que esas son propias de los libros»[1]. Se debe formar para el audiovisual y sus múltiples pantallas. Cada una de ellas implica una lógica narrativa y una estética, unas formas de interacción y un modelo de mercado.

«No basta con imitar a Tarantino o con decir, con irreverencia aprendida, que 'todo vale hongo'»

Narrar

Enseñar a contar historias. Para eso ya no basta con enseñar la estructura narrativa aristotélica de los tres actos, o la japonesa de los cinco, o ver la bellísima Demasiado amar o deconstruir Corre, Lola, corre. Hay que establecer diversos modelos de construcción de personajes, expandir las estrategias de estructuración de historias, intervenir los mecanismos para oír al mundo de la vida y encontrar los tonos culturales del relato.

 

Se debe aprender de los videojuegos, de esa pasión corporal por estar en los relatos e interactuar con esos mundos imaginarios, posibles según las intuiciones del jugador y las programaciones diseñadas por el autor.

 

Contar

Enseñar que las imágenes se hicieron para decir algo. Las narrativas audiovisuales no son para huir del mundo, sino para poder contarlo a través de diversas miradas. No basta con vestirse como director o seducir como actriz o hablar como desquiciado irreverente para ser contador de historias audiovisuales. No basta la buena letra, ni la buena imagen, hay que tener algo que decir. Hoy hay demasiadas imágenes, mucho cine, exceso de televisión, internet para todos, YouTube y videojuegos, pero no dicen nada. Sólo la nada habita el cielo audiovisual. Y es que para decir, para tener qué decir, para eso se necesita vivir, habitar la existencia, leer mucho, ir a museos, ver mucho cine pero, sobre todo, tener el deseo de conversar con el mundo que nos tocó en destino.

«Hay que enseñar que el entretenimiento no es pecado sino una virtud comunicativa»

Estética

Enseñar a hacer de las imágenes un manifiesto visual-sonoro. No basta con imitar a Tarantino o con decir, con irreverencia aprendida, que «todo vale hongo». También hay que saber que no todo es un comercial de televisión en el que sólo importan las imágenes planas que evitan el significado, y las estructuras obvias que sólo se saben imitativas. El ecosistema audiovisual es una máquina narrativa que interpreta cuando interviene estéticamente el mundo de la vida en tonos, texturas, formas, estéticas, intuiciones: más que sus temáticas o ideas son sus modos de pensar en imágenes lo que cuenta. Así, hacer una película es un acto de significación narrativa desde y en los modos de la cámara, las estrategias de edición, el diseño de los escenarios, la producción del gusto.

 

Entretener

Los mundos audiovisuales hacen parte y son la esencia de las culturas del entretenimiento. Y la forma entretenimiento es la que domina todos los ámbitos de la vida en el siglo XXI. Por eso hay que enseñar que el entretenimiento no es pecado sino una virtud comunicativa. Y también, que no asistimos al mundo audiovisual con intereses educativos o culturales; vamos para encontrar emociones y mundos posibles. Vamos a entretenernos, a dejar que el goce emocional tenga lugar. Y ese goce se da si hay juego y experiencia. Y se goza más si hay una reflexión sobre el mundo de la vida y si las imágenes hablan en tonos imaginativos y los autores rebuscan en el interior del alma contemporánea. El experienciar las obras audiovisuales es entretenido si al salir o terminar de ver intuimos que nos agregó algo al mundo de la vida.

 

Mercadear

Enseñar que hay que anunciar, exhibir y vender. No basta con hacer, hay que contarle al mundo que lo hemos hecho. Para salir de nuestro silencio, debemos gritar que estamos vivos, que queremos decir y que requerimos (casi rogamos) una mirada. El sólo hecho de que nos vean en un mundo donde todo está disponible es ya un éxito. El mercadear hoy es más complejo porque hay diversidad de redes y multiplicidad de pantallas para ver y producir las ideas.

 

El remix

Y para contar se toma de todos los modos de narrar, de todos los tonos, de todos los estilos para hacer mezclas, fusiones, samplings. Nada de purezas, todo es suciedades e hibrideces. Devenimos deejais (DJs) o narradores que le ponen ritmo y sabrosura a las prácticas audiovisuales de hacer, ver e interactuar la televisión.

«No lo hace a uno director de cine poner la palabra film, tampoco el despreciar la televisión»

Un laboratorio de formatos

Los modos de producir experiencias en lo audiovisual pasan por buscar otros modos de contar, otros formatos, otras experiencias; unas más cercanas a la ficción, que buscan el humor y diluyen la solemnidad, que asumen el ensayo. Todo puede ser, sobre todo, abandonar el clip como incontinencia visual y la tecnología como higienización de las imágenes, para ganar lo sucio, lo lento, lo contemplativo, las otras estéticas.

 

Los formatos y géneros asumen la desarticulación narrativa y el hackear los modos tradicionales de normalizar el relato. Se practican todas las temporalidades, se crea el flujo, se narra el hipertexto, se gana las inestabilidades. La historia durará lo que dure su historia, asumirá los tiempos que necesite, intentará no aburrir y contar en todos los tiempos culturales.

 

La plataforma audiovisual

No hay que seguir pensando en cine, o en televisión abierta o broadcasting o tv de cable; hay que asumir que habitamos un ecosistema de pantallas, conexiones, interacciones y narraciones (tv, redes, internet, celulares, aplicaciones…). La pantalla es la plataforma como Netflix, allí todo se puede ver, repetir y conservar; todo, mientras sean obras que asumen las formas de ver, gozar y experienciar el audiovisual en el siglo XXI.

 

Obra abierta

Enseñar el oficio más que el arte audiovisual. Se enseña el oficio, el arte depende de cada sujeto. Se puede enseñar a hacer una obra audiovisual según la pantalla que relate. No lo hace a uno director de cine poner la palabra film, tampoco el despreciar la televisión lo hace a uno director de cine, mucho menos el ver películas y analizar el cine lo gradúa a uno de autor de cine.

 

Hay que aceptar que no todos somos artistas pero todos sí podemos ser oficiantes de esta religión de las imágenes. Se debe enseñar que hacer obras audiovisuales es proveer de una experiencia sonoro-visual al espectador; provocar goces, placeres y emociones a quien habite el relato audiovisual; ganar sentidos diversos para la existencia, sentirse habitante de la libertad y lo humano.

 

Y eso es oficio. Eso es la fe en este oficio.

Omar Rincón es ensayista, periodista, profesor universitario, crítico de televisión y autor audiovisual. Investigador y profesor de Comunicación y Periodismo de la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia). Estudió dirección de cine en la Universidad de Nueva York.

Texto publicado por la revista 'Enfoco' de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, Cuba. www.eictv.org


[1] Peter Greenaway en “El cine ya no satisface la imaginación”. Entrevista realizada por Ezequiel Boettti (6 de junio de 2011). En www.pagina12.com.ar

 

 

16 de febrero de 2017


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