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José Luis Sampedro

LETRAS IBEROAMERICANAS

Homenaje a José Luis Sampedro y su 'Sonrisa etrusca'

Este año el escritor catalán hubiera cumplido cien años

Vivian Murcia G. / El PortalVoz

@vivimur83 / @elportalvoz

Vivía en un ático en plena Gran Vía de Madrid. Un lugar silencioso, lleno de libros y luz, el lugar perfecto para escribir. Allí recibía sin reparo a los periodistas quienes más que entrevistarle tuvieron ocasión de charlar con él. Como se puede leer en varias entrevistas que concedió al diario 'El País', José Luis Sampedro estaba dispuesto a la conversación larga y profunda.

 

Los periodistas que tuvieron el privilegio de conocerle accedieron a su mundo literario que era, también, su forma de vida. «Escribo con una pasión enorme, la pasión de expresarme. No hay trucos literarios», confesaba al diario 'El País'. Sampedro también fue una fuente de reflexión sobre la historia española, esa que tanto le pesó.

 

Nació en Barcelona el 1 de febrero de 1917, antes de la Guerra Civil española y antes de la Segunda Guerra Mundial. Vivió la Segunda República española, el período en el que la ilusión de sus ideas de izquierda -se reconocía como anarquista- logró su cúspide para, después, vivir una dictadura de la que salió abatido.

 

Se graduó en Economía y era recio defensor de «una economía más humana y solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos», un pensamiento completamente ajeno a la verticalidad que planteaba el totalitarismo de Franco.

 

Antes de que acabara la Guerra Civil escribió La estatua de Adolfo Espejo (1939) y, en 1947, La sombra de los días, que no vieron la luz hasta los años 90, cuando el caudillo ya estaba enterrado.

 

Sampedro siempre estuvo más inclinado hacia la parte sociológica de la economía. Pasó tres años junto a José Luis Aranguren, José Antonio Maravall y José Vidal-Beneyto en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociológicas, un centro privado nacido para contrarrestar a la universidad franquista. Durante el franquismo accedió a la cátedra de Estructura Económica de la Universidad de Madrid (1955), donde permaneció hasta 1969, para luego trabajar en el Banco Exterior. En estos años no cesó su actividad literaria y escribió la obra de teatro Un sitio para vivir (1955) y diversos libros de carácter económico en los que denunciaban los excesos del capitalismo.

 

Tras su jubilación, Sampedro se dedicó a escribir y durante esta etapa publicó algunos títulos imprescindibles para la literatura hispana como Octubre, Octubre, en la que trabajó más de 19 años y La sonrisa etrusca (1985), entre otros.

«El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido»

La sonrisa etrusca

Puede que Octubre, Octubre sea considerada como la novela más consolidada, o la más sólida, de José Luis Sampedro, sin embargo, todo aquel que haya leído La sonrisa etrusca se ha enfrentado al reto de no llorar.

 

La sencillez en la descripción hacen de este libro una de las novelas más limpias de la lengua española. La historia de un anciano viudo -como lo fue Sampedro- que sabe que sus días están contados a causa de una enfermedad a la que él denomina «la rusca» y se reencuentra con la vida a través de su pequeño nieto, hicieron de la novela una historia con la que cualquiera se podría sentir identificado.

 

La fragilidad de la vida, el sentimiento de los días contados y el inicio de una niñez que encuentra en un abuelo cómplice un amor infinito, difícilmente dejan indelebles a los lectores.

 

En el ático de Madrid, según lo cuenta 'El País', había en un rincón un triciclo. Sampedro reconocía al periodista «toda novela a la que uno se entrega podrá ser mala, pero es autobiográfica». El juguete pertenecía a su nieto con quien pasaba tardes de juego.

 

Resulta inevitable olvidar el final de La sonrisa etrusca en la que el abuelo contempla al nieto mientras este pronuncia nonno (abuelo) y al anciano se le esboza una sonrisa.

 

La novela la ambientó en Italia «en el fondo se podría contar igual con la historia de un extremeño en Madrid, por ejemplo, pero al público le cuesta más identificarse con el personaje de un mundo que él ya conoce y no se entrega tanto al personaje», aseguraba Sampedro.

 

Con igual sonrisa José Luis Sampedro recibió en 2010 la Orden de las Artes y las Letras de España y en 2011 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas. Su sordera le impedía dar entrevistas y fue su segunda esposa la encargada de transmitir los mensajes de felicidad ante los homenajes.

 

La sonrisa no era un gesto de felicidad superficial en Sampedro. Un hombre que había vivido los ires y venires de España, lo hicieron más pensador que sentimental. Así, al final de sus días, se le vio en televisión completamente indignado con la clase política de España y la debacle social provocada por los bancos.

 

Él, que había avisado de la derrota de los valores humanos frente al capitalismo, se murió en 2013 viendo a los españoles perdiendo lo que tanto había costado: el Estado de Bienestar.

 

Por eso, uno de sus últimos escritos fue el prólogo del libro ¡Indignaos! de Stéphane Hessel (2010) en el que Sampedro decía a los jóvenes:

 

«Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak.

 

(...) Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos.

 

(...) ¡INDIGNAOS!, les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas».

 

Y, como si Sampedro hubiese visto el peligro que el mundo actual vive con un personaje como Donald Trump al frente de la primera potencia mundial, escribió en ese mismo prólogo:

 

«El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Ghraib), muros, vallas, ataques preventivos y 'lucha contra el terrorismo' en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada 'globalización' financiera.

 

(...) No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del 'siempre más', del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes. Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!».

Foto: Archivo RTVE. 

 

 

1 de febrero de 2017


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