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  • Poporo Quimbaya 500 a.C. - 700 d.C.
  • Sala del Museo del Oro de Colombia.
  • Mujer Quimbaya 500 a.C. - 700 d.C.
  • Balsa Muisca 600 d.C. - 1600 d.C.
  • Ajuar Muisca 600 d.C. – 1600 d.C.
  • Pectoral Cauca 900 d.C. - 1600 d.C.
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  • Pectoral Tolima 700 d.C.

DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS

Visitar el Museo del Oro desde la discapacidad visual

El antropólogo Jorge Andrés Colmenares comenta su experiencia como ciego al recorrer uno de los museos más importantes de América Latina

Vivian Murcia G.

@vivimur83 / @elportalvoz

En el Libro de arena decía Jorge Luis Borges que «para ver una cosa hay que comprenderla». Borges se quedó ciego hacia sus 50 años como consecuencia de una enfermedad congénita.

 

La ceguera le impidió hacer lo que más le gustaba: leer. Por eso, pedía que le leyeran, en voz alta, también dictaba para, así, seguir escribiendo.

 

Puede que inspirado en el escritor argentino, el antropólogo colombiano Jorge Andrés Colmenares Molina decidiera que su discapacidad visual no le interrumpa el acceso a la cultura.

 

¿Cómo visitar un museo si soy ciego? se pregunta Colmenares en su ensayo El museo multisensorial: cuando la oscuridad hace brillar al oro en el que relata su experiencia como invidente visitando el Museo del Oro de Colombia, el más importante de colección orfebre de Latinoamérica.

 

La experiencia de ver un cuadro o una escultura, la percepción de las figuras era el principal obstáculo con el que Colmenares se topaba al visitar los museos. Muchas veces hizo lo que Borges, pedía que le describieran y se hacía una imagen de los objetos.

 

Así nació su trabajo en el Museo del Oro en el que ha liderado iniciativas para hacerlo un espacio más vinculante.

 

Usted asegura que no es una buena idea que los museos dediquen salas exclusivas a las personas ciegas o con alguna discapacidad ¿Por qué?

La clave para responder a esta pregunta está en la palabra exclusivas. Durante estos últimos años, hemos acuñado el término inclusión para referirnos a toda acción que se realiza para conseguir que poblaciones históricamente vulneradas accedan a los espacios y posibilidades que se les han negado.

 

El resultado es que cada vez que creamos un programa especial para estas poblaciones, lejos de fomentar su inclusión, las excluimos con la idea de garantizar sus derechos. La inclusión acaba por ser excluyente porque fomenta medidas exclusivas para poblaciones exclusivas.

 

Puede ocurrir que una persona ciega llegue a un museo donde exista una sala adaptada con sistema braille y réplicas de los objetos exhibidos. Nada más entrar en el establecimiento, el personal del museo literalmente lo atrapa y le dice: por favor, siga por aquí que su sala está en este lado y con ello, le impiden gozar de la generalidad del museo.

 

Una sala exclusivamente pensada para personas ciegas, tiene el efecto negativo de aislar a esta población del resto del público.

 

Bajo esa premisa, ¿cómo debe un curador preparar una exposición pictórica?

El ejemplo lo suministra el Museo del Oro de Colombia: al recorrer sus diferentes sedes, usted puede hallar muchas narigueras u orejeras. Los guías están preparados para describirle a una persona ciega cómo son esos objetos.

 

El guía comenzará por decirle cuantos centímetros mide cada objeto, si es redondo u ovalado, si está hecho de oro o de plumas… pasadas unas cincuenta narigueras y un número similar de orejeras, nuestro buen guía estará agotado y su fiel oyente también, porque lo importante de una nariguera no es si mide diez o veinte centímetros, sino cómo se usaba y qué efecto tenía en las personas que se la ponían.

 

Así que un curador, en vez de escribir «nariguera de cinco centímetros de diámetro, utilizada en ceremonias de fertilidad», debería escribir «esta nariguera fue utilizada durante las ceremonias de fertilidad. Representa los bigotes de un jaguar con lo cual era posible convencer al público que observaba el ritual de la transformación de un hombre en felino, puesto que el color del oro es semejante al del pelaje de un jaguar y la mayor parte de los observadores no conocían un objeto de estas características de modo que les causaba una fuerte impresión».

 

En el caso de la pintura, sucede lo mismo: imagínense asistiendo a una exposición de Edgar Degas. Alguien dice: en este cuadro hay una bailarina con una pierna levantada y, casualmente, en el siguiente también. Esto sería un desastre descriptivo.

 

El sentido que se transmita de esas obras tiene que ser capaz de expresar la sensualidad contenida en las imágenes de las mujeres allí representadas.

 

¿Piensa que el arte contemporáneo es más proclive a ser sensorial?

Me interesan las propuestas artísticas que desarrollan el tema del espacio, donde para apreciar de forma correcta el sentido de la obra, se debe interactuar con ella y, así, se convierte en multisensorial.

 

Lo más interesante es que, con frecuencia, el o la artista, no ha pensado en construir una obra multisensorial y acaba produciéndola.

 

Creo que, en la medida en que la idea política de la participación se introduce en el arte, aumenta la posibilidad de que éste sea más multisensorial.

«Se imagina usted qué pasaría si un empleado del Louvre me hubiera dicho: ¿Va a ver La Mona Lisa? ¡Pero si no va a ver nada! Su sala es por aquí ¡sígame!»

¿Existe un avance notable en el reconocimiento de las personas con discapacidad en las artes más modernas?

No es exactamente un reconocimiento sino una apertura de pensamiento que permite la participación de las personas con discapacidad.

 

La mayor parte de los y las artistas probablemente, no se planteen el tema de la discapacidad en sus obras ni como tema ni como objetivo para garantizar la accesibilidad. Lo que ocurre es que cierto tipo de propuestas, que se enmarcan dentro de las corrientes artísticas más recientes, dan cabida a la discapacidad en la medida en que se tornan participativas y multisensoriales.

 

Usted mismo se formula esta pregunta en su ensayo y yo se la regreso: ¿Qué sentido tiene visitar un museo si no es posible ver lo allí expuesto?

El museo es ante todo un espacio de interacción social donde se habla de lo expuesto desde la perspectiva de cada persona que lo visita, se oyen varios idiomas, se cuentan historias y todo esto sucede sin que el guión de las exhibiciones se lo proponga.

 

El contacto con estas sensaciones resulta tan edificante para una persona con discapacidad como para cualquiera. Al respecto le puedo contar dos anécdotas significativas:

 

En una ocasión tuvimos la visita de 30 estudiantes ciegos entre los ocho y los 14 años de edad en el Museo del Oro en Bogotá. Lo que más les gustó de la visita no fueron ni las mochilas donde podían tocar objetos ni el taller de creación de objetos asociados a la colección del museo, sino un módulo interactivo donde un personaje le hace preguntas al público y el público responde marcando respuestas a través de botones de colores. Se trata de un módulo que jamás fue pensado para que las personas ciegas interactuaran con él y, sin embargo, funcionaba porque hablaba y porque a los niños y niñas les representaba un reto ubicar el botón para responder a la pregunta.

 

La segunda anécdota tiene que ver conmigo y sucedió cuando visité La Mona Lisa en el Louvre. En concreto no vi nada pero fue fascinante descubrir que este cuadro está en medio de una sala enorme donde los turistas se agolpan a su alrededor armando una especie de Torre de Babel invadida por cámaras fotográficas. Se imagina usted qué pasaría si un empleado del Louvre me hubiera dicho: ¿Va a ver La Mona Lisa? ¡Pero si no va a ver nada! Su sala es por aquí ¡sígame!

 

¿Cree que basta con la descripción auditiva para que las personas con discapacidad visual puedan conocer un museo?

Estoy completamente seguro que siempre el público se pierde de algo, no sólo en términos multisensoriales sino, también, en la información a la que accede.

 

¿Qué hubiera ocurrido si en la visita me hubiese acompañado un indígena, un artista o un arquitecto? Lamento decir que me lo he perdido. La gente que ve la vitrina al igual que yo, no tiene más que conformarse con lo que sus ojos ven y su cerebro es capaz de interpretar hasta que alguien le ayuda a ver lo que no ve.

 

¿Apostaría por un museo en el que las obras sean reproducidas para que puedan ser tocadas por las personas invidentes?

Si, de hecho ya existe y se llama el Museo Tiflológico de la ONCE en España. Lo que es indispensable es que no se conciba a estos espacios como exclusivos para personas ciegas sino que se piense que tocar las obras es algo que todo el mundo disfruta y que a todo el mundo beneficia.

 

Sospecho que a todos nos gustaría tocar La Mona Lisa y me parece muy bien que no se tenga que perder la vista para acceder a ese privilegio.

Fotos cedidas a El PortalVoz por parte del Museo del Oro de Colombia.

Contacto: vivian.murcia@ibe.tv

 

 

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